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Premios del Tren de Poesía y Cuento:Obras premiadas
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    Índice de obras
 

 XIX Premio de narraciones breves "Antonio Machado" (1995)

Primer premio

Los mosquetones ebrios
Francisco A. Pastor

Nacido en Lérida y residente en Peñíscola, fue durante 30 años funcionario de Naciones Unidas en Ginebra. Ha traducido a autores como Paul Eluard y André Breton, colabora en diversos periódicos y revistas y ha pronunciado más de cien conferencias dentro y fuera de España. Además, ha publicado diez libros y obtenido unos cuarenta premios literarios. En la localidad castellonense de Almazora se convoca un premio literario que lleva su nombre.

 

1

No llegó a inaugurarse. Era chiquita, casi un juguete, toda blanca con rótulos aparentes, equipajes, jefe de estación, salida, cantina. Le faltaban si acaso unas manchas de color, unas macetas de geranios -a los de hojas más arrugadas don Lucas les dice pelargonios, se conoce que de vez a otra se acuerda de los latines de cuando anduvo unos años por el seminario- con que la mujer del factor hubiera salpicado aquí y allá la austeridad de las paredes encaladas. Pero ni factor, ni jefe, ni guardagujas y ya a las semanas algún arrapiezo le había hecho un jirón al placarde de papel de la sagardúa de manzanas.

Era la estación abandonada, el andén en barbecho, como las mujeres de no parir, de un último pueblín norteño, donde de padre vaquero había nacido el rapaz, que pasó más horas yendo a nidos que en las clases de geografía de don Lucas y que no obstante llegó a ministro, cuánta verdad lo de los recónditos caminos del Señor.

- Rentable no creo que sea, desde luego, y no comprendo cómo llegaron a construirla. Pero veré lo que puedo hacer. No os digo ya que sí, pero veré.

El alcalde y los otros, vestidos de limpio, salen del despacho convencidos de que don Leandro lo conseguirá. El alcalde gusta de frases rotundas.

- Don Leandro es mucho don Leandro. Dentro de nada, reloj y campana.

El ministro hasta ha prometido asistir a la inauguración pero al poco le da un desvanecimiento de los que no repiten y el lugar se queda compuesto y sin novia, que tal parece otra vez la estación blanca. Al nuevo titular de transportes y comunicaciones le puede más la aritmética que el corazón y por eso nunca nadie pudo oír en el andén el chirrido de repeluzno de los frenos de una locomotora.

Ahora entre las traviesas crecen los yerbajos. El reloj lleva ya meses parado y sólo algunas noches de hielo y de lobos suena el badajo de la campana que tañe el fantasmón del viento cardinal.

 

2

El pueblo es poco más que pedanía, un puñado de casas con iglesia y tahona que a los atardeceres, ya las vacas en el pajuz, hace veces de chigre. La mujer de Fermín sirve culines de sidra a los parroquianos y hasta de cuando en cuando, medio a escondidas, que a los hombres hay que dejarles alguna vez el freno una pizca suelto, le pone un resto al marido, que cada rato se llega desde el fondo huyendo que dice de los sofocos de la hornada.

Corren los tiempos revueltos y a lo mejor la Celsa bien haría en aplazar el casorio, aunque lo suyo le costó hacerse con quien maridar, pero bien haría. Andan por el aire reemplazos obligatorios y alistamientos voluntarios, no hay hora sin sobresalto y de la radio salen las voces turbias. Cada cual se fija a su antojo. Pero la Celsa, la hija del Fermín y de la mujeruca que sirvió donde los padres y dejó que el hijo del amo le hiciera una tripa, renca de la izquierda, sueña con boda aún sin barahúnda, y hasta mejor, que así a la hora del pasodoble que sigue al pastel no enseña el menoscabo de la suela doblada que disimula un algo, pero no evita, la cojera pronunciada.

Julio pone arrobo a los campos y hoy los parroquianos compran las hogazas por pares, que mañana Fermín casa a la hija, ya ves, bastona y todo, claro que la cara bien lucida la tiene y las teticas que apuntan bajo el corpiño deben ser como el pedernal. Fermín mañana no alumbrará el horno y los culines de sidra habrán de esperar al otro día, el tahonero los pondrá gratis, alguno hasta puede que se arrime al mostrador sin ser cliente, y mismo con huevos duros para quien quiera, que no todos los días se te casa una rapaza y además con un mozancón que se gana bien los garbanzos echándole paletadas de carbón a la caldera de los rápidos y correos de la zona, igual al zagal más tarde le ponen de maquinista y le vemos con la cara tiznada y el pañuelo al cuello en la locomotora de cualquier tren de largo recorrido.

La campana de la iglesia repica, alegre y tempranera, y el cura en la prédica se alarga un algo. A Fermín le tira en los sobacos la chaqueta nueva y a medio oficio se afloja el nudo de la corbata, cuando el ecónomo le arrima un cate al monaguillo que quiere darle con el cíngulo a una mosca verde y por poco hace un estropicio con las botijas del vino de consagrar.

 

3

El comienzo de la guerra les pilla a mitad de viaje y no pueden volver, que el pueblo ha caído más allá de la raya, del lado de los del otro bando. Celsa anda pachucha, tal vez sea por lo de la doncellez que al despedirse escupe baba bermeja, pero para la mujer que en los lugarejos siempre hay envidias, también en los otros, y quizá alguien quiera hacerse con la tahona, Fermín y la madre deben sentirse preocupados, más que eso, tal vez algo aún peor.

- ¿No habría manera? -

- No veo.

Es la hora de la siesta. El fondista hoy les ha puesto de comer pero mañana baja las persianas.

-... y me cojo a la muller y a los rapaces, y me planto en la aldea, de la que Dios nunca debió en mala hora dejarme salir.

Celsa se acurruca.

- Mira a ver, marido.

Es la primera vez que le llama así y al hombretón, con todo, se le hincha el pecho.

- Luego veremos. Ahora duérmete un poco, anda.

Celsa se echa en la cama pero no cierra los ojos.

- Es que no puedo.

La voz del hombre suena a ternura.

- ¿Quieres que vaya junto a ti?

A Celsa le da un escalofrío.

 

4

El último viaje de un autobús, ya con banderola de los que mandan en la baca, les lleva hasta donde alcanza, hasta los socavones con que se estrenaron las bombas. Luego, a cuestas la maleta nueva, se llegan a pie y ya de noche donde la estación de junto a las barricadas. Por detrás de los sacos terreros, a penas a un tiro de piedra, queda la cisterna, los barracones grises y sucios, el depósito de máquinas.

- Que sea lo que Dios quiera. Tú métete ahí y no levantes la cabeza si no te digo.

La máquina, sin vagones; sin faros para no delatar, que asemeja tal una aparición fantasmagórica, es sólo un chisporroteo que cruza los campos. Se oye de vez en cuando y a lo lejos el chasquido helado de un disparo y hasta el repiqueteo de una metralleta.

- ¿Cómo vas?

- ¿Eh?

- Que si vas bien. Ya falta poco.

La Celsa siempre supo el valor de un duro.

- Te estás tiznando el traje nuevo.

Aunque no es tiempo, el hombre casi se sonríe.

- Déjalo, que luego veremos. Y agacha la cabeza.

 

5

En la tahona andan unos cuantos, ebrios y mugrosos, con cartucheras y pistolas que Dios sabe de dónde salieron de repente, y que escancian la sidra sin contar, los barriles y los cántaros son ahora de todos. Se acabaron los privilegios, las clases, los distingos. Al Fermín bien le estuvo por la protesta, el cuerpo le daba brincos a cada escopetazo hasta que por fin el Eleuterio se apiadó y le atinó a la segunda con el tiro en la sien.

Cantan los borrachos, corre la sidra, apesta a pólvora, alguien da la voz.

- Que vino una máquina al apeadero con la Celsa y el coyunda, igual se creen aún los amos del horno y del mostrador.

Se llega a la estación el grupo de despechugados, claro que la noche tibia invita, escupiendo obscenidades.

Uno se toca con el bonete del cura.

- ¿Tú les viste llegar?

El cabecilla del pelotón se envalentona.

- Como pille a la coja, un cornudo más al inventario.

Al apearse, a la Celsa le falla la pata mala y se da de bruces, el marido la levanta.

- ¿Te lastimaste?

- No fue nada.

La ráfaga seca de un mosquetón ebrio pespuntea los cuerpos de los del regreso que quedan cruzados en la vía, los ojos hacia el cielo, tal una montera de mal fario. Después el gatillero le da fuerte a la campana para que todos se enteren de que por fin en el pueblo tuvimos tren.

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