Texto normal Texto grande Texto Supergrande Alto contraste
Principal Inicio English version English
Portada
Información de
los premios
Obras premiadas
Autores finalistas
1977 - 2014
Prólogos y
otros textos
Medios de comunicación

Premios del Tren de Poesía y Cuento:Obras premiadas

 IX Premio de narraciones breves "Antonio Machado" (1985)

  IX Premio de Narraciones Breves "Antonio Machado" - Primera edición  de 1985 (AGOTADA)
          Edición de 1985
IX Premio de Narraciones Breves "Antonio Machado" - edición de 1995 - Pulse aquí si desea adquirir este volumen, con los diez relatos ganadores, en nuestra tienda online
          Edición de 1995
Comprar on-line
 
    Índice de obras
 

Primer premio

Eleonor Mermelada perdió el mixto a cienfuegos
José Antonio Panero Martínez

Nació en Ponferrada en 1952. Profesor de Secundaria, Licenciado en filología Hispánica, ejerció durante cinco años en la República Federal Alemana y explicó lengua española en la ciudad de Lindau. Antes de ganar el certamen de RENFE -y siempre como cultivador de la poesía y la narración corta-, Panero Martínez había obtenido, entre otros galardones literarios, el Encuentro de Poesía Leonesa (1978), el Ciudad de Ponferrada (1980), Premio Constitución (Elda, 1982), y el Premio Príncipe de Asturias, de la Comunidad Valenciana (1985). "Concibo la creación literaria -declara J.A. Panero- como un quehacer inútil que sostiene la vida. A ese quehacer dedico los escasos momentos que mis obligaciones me dejan".

 

Le faltaban dos dedos de la mano derecha, pero ni el furibundo machete cayendo como un rayo negro sobre las cañas ni las frágiles capaduras con que, al atardecer, sentado en el barandal del cobertizo, liaba los interminables vegueros, los echaban en falta.

- ¿Cayetano? Sólo tiene tres dedos, pero le sobran mañas y corazón y riñones -solía decir Martín, el viejo encargado del bestiaje en el batey.

Posiblemente él no lo sabía, pero aquel temple de hígados, aquella autoridad de la mandíbula, aquel vigor de los delgados brazos, aquella verde resolución de la mirada los había heredado Cayetano Souzas de su padre, un hombre que recién llegado a Cuba, sin un peso en el bolsillo, había cruzado a pie los mancales abruptos del Oriente, los húmedos bosques de ceibas y palmas barrigonas, las desesperantes sabanas del interior, las ciénagas infestadas de mosquitos de la península de Zapata, toda la isla, con la idea fija de alcanzar las plantaciones de azúcar y las vegas del norte; un hombre que no había dudado en comer hojas de vacabuey, como las bestias, ni en descabezar chipojos y lagartos atigrados para sobrevivir, cuando fue preciso. De su madre tenía Cayetano la línea de la boca y el corazón soñoliento. De los dos, del padre y de la madre, un neblinoso recuerdo en la memoria y una herencia de orfandad prematura.

A los veintitrés años, Cayetano Souzas no había comido nunca con cucharas de alpaca ni había leído nunca un periódico ni había visto jamás un tren. Lo de las cucharas de alpaca le traía sin cuidado, aunque había oído decir que en algunos hoteles de Güines las había: la tapioca y el congrí lo que necesitaban era un buen fuego y no cucharas de metal. Periódicos allí no llegaban y, además, aunque hubiesen llegado, Cayetano habría necesitado días enteros para leerlos: leía ayudándose del dedo medio -más solo aún y más largo ante la ausencia de los otros dos-, oscura y lenta lámpara que precedía al hilvanado silabear de los labios. En cuanto al tren..., bueno, el tren era una espina clavada en la curiosidad silenciosa de Cayetano, pero ni siquiera Martín lo sospechaba, a pesar de conocerlo mejor que nadie.

Cayetano se interesaba apasionadamente por las cosas, pero a su modo y, sobre todo, a su tiempo, que rara vez coincidía con el del resto de la peonada. No era exactamente lo que se dice un hombre de acción. Dejaba que la vida se le echase encima desnuda, en pelota viva, para bien o para mal, como viniese, eso parecía darle lo mismo, pero él no iba a buscarla. Desde su parsimonia sobrecogedora le plantaba pecho al mundo con una dignidad y una seriedad que asustaban.

Cayetano bebía la vida a grandes tragos intermitentes.

Aquella mezcla de flema y vitalismo sacaba de sus casillas a Martín, que aprovechaba cualquier ocasión para echárselo en cara. El anciano hacía como que se enfadaba con él, pero lo cierto era que lo amaba como a un hijo.

- Muchacho, desde luego sales a tu padre, que en gloria esté: para llegar aquí pateó durante semanas enteras la isla de cabo a rabo y después se pasó el resto de su vida sin alejarse más de una legua de este barracón. De tal palo, tal astilla. ¡Habrase visto...! Quién sabe ya los años que funciona la línea de Bejucal a La Habana, la primera de los ferrocarriles españoles, muchacho, la primera, que es un orgullo, ¿o no?, y tú sin haber visto un tren ni siquiera de lejos. A lo mejor el día que te dé por arrancarte, agarras y no vuelves. ¡A saber qué te bulle a ti en la sesera!

El ferrocarril llegaba ya hasta Camagüey y -según decían- no tardarían mucho en prolongar la red hasta Baracoa y Guantánamo, al final del mundo. Pero Cayetano no lo había visto nunca.

Un viernes siete de noviembre, de forma inesperada, Cayetano decidió sacarse la espina.

- Mañana me voy a verlo, Martín.

- ¿El qué? -preguntó el viejo.

- El tren.

- Ah... Haz lo que quieras, muchacho -contestó Martín, poco convencido de que aquello fuese una decisión.

El apeadero de Sagüitas, el más próximo al batey, estaba a ocho horas a buen paso. Había que caminar toda la noche si se quería estar allí cuando el tren llegase. De nada servían las caballerías, porque en Sagüitas no había lugar donde recogerlas. No quedaban más vainas que hacer piernas. Por no haber no había ni una triste posada donde calentar el estómago con un plato de frijoles ni un solo camastro donde caerse muerto. Existió, en tiempos, una hospedería, la de don José, el Canario, que acogía a los que venían de lejos para tomar el tren, pero una esquirla de guayaco lo había dejado medio ciego y, de la noche a la mañana, don José echó candado al negocio y no quiso saber más de hospedajes.

El tren que paraba en Sagüitas y que cubría la línea Cienfuegos-La Habana, por Güines y Buracanao, hacía el recorrido de ida y vuelta. En el apeadero de Sagüitas se detenía diez minutos en el viaje de ida, de las 6,20 a las 6,30, y otros diez al regreso, ya de tarde, de las 22,10 a las 22,20. Eso decía por lo menos, escrito con tiza, en una pizarra colgada de la pared. En realidad, aquel alarde de precisión horaria no pretendía ser tomado al pie de la letra, y todos lo entendían naturalmente así. Se trataba más que nada de una nota elegante, un gesto refinado y voluntarioso del ferrocarril, aquel invento extraordinario que había empezado a cambiar la forma de ver el mundo. A veces, la locomotora tenía que cargar agua en el depósito o eran muchas las balas de hoja en crudo, destinadas a los secaderos de Buracanao, que esperaban apiladas en el andén o el fogonero bajaba a estirar las piernas, y entonces la hora de salida se hacía absolutamente imprevisible. Y otro tanto ocurría con la llegada. De todos modos, tampoco eran muchos los que podían consultar un reloj, así es que nadie se preocupaba demasiado. Salir el tren salía, y eso era lo importante.

- De mañana no pasa, Martín.

El anciano comprendió que Cayetano hablaba en serio.

- Está bien, muchacho. El camino es largo, pero no tienes pérdida. Sigue la linde de los tabacales hasta Santa Lucía, cruza el río. y continúa después por la margen izquierda hasta que encuentres los postes del telégrafo. Te llevará varias horas. Después es fácil: sigue simplemente el tendido y llegarás a Sagüitas. El apeadero se ve ya desde allí.

La noche del viernes cayó sobre el batey como la sombra de un guácharo gigante, verdirroja y compacta. Los últimos guajiros fueron abandonando poco a poco el ingenio y se retiraron a descansar. Los trapiches dejaron de dar vueltas. Cesaron de humear las calderas. El tráfago de los almacenes se fue amortiguando en la almohadilla de las sombras hasta extinguirse del todo. De los ventanos de las casas salía una luz lechosa de candil irreal. Como una mujer inaprensible, la noche distribuía olores con su guante negro como si fueran gemas o regalos: olor dulzón a bagazo esparcido por el suelo, olor a papas con tomate y a maíz recocho, olor a hombres cansados que se quitan el saco de un golpe y se quedan como idos frente a las llamas del hogar.

Cayetano abrió el cajón central del aparador, donde guardaba la ropa, y extrajo una frazada de borra y la camisa sin cuello de los domingos únicos. Dobladas, como estaban, las dejó sobre la silla de enea y se quedó mirándolas. Después corrió el armario hacia el catre, levantó una tabla del entarimado, sacó unos pesos y los contó. Dejó la plata encima de la mesa, volvió a colocar el armario en su sitio y se tendió en el jergón de panojas, de cara al techo.

Aún había luces en algunas casas cuando Cayetano abandonó el barracón. La época de lluvias había concluido ya, pero la tierra estaba vaporosa y fresca y se caminaba bien. Al pasar junto a los tabacales que señalaban los límites de la explotación, se volvió para mirar atrás, pero las viviendas del batey habían sido devoradas por un incendio verde y resultaba imposible distinguirlas en la oscuridad. Cayetano se arrebujó en la frazada y aligeró el paso.

Amanecía cuando llegó al apeadero. Notaba los pies cocidos dentro de las botas, pero no se detuvo.

El apeadero era un edificio enjalbegado y con techumbre de latón, de dos habitaciones, una grande y otra chica. No se veía un alma en el andén. En la sala grande había un banco de peralejo y en el banco un hombre de color que dormía con la cara metida entre las piernas. En la pared frente al banco había una pizarra donde podía leerse: <<SAGÜITAS>>, y más abajo,

HORARIO

Servicio matutino (CIENFUEGOS-LA HABANA)

Llegada a las 6,20 a.m.

Salida a las 6,30 a.m.

Servicio vespertino (LA HABANA-CIENFUEGOS)

Llegada a las 22,10 p.m.

Salida a las 22,20 p.m.

La caligrafía era hermosa y cuidada, aunque la humedad, o tal vez el tiempo, había descolorido la tiza, como cuando se escribe en la niebla. De primeras Cayetano no entendió lo de matutino y vespertino, pero dedujo de qué se trataba. Lo que le resultó absolutamente imposible de comprender, por más vueltas que le dio, fue lo de a.m. y p.m. Al final, decidió no pensar más en ello.

La habitación más pequeña estaba separada de la grande por una especie de barra ancha, de madera, sobre la que se alzaba una divisoria de cristal acanalado, con una abertura baja y abovedada en el centro, que tenía una puertecilla también de vidrio. Aquella habitación era a la vez despacho de billetes, oficina de facturación de mercancías y depósito postal.

Detrás de la ventanilla, un hombre de bigotes engomados, perfectamente rectilíneos en el corte, y ojeras como higos, escribía en una libreta con una pluma agudísima insertada en un mango de hueso. Cargaba la pluma meticulosamente en un tintero de porcelana y, al escribir, se tocaba el bigote con la puntita de la lengua.

Cayetano se acercó a la barra, sin atreverse a apoyar los codos.

- Buenos días... Por favor, ¿cuánto cuesta un billete? -preguntó.

El empleado dejó de escribir, levantó la cabeza y sonrió. Tenía una sonrisa como una fiesta, aunque sus dientes aparecían llenos de tártaro.

- Buenos días. ¿A dónde, amigo?

- Para el tren.

El empleado volvió a sonreír como un hermano.

- Está claro, amigo, pero no todos los billetes cuestan igual. Depende de adónde vaya usted. Es la primera vez, ¿verdad?

- Sí, señor... Vengo de Santa Lucía, bueno, de cerca, si sabe usted dónde cae... -dijo Cayetano.

- No, pero supongo que lejos. Llevo poco tiempo aquí. ¿Va usted a Güines?

- No, señor, sólo quiero subir al tren y andar un poco. Después me regreso. Me han dicho que hay otras estación cerca de aquí...

- Sí, Zascamorros, está a dos horas de viaje; pero tendrá que esperar allí hasta la noche para regresar. No pasan más trenes que se detengan aquí, sólo el mixto a Cienfuegos, lo siento -dijo el empleado como disculpándose.

- Lo sé, no importa, aguardaré en el pueblo -respondió Cayetano.

El andén, de tierra batida, estaba cubierto de restos de hoja para tripas pegados al suelo y que formaban ya una sola materia con la tierra. Dentro del bolsillo del saco, Cayetano daba vueltas al billete. De vez en cuando lo sacaba y lo leía en voz baja, apuntalando siempre la lectura con el dedo: <<SAGÜITAS-ZASCAMORROS/ZASCAMORROS-SAGÜITAS. Pesos 2,25 - 8 NOV.1874>>; después lo volvía a guardar.

Cayetano observaba la vía. Las traviesas de quiebrahacha, rojas, incorruptibles, durísimas, tenían, a la luz adormilada del amanecer, el color del vino y brillaban como si las hubiesen untado con grasa de caballo. Húmedos todavía, los raíles estiraban sus brazos en un gesto infinito de desperezo. ‘Cómo hará para parar’ -pensó.

Una bandada de camaos cruzó, volando, la vía, por encima del apeadero. En un tiempo sin tiempo, el sol fue tomando tintes de naranja en camisa. De pronto, el aire se electrizó de una magia azul

Cayetano Souzas no había escuchado en su vida un silbido semejante. El corazón se le subió a la garganta. Los raíles transmitieron un fragoroso telegrama de hierro y poderío, de inmediata presencia. Y entonces apareció el tren: casi adivinado al principio, lejano al principio, el tren, pero fue creciendo, se acercaba cada vez más, el tren crecía, cada vez más real, cada vez más tren, el tren, el tren, el tren que hacía temblar la tierra como un terremoto en miniatura fue creciendo, creciendo, agigantándose, el tren, el tren, hasta que se hizo grande, negro, arrollador, envuelto en humo, con su ojo ciclópeo que miraba complacido el jubiloso asombro en los ojos de Cayetano Souzas. Chirriaron las ruedas, una república entera de caballos resopló por las válvulas, las bielas fueron perdiendo aquel galopar frenético y al final, jadeante, la locomotora se detuvo.

Los últimos vagones eran de mercancías y sólo los dos junto a la máquina estaban destinados a pasajeros. Se abrió la puerta de un vagón y un fraile descalzo y una mujer con un niño se apearon. El hombre de color que dormía junto al banco apareció en el andén y, de un salto, subió a la plataforma del primer vagón. Cayetano lo siguió.

El tirón de la locomotora al arrancar se propagó por los vagones con un ruido seco. Cayetano notó como si una mano invisible lo levantase del asiento, para volverlo a sentar inmediatamente con violencia. El tren se movía. El mundo empezó a desfilar ante los ojos de Cayetano como si lo viese por primera vez, de una manera nueva, como en las imágenes de un sueño vertiginoso.

La estación de Zascamorros era una estación en toda regla. Junto a la puerta de entrada, pendiente de un alero, había una campanilla con una larga cadena enganchada a un badajo, y encima de la puerta un reloj monumental de dos esferas con grandes números en rojo. Achicharrados por el vapor, ennegrecidos, brotes de yerbabruja crecían a ambos lados de la vía, en los fosos de los apartaderos. Cuarenta o cincuenta pasos más allá, casi oculto por el follaje, mimetizado, había un retrete hecho de tablones, pintado de verde. Zascamorros daba la espalda a interminables plantaciones de banano que se prolongaban por un lado hasta los aledaños de la estación y por el otro hasta donde alcanzaba la vista.

Cayetano deambuló por el pueblo todo el día.

Al atardecer, cuando aún faltaban un par de horas para el tren de regreso, entró en un local donde servían comidas. Había estado ya antes allí, durante el almuerzo, y el sitio le gustaba. El local tenía unas cuantas mesas con muchas sillas, distribuidas a capricho, que ocupaban casi todo el espacio disponible. Las paredes interiores estaban decoradas con cañas secas cortadas por la mitad, unidas entre sí con soguillas de majagua. En un rincón, atada al techo, había una jaula de güin con una guacamayo enorme que parecía sumido en meditación trascendental. Casi todas las sillas estaban ocupadas por guajiros y hombres de color que hablaban a voces. El humo de los cigarros y un penetrante olor a ron se disputaban el aire.

            Pidió un plato de arroz y un cuenco de frangollo. Frente a él, en otra mesa, un viejecillo sin dientes sorbía a chupetones cayajabo de una calabaza. Apretaba la bombilla con los labios y, al hacerlo, la boca se le llenaba de arrugas y ruidos.

Todo ocurrió muy deprisa.

Una joven mulata entró corriendo al local, dando trompicones, como si la persiguiesen los perros.

- ¡Favor, favor! -gritó- ¡Ayúdenme, por piedad!

Todos se volvieron para mirarla, pero nadie se levantó. La muchacha fue a refugiarse detrás de una mesa vacía. Las voces cesaron. Un hombre apareció de pronto en el umbral. Vestía traje blanco de lino  y sombrero de jipijapa. En las manos sostenía un fino bastón de maboa con el pomo de marfil. El hombre lanzó un reto con la mirad por encima del humo. Algunos bajaron la cabeza. Después se dirigió a la mujer, sin moverse de donde estaba.

- Ven acá, perra -dijo, sin apenas levantar la voz-. No quiero organizar un escándalo.

- ¡Ni muerta! -contestó la muchacha, y escupió hacia un lado.

El hombre del traje blanco avanzó hacia ella. La mulata retrocedió aún más, hasta quedar con la espalda pegada a las cañas de la pared.

- ¡Favor, piedad, por la Virgen Santísima! -volvió a gritar. Miraba como enloquecida a todas partes, en espera de auxilio. Nadie se movió.

El hombre del traje y del sombrero estaba a un metro de la muchacha.

Alarmado por el repentino silencio, el guacamayo regresó de su éxtasis y se agitó en la jaula.

- Un trato es un trato, zorra -dijo el del traje con el mismo tono tranquilo-. Y tu padre hizo un trato y tiene que pagar, te guste a ti o no -añadió mientras restregaba el bastón por entre sus muslos, hundiéndole el vestido.

- Se acabaron los hombres... -masculló el viejo que sorbía cayajabo, sin voltearse.

La muchacha se cubrió el rostro con las manos, impotente.

Hay cosas que un hombre tiene que hacer.

Todo ocurrió muy deprisa.

El hombre del traje blanco se volvió al escuchar el estrépito producido por la mesa y las sillas al caer al suelo. El plato de arroz salió por los aires, y una lluvia de pringosas medallas fue a prenderse de las inmaculadas solapas de su traje blanco. Sólo tuvo tiempo de ver a un desconocido que, con la mano en alto, una mano de tres dedos, saltaba hacia él como un puma: sintió un zarpazo en la sien y un regusto a salmuera en la boca. Después, una noche de plomo interminable se le enroscó en los párpados y cayó al suelo pesadamente, como una piedra.

El anciano que había hablado antes se acercó, arrastrando los pies, hasta Cayetano a apoyó su mano temblona en la mejilla del joven.

- Hijo, así guantean los hombres a los cerdos. Que Dios te bendiga. Pero sigue mi consejo y no te dejes ver más por aquí -le dijo.

Huir, huir, huir. La noche se desprendió del cielo como una losa súbita. Cayetano Souzas corría por la plantación de bananos que bordeaba el pueblo. Las grandes hojas le azotaban la cara y se le clavaban como navajas barberas en la piel. El tren, el tren, el tren. La muchacha mulata había salido tras él e intentaba darle alcance.

- ¡Aguarde, señor, lléveme con usted! ¡Mi padre me matará si me encuentra! -gritaba entre sollozos, sin dejar de correr.

Se había hecho de noche de repente. Cayetano avanzaba a ciegas, guiado sólo por el perfil débilmente iluminado de la estación, al fondo. Huir, el tren, huir, huir, el tren. A hurtadillas, logró llegar hasta la parte de atrás del excusado. Se dejó caer al suelo, oculto entre el follaje. El gran reloj de números rojos señalaba las ocho menos cuarto. Cayetano inspiró profundamente para tomar aliento. Quedó allí, agazapado, esperando. <<Antes de media hora estará aquí>> -calculó. De pronto oyó rumor de hojas a su espalda. Se volteó. La mulata surgió de la espesura y se tumbó, agotada, junto a él. Cayetano notó una redonda tibieza en el costado, más suave que la pulpa de zapote, y un dulcísimo calor animal, como de melaza hirviendo. La muchacha respiraba con dificultad. Cayetano estuvo a punto de decir algo, pero se calló. Con dientes silenciosos masticaron los dos un largo silencio.

- ¡Por su santa madre, señor, déjeme ir con usted! ¡Sáqueme de este infierno! -balbuceó ella al fin.

Cayetano Souzas la miró con ternura. Ahora la veía por primera vez. Era hermosa como un felino acorralado, como una pantera sudorosa, con dos grandes ojos de café inocente.

- ¿Cómo se llama usted? -le preguntó.

- Eleonor Hernández, señor, pero me dicen Eleonor Mermelada -respondió ella.

- Bonito -dijo Cayetano, y sonrió-. ¿De verdad se quiere venir conmigo? Usted no me conoce, no sabe adónde voy...

- Lo conozco, señor, y no me importa a dónde vaya. Lléveme con usted... -dijo ella.

Ambos callaron de nuevo. Cayetano separó cautelosamente los yerbajos que tenía delante, para ver mejor.

- Dentro de unos minutos entrará en la estación el mixto para Cienfuegos. Cuando el tren se ponga otra vez en marcha, saldremos de aquí. Corra y lo para hasta alcanzarlo -dijo él al cabo de un rato.

- Gracias, señor.

La aguja grande del reloj se desplazaba a saltitos, tac, uno cada minuto. Cada minuto una eternidad. Cayetano sentía la respiración de Eleonor en el cuello. Al fin, el suelo empezó a vibrar bajo sus cuerpos tendidos en la tierra, sordamente, roncamente, cada vez con más fuerza. El tren entró en la estación. Vieron que se apeaba alguna gente, pero no vieron subir a nadie. Aguardaron. Luego, la locomotora silbó y, de un soberbio tirón, arrastró tras ella a los vagones. El mixto para Cienfuegos se iba.

-¡Ahora! -dijo Cayetano.

Corrían por la vereda que conducía al andén, desenfrenadamente, desesperadamente, como locos. El tren-futuro, el tren-libertad, el tren-sueño, e-l t- -r -e -n el- t-r-en el tren eltreneltreneltren empezaba a tomar velocidad de nube rápida o de paloma lenta, v--e--l--o--c--i--d--a--d v-e-l-o-c-i-d-a-d velocidad velocidadvelocidadvelocidad, pero aun no la bastante como para convertirse en el trenimposibledelamuerte.

Eleonor fue la primera en advertirlo. De las sombras surgió el hombre del traje blanco y, detrás de él, otros tres armados con machetes. La muchacha se detuvo en seco, aterrorizada.

-¡Corra, por Dios! -gritó Cayetano, mientras se abalanzaba contra el primero que les cerraba el paso. Eleonor no se movió.

El machete le cercenó las vísceras de un tajo.

Cayetano Souzas vio de pronto a su padre llorando por él cuando a los cuatro años las ruedas del trapiche le habían aplastado los dos dedos de la mano derecha, vio a su padre deshaciendo a hachazos el molino, oyó a su madre que le cantaba al oído una canción perdida, del otro lado del mar, saboreó el café que el viejo Martín preparaba desde hacía siglos en el batey, olió la piel azucarada, como de pulpa de zapote, de Eleonor Mermelada, toco la muerte horizontal y grande que le entraba a raudales por el vientre.

El farolillo del furgón de cola del mixto a Cienfuegos era un punto en el túnel de la noche.

A Eleonor Mermelada no le importaba ya haberlo perdido.

© Fundación de los Ferrocarriles Españoles·   Santa Isabel, 44. 28012. MadridAviso Legal