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 XXII Premio de narraciones breves "Antonio Machado"(1998)

Primer premio

Elizabeth que venía en el nocturno de las diez y cuarto
José Andrés Rivas 

Hijo de salmantino y riojana, este argentino es licenciado en Letras y profesor en la Universidad de Santiago del Estero. Tiene media docena de libros de ensayo publicados y numerosos artículos sobre temas literarios. Además, ha obtenido diversos premios, una beca Fullbrigth y ha sido profesor en los Estados Unidos

 

De todos los hechos que ocurrieron en los Sauces antes del descarrilamiento, ninguno nos había conmovido tanto como la llegada de aquella mujer, que había venido a vivir con Toribio, el señalero. Por supuesto que nadie se acordó de ella, ni del día en que ella había llegado al pueblo, la tarde en que El Rápido del Sud se salió de las vías, quebró una de las patas del molino que daba agua a las máquinas y se incrustó en uno de los galpones, en donde los hermanos Bermúdez guardaban los cereales. Ese fue el hecho que marcó el fin de nuestra infancia y que cambió la vida del pueblo. Mi madre decía que hasta entonces todos andábamos tranquilos por la calle, porque sabíamos que Dios se acordaba de nosotros y cuidaba que nada ocurriera en Los Sauces. Por eso, cuando El Rápido del Sud bufando como un toro enloquecido saltó de las vías y se metió en el galpón de los Bermúdez, no sabía que también se había metido en nuestras vidas y que había dividido en dos la historia del pueblo. Me acuerdo que eso ocurrió una tarde rabiosa de verano, en que el calor apretaba y el otoño nos parecía tan lejano como aquella mujer que había traído Toribio, el señalero.

A la hora del descarrilamiento no había nadie por las calles, porque la gente se había guarecido del calor en el río o se había quedado durmiendo la siesta en sus casas. A nosotros nos gustaba esa hora, porque íbamos a cazar gorriones en el monte del eucaliptos de la Blanqueada o a fumar a escondidas detrás de los silos del pelado Albertelli. Pero ese día casi todos mis amigos estaban en río corriendo carreras bajo el agua o jugando a ver quién encontraba la piedra más grande en el fondo. Fue entonces cuando llegó El Rápido del Sud rugiendo como un toro endemoniado, echando humo y furor y de pronto se sintió como si se hubiera abierto la tierra y la estación del ferrocarril hubiera estallado por los aires. Con los años ese momento sería tan importante como las inundaciones del año '36 o como la "pueblada" de septiembre para expulsar al delegado del gobierno central; pero en ese momento todos pensaron que se había dado vuelta la tierra y que el fin del mundo había llegado a Los Sauces. Eso fue lo que sentimos al comienzo. Después la gente comenzó a inundar la estación y nadie se explicaba de dónde salía tanta gente en un pueblo en el que las vacas pastaban a un kilómetro de la plaza y no había más de veinte automóviles dando vueltas por las calles. Todos iban gritando y gesticulando. Todos iban a ver a aquel monstruo desbocado, que estaba partido en dos como una espada quebrada, y largaba cada vez menos bocanadas de vapor como si estuviera agonizando.

Al atardecer comenzó a circular la versión de que don Isidro, el Jefe de la Estación, se había suicidado, aunque nadie estaba de acuerdo con la forma que había elegido para matarse. Alguien dijo que era lo menos que podía haber hecho un hombre de honor como él; pero poco después don Isidro apareció junto con el comisario y el intendente. Se había puesto el uniforme de Jefe para resaltar su rango, aunque parecía que tenía algo de temor y de vergüenza. En cambio, el padre Carafa aprovechó el descarrilamiento para atribuirlo a la falta de fervor de los sauceños, menos preocupados de Dios que de sus vacas. "¡Quién busca a Satanás, al final lo encuentra!" vociferó desde el púlpito con un vozarrón que a todos nos produjo espanto, porque sabíamos que decía la verdad.

Al caer la noche el doctor Torres, el Director del Hospital, anunció que no había habido heridos de importancia, fuera de un estudiante de medicina que se había quebrado el brazo y una maestra jubilada, a la que se le había partido la dentadura postiza al golpearse contra el asiento de delante. Pero en el pueblo nadie le creyó y todavía hoy la gente sigue diciendo que esa noche habían sacado cadáveres de entre los hierros retorcidos y que a los muertos los habían enterrado al amanecer en el fondo del cementerio.

Como esa noche nadie durmió más de un par de horas seguidas, en el Bar Las Margaritas, que siempre cerraba después del paso del nocturno de las diez y cuarto, se discutió hasta el amanecer las causas del accidente. Y cuando a la mañana siguiente llegaron los inspectores del ferrocarril, ya teníamos en el pueblo varias explicaciones, y todas igualmente justificadas, del origen del descarrilamiento.

Ese fue el tema del que se habló durante los meses siguientes. Y todos los años, cuando llegaba el aniversario, íbamos a visitar el lugar en donde se había desbarrancado la máquina y a mirar los ladrillos del galpón de los Bermúdez, que todavía estaban desparramados por el suelo. A partir de entonces ya nadie se volvió a sentir seguro en el pueblo. Y aunque las cosas seguían en apariencia iguales -las vacas seguían pastando, el otoño siempre empezaba en la ribera del río, el padre Carafa seguía vociferando contra la impiedad de los sauceños- todos sabíamos que algo se había quebrado en nuestras vidas. El descarrilamiento se había llevado lo mejor de nuestra infancia y nos había dejado el temor de que la destrucción y la muerte anduvieran sueltas por las calles. Pero también nos libró de la tortura de tener que pensar en aquella mujer que Toribio, el señalero, había traído a Los Sauces.

Se llamaba Elizabeth. (En realidad, yo nunca supe cómo se llamaba, pero la llamé Elizabeth, porque me hacía acordar de las fotos de Elizabeth Taylor, que veíamos en el cine del pueblo). Nunca supimos tampoco de dónde vino, ni hacia dónde partió, pero para nosotros ella, que fue la mujer de nuestra infancia, no tenía origen ni destino. La conocimos aquella noche, cuando bajó de aquel tren que la trajo de alguna parte. Habíamos ido a esperar el nocturno de las diez y cuarto, porque a esa hora en el andén de la estación se acababa el día de Los Sauces. Yo pensé que era una aparición, porque una mujer como ésa no bajaría nunca en la estación del pueblo. Después desapareció y el estruendo del tren arrancando, la campana de partida y el vapor de la máquina nos confundieron y no sabíamos si era verdad o un sueño aquella mujer que había venido a vivir por Toribio. Después nos volvimos en silencio a nuestras casas; pero a la noche siguiente y las otras noches volvimos a esperar el nocturno de las diez y cuarto para ver si el milagro se repetía.

Yo era amigo de Toribio. Aunque él era varios años mayor que yo, él siempre fue mi amigo. Me llevaba con él y con el colorado Salinas a pescar pejerreyes en la Curva del Molino y también me llevaban cuando iban a poner trampas para cazar torcazas. También me enseñó a mover las palancas que cambiaban los rieles y a manejar las señales. Vivía en las afueras del pueblo en una casa de ladrillos desvencijados, que tenía una higuera enorme en el fondo, unas gallinas batarazas que ponían huevos como manzanas y media docena de colmenas, que había fabricado con cajones deshechos. Cuando era más chico, me llevaba en una Coventry Eagle, que era una de esas bicicletas duras e inglesas de antes de la guerra. Siempre me regalaba los mejores gusanos que había en el pueblo, que él criaba en un barrial con bosta de caballo detrás del gallinero. Una de esas tardes en que fui a su casa, se produjo otra vez la aparición.

Nunca me olvidaré de aquella tarde. Había llovido toda la mañana y los pastos estaban brillantes como el pelo de los caballos. Era una tarde ideal para cazar torcazas, porque las plumas se les ponían pesadas con la lluvia y yo quería pedirle a Toribio, que me prestara alguna de sus trampas para cazarlas. Siempre entraba en su casa sin llamar y lo encontraba preparando los anzuelos para el domingo o dándole de comer a las gallinas. Pero esa tarde cuando entré se me cortó la respiración, porque me encontré con aquella mujer, que había bajado del nocturno de las diez y cuarto. Estaba llenando con un cucharón unos potes con dulce de higos, que sacaba de una olla que tenía en la cocina de leña. Me miró sin sorprenderse y con una sonrisa interminable untó una rodaja de pan con aquel dulce pesado y cremoso y me lo lanzó. Me dijo que lo comiera despacio, porque aún estaba caliente. Que lo dejara diluirse lentamente sobre la lengua, porque allí estaban todos los sabores. Me dijo también que si encontraba alguna planta de cayote en el pueblo, me haría probar un dulce como yo nunca había probado. El dulce desbordaba de la rodaja. Después me contó que había nacido en un pueblo de la montaña, que su padre había sido un "ferroviario de los de antes" y que su vida había pasado entre los trenes, que iban y volvían de todas partes, como si el mundo no pudiera parar. Que cuando había conocido a Toribio había sentido algo muy dulce en el pecho y que cuando yo creciera entendería muchas cosas. Todo esto lo dijo entre luces y sombras que me confundían, mientras yo veía caer la tarde enrojecida a sus espaldas, mientras las torcazas sacaban la lluvia del plumaje y volaban de regreso a sus nidos. Al anochecer llegó Toribio cantando y sonriendo como yo nunca lo había visto, y se alegró de mi vista.

Cuando volví a mi casa quise seguir leyendo Las aventuras de Tarzán, pero no podía concentrarme. A cada rato se me aparecía la boca interminable de Elizabeth, su risa desgranándose a la caída de la tarde y las manos que se deslizaban sobre el pan con dulce de higos, que me ponía en la boca para comer. Esa noche no fui a esperar el nocturno de las diez y cuarto y me acosté más temprano. Hacia el amanecer soñé que viajaba con ella en un tren que corría por las montañas. Cuando me levanté mi madre me miró como si estuviera encantado, pero me fui al fondo de mi casa y me subí al nogal en donde me refugiaba cuando quería estar solo. Allí me quedé pensando en la tarde anterior con el libro de Tarzán entre las manos. Me bajé, unté un pan con abundante dulce de tomate y me escapé antes de que llegara mi hermana de comprar la carne y el pan, porque ella siempre adivinaba los sueños que yo había tenido la noche anterior. Por la tarde volví nuevamente a casa de Toribio.

A mí me gustaba ir a visitar a Elizabeth y yo sabía que a ella le gustaba que yo fuera a visitarla. Yo salía con mis amigos para bañamos en el río, o íbamos a buscar nidos de patos silvestres, o nos escapábamos para fumar a escondidas detrás de los silos del pelado Albertelli, pero al final terminaba en casa de Elizabeth. Me gustaba cuando me abría la puerta sonriendo y me pedía que la acompañara a buscar maderas para la cocina de leña, o a recoger los huevos en el gallinero o a juntar agua de lluvia para que se lavara el pelo. Me gustaba cuando caminaba descalza sobre el piso de ladrillos mientras me contaba cómo jugaba en los trenes de su infancia o me enseñaba canciones de la montaña que le había enseñado su padre. Pero lo que más me gustaba era verla comer aquel dulce de higos. Recuerdo cuando llenaba los potes de dulce hasta que desbordaban. Era un dulce espeso, cremoso, dorado, que caía por los costados del frasco. Entonces Elizabeth sonriendo comenzaba a juntarlo con los dedos y lo iba comiendo muy despacio. Los labios se le ponían brillantes mientras el dulce se le escurría lentamente entre las manos.

A veces, cuando me veía mirando su ropa húmeda que colgaba de la cuerda entre los árboles, sonreía. Recuerdo que una de esas veces me preguntó qué decían en el pueblo de ella. Yo sabía que decían que era una pecadora, porque vivía con un hombre sin casarse; que "era mucha mujer para un infeliz como Toribio". Eso decían; pero yo no dije nada. Entonces ella se echó a reír y me dijo que iba a enseñarme a sacar miel de las colmenas cantando para que las abejas no me picaran. Entonces llenó una fuente con miel cantando y me dijo que amasáramos juntos una torta para Toribio. Las manos se nos mezclaban entre harina y la miel, mientras las abejas volaban a nuestro alrededor. Entonces ella levantó una mano cubierta de masa, me tocó la nariz y dijo que cuando yo creciera sería grande y hermoso corno Tarzán. A mí me hubiera gustado hacer lo mismo, pero seguí amasando.

Cuando don Fernando Ruiz Ballesteros llegó un domingo de fines del verano en el nocturno de las diez y cuarto, traía un sombrero gris oscuro y un maletín de cuero labrado. En seguida nos dimos cuenta de que era un hombre importante, porque don Isidro se había puesto el uniforme de Jefe de la Estación para recibirlo. Después llamó a uno de los peones del ferrocarril para que gargara el equipaje del visitante y lo acompañó hasta el hotel Los Tilos, en donde se hospedó. Dicen que pidió la única habitación con baño privado y medialunas calientes con dulce de leche para el desayuno. Recién el martes por la tarde nos enteramos de que Inspector Principal de Ferrocarril y que había venido a Los Sauces y a otros pueblos del sur para hacer una auditoría.

Todo el pueblo se agitó con la llegada de aquel visitante y todos hablaban de los cambios que iba a haber en la estación; pero para nosotros aquellos cambios sólo significaban que Toribio tardaba un poco más al regresar y que venía más cansado. El resto de las cosas seguía igual: las gallinas seguían poniendo huevos como manzanas, los higos seguían madurando, la boca carnosa de Elizabeth seguía desgranando su risa y yo iba a visitarla todas las tardes. Y todas las cosas siguieron así hasta aquel día, en que ella me pidió que la llevara a la estación.

Nunca dejé de pensar en aquella tarde. A veces voy hasta la casa de Toribio y me quedo sentado debajo de unos pinares que hay del otro lado de la calle, mirando las ramas de la higuera que se asomaban por el fondo del techo y me acuerdo de que esa tarde estábamos jugando a la guerra de Corea y yo me escapé para ir a casa de Elizabeth. La puerta de la calle estaba entreabierta y la empujé. En la cocina estaba ella fumando uno de los cigarrillos de Toribio y me dijo que me estaba esperando. Nunca la había visto así; nunca antes había visto fumar a una mujer. Estaba en penumbras y por primera vez me recibió sin sonreir. Después se acercó tanto a mí que yo podía sentir su respiración, y casi con un susurro me pidió que la llevara a la estación en la bicicleta de Toribio. Era una bicicleta alta como la de mi padre, en la que yo apenas llegaba a los pedales. Pero igual me subí a la Coventry Eagle mientras el calor me reventaba la cara. Eché mi cuerpo hacia adelante y con el de Elizabeth en medio de mis brazos, comencé a pedalear por las calles de tierra. Entonces ella comenzó a reírse como antes mientras marchábamos muy lentamente por la calle que nace del río, cruzábamos el puente de madera sobre el arroyito, doblábamos por la avenida de los tilos, y el pelo y la risa de Elizabeth se enredaban en mi cara y yo sentía el olor del agua de lluvia y de la felicidad.

Cuando llegamos a la estación nos quedamos a solas en el andén vacío. De los galpones de los hermanos Bermúdez venía un olor a girasol mezclado con el de bosta de vaca de los trenes de carga, que iban a los mataderos de la ciudad. Detrás estaba el vagón abandonado, en donde decían que dormían los vagabundos que llegaban al pueblo y en el que se habría suicidado un viejo maquinista ferroviario. De pronto algo cambió. Elizabeth se quedó en silencio mirando aquel vagón abandonado y dejó de sonreír. Lo miraba con los ojos vidriosos, y con una voz ausente que yo nunca le había oído empezó a contarme que una tarde en la estación de la montaña, su padre la había hecho subir con él a uno de esos vagones abandonados; que adentro, aunque los rayos del atardecer se filtraban por las ventanillas bajas, estaba oscuro, y que cuando yo fuera grande, entendería muchas cosas. En ese momento algo inesperado ocurrió. Se abrió la puerta del vagón abandonado (nunca en mi vida había visto que alguien abriera aquella puerta) y apareció en lo alto la figura de don Fernando Ruiz Ballesteros vestido con el uniforme de Inspector Principal de Ferrocarril. Parecía un personaje arrancado

de una película de cine y bajó muy lentamente, como si descendiera de un escenario. Se acercó sonriente a nosotros e inclinó levemente la cabeza para saludar a Elizabeth. Recuerdo que tenía el pelo entrecano y unas pequeñas arrugas al costado de los ojos. Le dijo que le alegraba verla en la estación y que si nos quedábamos allí, en unos minutos pasaría El Rápido del Sud para nosotros solos. Después pidió permiso para retirarse, se inclinó nuevamente y entró en la oficina del Jefe de Estación.

Nos quedamos en silencio en la estación desierta. Sólo se oía la brisa que venía desde el río. Al rato se dibujó en el horizonte una mancha indescifrable, envuelta en neblinas de vapor. La mancha siguió creciendo hasta que apareció la máquina que arrastraba al Rápido del Sud. Después el suelo comenzó a temblar, se oyó un ruido ensordecedor de durmientes y cadenas, y cada vagón enloquecido que pasaba por la estación de Los Sauces era como un latigazo que golpeaba los ojos de Elizabeth. Nunca la había visto, ni la volví a ver como en aquel momento. Nos quedamos allí hasta que el tren se fue perdiendo en el horizonte, hacia el lugar desde donde ella había venido a Los Sauces. Al rato apareció Toribio y se alegró de vernos en la estación. Yo me volví caminando a mi casa.

A la mañana siguiente mi padre me despertó muy temprano para que lo acompañara al campo, porque tenía que traer unos cajones de frutas y "necesitaba un hombre que lo ayudara". De paso me dejaría "tirarle algunos tiros" a las liebres y los patos con la escopeta de dos caños. Cuando salimos al amanecer hacía un calor pegajoso y había muchos nubarrones, pero mi padre dijo que no llovería hasta la bajada del sol y nosotros regresaríamos al mediodía. La lluvia se desencadenó a media mañana mientras estábamos cargando los cajones. Después comenzó a soplar un viento frío. Regresamos por caminos cubiertos de barro, mientras que el viento se filtraba por las ventanillas de la camioneta, se me pegaba en la ropa mojada y yo me acurrucaba junto a mi padre, que me cubría inútilmente con su brazo y me hablaba de la comida caliente, la cocina de leña y el café con leche que nos aguardaba en casa. A la mañana siguiente muy temprano, el doctor Torres me metió un termómetro bajo el brazo, me puso una inyección con un líquido anaranjado y me hizo tragar unas pastillas amargas. Pasé una semana encerrado en una habitación entre vapores de eucaliptos y una tos que me arrancaba pedazos del alma. Cuando me levanté, tenía las piernas de algodón y una caverna en medio del pecho. Durante varios días me quedé en mi casa jugando al ajedrez con los amigos, que venían a visitarme. Mi padre, que se sentía culpable, me regaló un libro de Tarzán y mi hermana me hizo un dulce de tomate espeso, que me hizo acordar aún más de Elizabeth. Cuando me sentí un poco mejor, me escapé de casa para verla.

Recuerdo que era un domingo por la tarde y hacía un calor muy pesado para esa altura del año. Cuando llegué, la puerta estaba entreabierta. La llamé, pero nadie contestó. Entonces empujé la puerta y me metí hasta la cocina. En la penumbra estaba sentado Toribio con los ojos cargados como si hubiera bebido y una mueca, que le había robado la sonrisa de la cara. Me senté en silencio junto a la mesa, en donde estaban los potes de dulce vacíos. Por la ventana se veía la higuera grande y las colmenas cargadas. Ella se había ido sin llevarse los higos maduros y sin haber sacado la miel de los panales. Se había ido con don Fernando Ruiz Ballesteros en el nocturno de las diez y cuarto. A ella el tren la había traído y el hombre del tren se la había llevado.

Nunca supe de dónde llegó, ni adónde se fue. Nunca supe tampoco cómo se llamaba. Ni volví a ver jamás a Toribio después de aquel día, porque poco después se fue de Los Sauces. Tampoco hablamos con él esa tarde nada más que unas pocas palabras hasta que él se levantó y dijo que ya era la hora. Entonces nos subimos en nuestras bicicletas y nos fuimos pedaleando lentamente por las calles de tierra. Él con su Coventry Eagle, adelante; yo en la bicicleta de caño bajo de mi hermana, detrás. Salimos por la calle polvorienta que viene del río, cruzamos el puente de madera sobre el arroyito y dimos vuelta por la avenida de los tilos hasta que llegamos a la estación. El andén estaba desierto y nos sentamos en los bancos bajo el sopor de la siesta. El sol se reflejaba sobre los vidrios rotos del vagón abandonado y nos pegaba en los ojos. Un poco después se dibujó en el horizonte una mancha indescifrable, envuelta en neblinas de vapor. La mancha fue creciendo hasta que se convirtió en El Rápido del Sud. Nos levantamos lentamente y fuimos hasta el lugar en donde estaban las palancas, que mueven los rieles y las señales. Yo me afirmé sobre una palanca, que me llegaba a los hombros; Toribio, sobre otra, que era grande y pesada. Nos quedamos así hasta que la tierra comenzó a temblar y apareció la máquina furiosa, que destrozaba la siesta de Los Sauces. Entonces Toribio me hizo una seña para que empujáramos al mismo tiempo las palancas en sentido contrario. Él empujó la suya como si estuviera derribando la mala suerte; yo me afirmé sobre la mía con todo el dolor y toda la impotencia de mi infancia hasta que El Rápido del Sud saltó de las vías.

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