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Premios del Tren de Poesía y Cuento:Obras premiadas

 IV Premio de narraciones breves "Antonio Machado" (1980)

  IV Premio de Narraciones Breves "Antonio Machado" - Primera edición  de 1980 (AGOTADA)
          Edición de 1980
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          Edición de 1995
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Primer premio

Rosa la cordera
José María Rincón

Escritor fundamentalmente dedicado al teatro, campo en el que además de varias obras estrenadas cuenta con adaptaciones y premios como el "Nacional de Cámara" y "Ensayo" y el "Ciudad de Barcelona". Nacido en Palencia en 1927, fue responsable de dramáticos y guionista en TVE. En el campo de la narrativa, obtuvo antes del "Antonio Machado", una "Hucha de Plata".

 

Y como era de esperar, Pinín no volvió jamás...

Rosa, su hermana, siguió saliendo cada día a ver regresar el correo de Oviedo, cuando pasaba silbando y rugiendo por el "prao" de Somonte, tratando de atisbar en los racimos de cabezas el rostro alegre de Pinín, cuando los soldados iban poco a poco volviendo a casa... Aunque nos lo manden enfermo, o tuerto, o manco, o sin un pie, yo trabajaré para él; usted y yo, padre, trabajaremos para él.

Después, nada... Antón de Chinta se puso enfermo, cansado de atosigar al cartero pidiéndole noticias de su hijo, y la Rosa tuvo que quedarse en casa cuidando de la huerta, atendiendo a las labores; y el prado de Somonte fue arrendado a unos forasteros que metieron allí todo un rebaño de vacas bobaliconas, blancas y negras, gordas y pesadotas, que en pocos días arrasaron la verde alfombra de césped.

Otra vez volvió Rosa a mirar aquello, el día mismo que enterraron a su padre... El pobre Antón de Chinta ya no volvería a soñar con hacerse rico, para comprar el corral y la yunta y el huerto; los ricos son los otros, y él no era nada, no era más que un pobre hombre con grandes manazas y voz ronca, que se molió a trabajar de sol a sol, y que ahora, en los prados del cielo, miraría crecer los luceros dorados, que son de todos, y los grandes cuernos amarillos de la luna, el "xatu" padre, que fecunda cada día a todas las vacas buenas... Ya no había guerra. En la aldea y en todo el concejo se habían celebrado fiestas con banderas y música y mucha campana; ya éramos todos hermanos y nunca más se derramaría sangre entre españoles... Pero del "prao" de Somonte había desaparecido el último recuerdo de los días felices, el poste de telégrafos, cuando la Rosa y Pinín llevaban a pastar a la noble Cordera, la vaca abuela, pacífica y enorme, como un buen Apis desterrado de Egipto; había desaparecido el. palo seco del telégrafo, con sus jícaras blancas en lo alto, como flores de almendro heladas y gigantes; ahora habían puesto una estructura de metal con cuatro garras que se hundían en el suelo, y ya no se podía trepar a lo alto, como hacía Pinín, ni posar dulcemente la cabeza en la madera muerta, para oír el tintineo metálico y misterioso del diapasón del viento; ahora habían pintado una calavera horrible con dos tibias cruzadas y un letrero negro: "Peligro de muerte"... La yerba del prado estaba como calcinada, abrasada bajo el aliento de aquellas vacas babosas. Rosa comprendió que, efectivamente, era la muerte lo que venía por los postes y los ferrocarriles, y sintió ganas de llorar, y se alegró mucho de no volver a verlo nunca más... Su tía Mariana, la del Zaornal, la dijo de llevarla a Madrid con ella; qué iba a hacer la Rosa allí, sin brazos de hombre que la trabajasen, en una casuca que se hundía por momentos y sin un pariente en quien poder confiar.

-Te buscaré para servir una buena casa, la misma donde estuve de soltera. Son señores religiosos y tratan bien al servicio, ya verás... Cuando me casé, que te lo diga Lorenzo, me regalaron dos mantas y un colchón nuevecito; la señora misma fue a comprarlo conmigo a unos almacenes de la calle de Pontejos.

Fueron hasta Gijón a coger el tren. Le daba miedo a la Rosa ver allí tanto carro y tanto caballo percherón... Eso es sidrina, que lo llevan para Castilla, y eso castañas, y aquello de más allá, todos aquellos vagones, van llenitos de carbón... Y vacas también, en sus jaulones, dejando asomar por arriba sus ojos tristes; las llevaban al matadero, para hacerlas chuletas que se comerán luego los ricos, y los curas, y los comerciantes de Madrid. Rosa no pudo por menos de acordarse de la pobre Cordera...

-Quiera Dios que no me pase nada, tía. Ese mismo tren se llevó a la Cordera y se llevó a Pinín cuando la guerra.

-¡Alma de Dios! ¡Qué cosas se te ocurren! Ahora no hay guerras, y a ti no te llevamos al matadero ni a sitio malo... ¿Oyes, Lorenzo, lo que dice la "neña"?

Lorenzo estaba muy atareado con los bultos, las cestas de patatas y de coles, y las maletas cargadas de huesos de cerdo y de manteca.

-El pobre Antón ya terminó de sufrir -dijo sin saber por qué...- Él está más tranquilo que todos nosotros.

Y cuando el tren dobló el cornal de la trinchera y pasó silbando por el "prao" de Somonte, la Rosa no pudo por menos de sentir que el estómago se le encogía todo, y allá dentro, muy dentro, escuchó las voces de Pinín y su propia voz, como entonces, gritando y gritando entre el estruendo del hierro y el tráfago de vapor: ¡Adiós, Cordera! ¡Adiós, Cordera!... ¡¡Adiós, Rosa!! ¡¡Adiós, Pinín!!

Llegó a Madrid casi ciega de sueño y de carbonilla. La llevaron a una casa con un portal muy grande y escaleras de mármol; a la puerta les detuvo un portero de grandes bigotes que saludó a la Mariana y preguntó por Lorenzo, todo con muy buenos modales. Iba vestido de una forma, con sus botones dorados y su larga levita, que imponía respeto, como un guardia civil. Salió a recibirles una señora muy amable y joven, yo también soy asturiana como tú, yo soy de Mieres; y la llevaron a dejar la maleta a una habitación larga y oscura, con dos camas, que daba a un patio lóbrego de carboneras y cuerdas de tender ropa.

-Sé obediente con la señora y pórtate como es debido. Si tiene alguna queja, a falta de padre y madre, aquí está la Mariana "pa" molerte las costillas.

La Mariana, la del Zaornal, se llevó una bolsa de ropa vieja para los chiquillos; a la Rosa la pusieron en un comedor enorme y frío, y con unos trapos y unos botellines, la enseñaron a limpiar la plata. Había allí un sinfín... Primero se quedaba blanca y luego, a fuerza de frotar, se ponía reluciente que te veías en ella. Y la Rosa se veía su cara colorada, no sabía aún a ciencia cierta si de niña o de mujer, los ojos un poco rojos, los labios secos y cortados... Los niños de la casa fueron entrando uno a uno para verla; unos saludaban; otros, los más chicos, se burlaban sacando la lengua; es la nueva, les oía decir... Y por la noche cuando la metieron a dormir en la habitación larga, cuando la oyó roncar a la vieja cocinera y se sintió sola del todo, empezó a acordarse de su pueblo, de su padre borracho y maldiciente, haciendo trato con el castellano que venía a comprarle la vaca; de su hermano Pinín, corriendo por el "prao" y trepando por el poste de telégrafo y saltando encima de la pobre Cordera, la vaca roja y paciente, que igual daba "xarrus" de leche tibia que se inclinaba al yugo del trabajo tirando del arado; empezó a acordarse de los días felices y se echó a llorar, y debió pasarse llorando más de media noche, porque a la mañana siguiente, cuando la vieja Engracia, la cocinera, vino a despertarla, torció la cara con malos gestos.

-Como sigas así, te facturamos a escape a tu pueblo, pero a porte debido a ver si te quieren. En Madrid no nos gustan las lloronas. Tuvimos otra del Ferrol que se nos puso tuberculosa de tanto dengue y tanta morriña, y terminó en el hospital de mala manera. ¿Tú tienes novio?

-No, nunca...

-Pues búscate uno, pero aprisa... Antes que se te vayan esos colores y se te caigan esas carnes. Los hombres, ellos sí nos enseñan a llorar a gusto...

Novio, no; pero sí le gustaría alguna vez tener un hijo, un rapaz corretón y ligero como su hermano Pinín, que fuese al "prao" a "llindar" la vaca, y que ella le viese salir de casa diciéndole cada día: ¡ten cuidado, "neñu"!... O acaso como Antón de Chinta, un hombrón oscuro y renegado, áspero como roca, que llegase por fin a hacerse rico trabajando, que se comprase el corral y el huerto y la yunta de bueyes que el otro nunca pudo tener... Un hijo sí le gustaría, pero para eso habría de tener novio alguna vez. No iba a ser ella como la Cordera, que la llevaban al "xatu", ellos pensaban que de mala gana, picándola con la aguijada, para que se hinchasen luego sus ubres grandotas de leche espumosa, mientras retenían sujeto al recental que se moría de ganas de prenderse en los largos pezones. Ella tendría un hijo... Pero de momento su único amigo era Santiago, el más pequeño de la casa. Juguetón y mimoso, cuando Rosa le traía del colegio atardeciendo, se le antojaba todo, y ella se gastaba en caprichos la mitad del sueldo. Hasta la señorita Paula se lo tuvo que decir, eso no puede ser; necesitas ropa interior y alpargatas, no puedes andar siempre tan desastrada.

Por la noche, esas noches largas de invierno, cuando a Santiago no le venía el sueño, la Rosa le contaba historias de su pueblo. Siempre era la misma historia. Como el tema repetido de una larga melodía, lleno de infinitas variaciones, pero siempre igual. Unas veces en el "prao", otras en la iglesia, o en la romería de la Virgen, o en la feria, o en el Humedal, o en el Matahoyo, pero siempre de ella, de Pinín y de la Cordera. Y siempre concluía lo mismo, cuando la compraron los tratantes castellanos y la llevaron en el tren de Gijón al matadero; cómo miraba la Cordera, ella lo sabía, los animales de campo lo saben siempre cuando van a morir; por eso se esconden los osos en las cuevas profundas, nunca se los ve muertos, y las raposas en las huras... y cuando Santiago preguntaba cómo era eso del matadero, Rosa tenía que hacer esfuerzos para imaginarlo, algo muy grande y muy frío, con muchas ruedas y muchos pinchos, y muchos ganchos colgados del techo para orear los perniles y los lomos y las asaduras; la sangre la recogen en unos cuencos redondos, la van batiendo para que se cuaje en una pasta oscura con la que se rellenan las morcillas...

* * *

-Oye, Cordera, tengo que hablar contigo.

Tanto había mentado Rosa a la vaca abuela que todos la llamaban así, hasta los vecinos y los conocidos. Y a ella no la ofendía, al contrario, la gustaba oírse llamar Cordera, le sonaba bien el nombre y se veía ella sentada en el prado, somnolienta, mirando pasar el tren con ese escándalo de hierro y humo.

-Un rato que tengas libre, vienes a verme. No te ha de pesar.

El hombre de los bigotes, el portero, hacía tiempo que se lo venía notando, sonreía siempre que pasaba, con sus dientes amarillos de tabaco, la palpaba y la cogía del brazo en cualquier descuido, y decía de lo hermosa que estaba, lo rolliza, lo fresca, que ya quisieran muchas señoritingas pálidas y escurridas juntar tanta carne y tan bien dispuesta... Ella ya sabía más o menos lo que la iba a decir, pero bajó a su casa... El hombre era viudo y muy serio, y a ella le llenaba de respeto, sobre todo por los galones dorados del uniforme y por esa voz ronca; recordaba la de Antón de Chinta, cuando les daba órdenes a los carboneros o regañaba a los chiquillos de la calle si entraban en el portal.

Sacó unas copas de anís y la hizo sentar junto a la mesa camilla. La casa olía como huelen las casas de los pobres, a verdura cocida y a ropa sucia; pero aquel hombre hablaba muy bien, sonreía algunas veces enseñando sus dientes amarillos y, por debajo de la mesa, Rosa sintió en su rodilla el peso de una mano grande y firme, caliente y palpitante como un gran pájaro que fue subiendo, subiendo... Él se sentía todavía joven, en pleno vigor, y estando viudo, la verdad, un hombre que se hace respetar no puede andar como un recluta por casas de golfas, buscando mujeres de la vida, ni podía tampoco casarse por miedo a tener familia y perder la portería... La Rosa lo comprendía muy bien, y le compadecía. Nunca, jamás, había escuchado hablar a un hombre con razones tan serias, tan formal, refiriéndose a cosas que siempre se hablaban como picardías. Únicamente el predicador, por cuando la novena de la Virgen, que aún sin entenderle del todo, se quedaba una como embobada oyendo tantas maravillas...

-Los señores, tan buenos que parecen al pronto, no quieras fiarte de ellos. Otra chica que se les enfermó de tísica, les faltó tiempo para mandarla a morirse al hospital, de caridad. Yo llevo aquí veinte años y, cuando mi difunta, ni fueron para bajarla un caldo por cumplido. Con tanta sonrisita por de fuera, nos tratan como a perros... Y en cuanto a la Mariana, ya ves si no la voy a conocer, todos sabemos lo que es una tía. Bastante tiene la pobre con su Lorenzo y las seis bocas que le piden pan. Lo que tú necesitas es un hombre formal, que te ayude y te proteja, que no te deje encaprichar de cualquier chulo sin principios que se aproveche de ti y si te he visto no me acuerdo... Regalos puedo hacerte poca cosa, te digo la verdad y no te miento; más no, porque no tengo; si acaso alguna bata, algún capricho y hasta puede que alguna pulserita o un reloj...

La Rosa no creía ni la mitad de todo aquello. En realidad ni lo creía ni dejaba de creerlo, y tampoco la importaba demasiado. Pero sí veía claramente que aquel hombre se lo había ganado, que había llegado su hora, como a todas nos llega, como a la Cordera cuando Antón de Chinta le daba con la aguijada para llevarla hasta el "xatu"...

La alcoba no tenía ventana, sólo un montante que daba a una galería. Olía a humedad y estaba empapelada con ramas verdes y frías. La Rosa, la Cordera, se desnudó en silencio y se acostó en la cama de hierro que hacía un ruido horrible. El hombre, pudoroso, no quiso que ella le viese quitarse el levitón de los galones...

Luego se quejó un poco y nada más... Sabía que estaba concibiendo un hijo, un macho fuerte que se iba a llamar Antón, como su abuelo, Antón de Rosa, duro y orgulloso... Ella lo iba pensando mientras se vestía, pensaba en su "neñu", en cómo iba a ser de guapo y reprecioso, y pasó unos días muy alegre cantando a todas horas, que hasta a la señorita Paula le llamó la atención tales extremos... Todas las noches soñaba con el prado de Somonte y con la vaca y con el "neñu" que sin dudarlo había de venir; si hasta ya le notaba rebullir en los adentros; otras veces lloraba sin motivos o se le ponían unas ganas enormes de gritar y gritar...

La Engracia, la cocinera, fue la primera en conocerlo. Tú vas a decirme qué has hecho y con quién lo has hecho, a la señora no puedes engañármela así, lo va a saber tu tía mañana mismo, y la pegó de bofetadas hasta hacerla llorar; esta Cordera nos ha salido vaca de miura... Y cuando bajó la Rosa llorando a decírselo al hombre de los bigotes, en lugar de consolarla con la bata o la pulserita, la empujó a su casa, la agarró por el cuello, y si lo dices te sangro, si dices que he sido yo te crucifico.

A ella no la importaba. Metió sus cuatro cosas en la maleta de hule que le habían regalado por su cumpleaños, los retratos del niño, que se los dejó la señorita, y algo de ropa que buscó para ella, los patucos azules, las braguitas y los faldones de cuando Santiago era pequeño; eso sí se lo agradeció lo más de todo... La Mariana, la del Zaomal, se lamentó como era de esperar, ya te lo había dicho, eres una insensata y una loca; Lorenzo rió y la llamó las cuatro letras, y la Cordera se echó a llorar sin saber decir palabra. Todo quedó en que le harían un sitio y la señora le buscaría trabajo de coser para fuera mientras lo esperaban. Luego, si todo venía como Dios manda, podía ponerse de ama de cría, juntar unas perras y pensar entonces en volver a su pueblo, o quedarse sirviendo a otros señores... Hasta podía darle la crianza para comprar un prado y pinar una casuca...

-A lo que venga, lo mandamos a la Inclusa y santas pascuas...

¡Pero allí fue el oírla a la Cordera! ¡Como si estaba loca!

-¡A mi hijo, no! A mi hijo no le echan a la Inclusa si no la matan antes a su madre. A mi hijo no le toca nadie, ése es mío, se va a llamar Antón como su abuelo; mi "neñu", mío sólo y que nadie se piense que me lo va a quitar...

* * *

Y nació berreando el becerro moreno, hasta a las monjas les llamó la atención tanta bocaza; éste se come el mundo, le decían, trae el hambre atrasada, el que ha pasado o el que viene a pasar aquí... Le pusieron Antón en el bautizo y a la Rosa fue muy fácil buscarla acomodo en una casa grande de marqueses o duques, un palacete del paseo de la Castellana. Vestida tan de encajes y con tanto volante almidonado y tanta tabla y tanta faldamenta, la pobre Rosa, bajita y regordeta, parecía pepona de cartón de una barraca. Las nodrizas de Asturias estaban muy de moda y además de buen sueldo, la llenaban de mimos a la Rosa, y de buena comida, grandes vasos de leche y mucha fruta. Iba un doctor a verla cada semana, vigilando su peso, examinando su lengua y dentadura, y sacando de sus grandes pezones unas gotas de leche... Ella ofrecía a cambio al marquesito sus pechos generosos, hinchados y grandotes, y el muchachito, rubio y gordinflón, nunca se veía harto de chupar y chupar... Ahora sí que soy igualita que la vaca, se reía ella para sí; ahora sí que me tratan igual que a la Cordera, es que soy la Cordera mismamente...

Pero su recental estaba lejos, en casa de Mariana la del Zaomal, que se llevaba medio sueldo por hartarlo de sopas y espantarle las moscas de la cara y quitarle sus miserias, no más de dos o tres veces al día. Los domingos, cuando Rosa llegaba a verle, era una fiesta. Él ya la conocía y temblaban al aire sus puñitos cerrados, ya viene aquí tu madre, rey del mundo... Le lavaba y le perfumaba cuidadosa, como les había visto hacerle al marquesito; tú sí eres un marqués para tu madre, y le ponía luego a mamar a sus pechos balanceándose en uno y otro pie, canturreando una tonada larga, de esas que se cantaban los hombres allá por sus montañas...; le iba dejando hartarse del chorrillo tan tibio que salía de dentro, y ella se notaba entonces derramándose toda, como si sus entrañas se fundiesen de mieles y de amor. A la Cordera también la quitaba mi padre el recental para sacarla muchos "xarrus" de leche; nosotros, Pinín y yo, se lo soltábamos para que se arrancase topando contra todo hasta dar con las ubres. Pero a ti, mi hijo, nadie te va a soltar para que vengas que estás bien atadito, a ti nadie te va a dejar beber de lo que es tuyo... Y cuando anochecía, al despedirse, le llenaba de besos; ya es bastante, que le vas a secar al muchacho de tanto sobarle; es que se te va tu madre, hasta el domingo, ya se va la Cordera...

Cuando el marquesito empezó a dar los primeros pasos y a decir sus gracias, decidió el marqués que la Rosa no era necesaria; le regaló una medalla de oro con la fecha y una cadena grande de lo mismo, y la ofrecieron regresar al pueblo pagando su viaje.

-Es que a mi casa ya no puedes volver... -la señorita Paula lo decía con pena-. Vecinos y todos te conocen, saben lo que has hecho, es un escándalo para mis hijos, yo lo siento, pero aquí es imposible.

Y donde la Mariana tampoco había sitio. Aparte que Lorenzo se negaba a meter en su casa a una mujer sin honra, gente con gente y burros con gitanos, cada cual en su sitio. Doña Paula le ofreció una casuca y unos prados por muy poquita renta, junto a Mieres; allí hablaría con su administrador... La Rosa suspiraba por marcharse a su tierra; la importaban muy poco las ofensas, los prejuicios, los rechazos que sufría en Madrid; ella lo suyo, escapar para allá... La llevaron en coche a la estación, todo de la marquesa, y allí se acomodó en su asiento de tercera, más feliz que una reina, y ya escuchó en seguida hablar como ella, con el deje asturiano, y el alma se le abrió de par en par; les mostraba a su hijo y le bailaba sobre sus piernas fuertes, ya estaba en el camino por fin, ¡y con un hombre!, un rapaz para ella, para quererla y para trabajar.

La despertaron cuando el ruido del tren se hacía opaco y negro cambiando de tonada en cada túnel, estamos en Pajares... ¡Hijo mío! ¡Míralo tú también! Todo estaba lo mismo, la yerba de los prados, las vacas con sus tetas al viento y sus cuerpos enormes, maternales; el bosque de castaños, los molinos, los regatos cayendo de lo alto, las nubes empujándose en el aire, y ese olor a humedad y a hoguera fría, ese olor en el viento que te hiela los huesos de madrugada y te rompe por dentro al respirarlo, de tanta vida como lleva; ésta es tu tierra, "neñu", y de tu madre; nunca salgas de aquí, nunca te vayas... Por primera vez, la Rosa fue bendiciendo al tren, fue bendiciendo las vías y los carbones negros, y los postes tan altos, con los hilos que llevan las palabras de una parte a otra parte. ¡Ya está aquí para siempre la Cordera!

* * *

La historia de Rosa puede terminar aquí. Lo demás casi es mejor olvidarlo, es otra historia, es Historia, de verdad... Antón, "el madrileño", fue creciendo, iba al "prao" a diario con las vacas y los jatos, pero era un niño triste, apenas si jugaba ni sabía reír. Su madre le contaba muchas veces, sin ira ni alegría, cómo vino al mundo, y lo de antes, Pinín y la Cordera, y el viaje a Madrid y Santiago y el marquesito...

-Madre, tú eres muy tonta, tú eres boba. A ti te ha ido engañando todo el mundo, explotándote, abusando...

Nunca pensó en casarse. Las muchachas venían a buscarle desde lejos, de Mieres, de todas la parroquias; era guapo y muy hombre, y él se las arreglaba para amarlas a todas y reírse después.

-Yo voy a ser minero; pero sólo trabajo para ella, para mi madre Rosa, tú olvídate de mí...

Y a la Rosa empezaba a darle miedo, porque ya su Antonín era un hombre rudo, volvió de la mina pensativo y rabioso, y tiraba el jornal sobre la mesa, ¿todo eso te han pagado? ¡Pero es mucho! ¡Tú qué sabes lo que es esa miseria para lo que me sacan! Hablaba cosas que ella no entendía. Era grande y macizo como el otro, como su abuelo Antón; leía los papeles y los libros y hablaba de venganza... Y la Cordera, con todo el pelo blanco, viejecita, al mirarle juntarse con los otros mineros, picadores o barreneros, hombres de anchas espaldas, se asustaba y le entraba un temblor por todo el cuerpo que no podía hablar.

-Tú eres muy tonta, madre. Tú has sido tonta desde toda tu vida, te han estrujado todos como una pobre manzana en el lagar.

Eso que me cuenta, le dijo un día el pobre cura, viejecito también como la Rosa; eso no es más que odio, el odio que tú le diste al hijo. Estáis todos llenos de odio y los vais transmitiendo unos a otros; el odio y el rencor que le has sembrado, te lo devuelve así... La Cordera miraba su conciencia y no encontraba nada que no fuese dolor y sufrimiento y lágrimas y desprecios; pero ni odio, ni rencor, ni venganza, nada de eso... Entonces será el vicio, tanto dinero como cae a estos pueblos con la mina, y tanto bienestar; ya no hay cristianos dispuestos a sufrir, ya no hay valle de lágrimas que valga...

Las cosas sucedieron por sus pasos contados. Los mineros tenían escondidos los barrenos, las armas, la pólvora y el odio... Los otros, vigilantes, seguían afilando en la noche sus enormes cuchillos. Tenía que estallar. Por eso a la Rosa no la extrañó nada cuando la dijeron una mañana que fuese a recogerlo... Estaba tendido allí, en el "prao", con otros tres cosidos a balazos todo el cuerpo; las vacas contemplaban aquello indiferentes, rumiando poco a poco; sobre la yerba verde, las amapolas rojas de los cuatro mineros... La Cordera se pasaba la mano por la frente, por los ojos ardiendo, y dónde estará el odio, se decía, eso que dice el cura, dónde lo tengo yo, pobre de mí...

Pasó el tren a lo lejos, un gusano de hierro fatigado sobre hierro tendido, golpeándose una y otra vez. Y la Cordera, al mirarlo pasar, ya sin lágrimas, serena, pensó por un momento que el odio era eso. Se lo habían traído de allá lejos, facturado en un vagón negro, y a cambio se habían ido llevando al matadero a las vacas y a los hombres.

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