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 XXIII Premio de narraciones breves "Antonio Machado" (1999)

Primer premio

La tabla del seis
Norberto Luis Romero

Nacido en Córdoba (Argentina) y residente en Madrid desde 1980, Norberto Luis Romero es autor de numerosos libros de relatos y novelas, entre ellos "La noche del zepelín", "Signos de descomposición" y "El momento del Unicornio" -las últimas publicadas-, y ha obtenido premios como el Noega, Tiflos, Ciudad de Huelva o Hucha de Plata. Fue finalista del Premio de Narraciones Breves "Antonio Machado" en las ediciones XIX, XX y XXII.

 

 Pura. Purísima Concepción, como la virgen. Su tía se desplaza por la pieza sin hacer apenas ruido, camina descalza en la oscuridad con paso seguro rozando apenas la madera del suelo, llevando entre sus manos el espiral humeante recién encendido. "En Buenos Aires no se puede vivir con tanto mosquito, y los espirales ya no les hacen nada. Tengo las piernas y los brazos llenos de ronchas". La oye murmurar mientras que lo deja en el suelo junto a la cama, en un platito para que las cenizas no caigan al suelo.

"Por cuatro días locos
que vamos a vivir,
vivamos sin mosquitos
con espiral Fuyí..."

Canta el "jingle", entre episodios de la radionovela de Tarzán, que escucha cada tarde sentado en el vestíbulo junto a la radio, con una oreja pegada al altoparlante, bajito el volumen, mientras sus tías duermen la siesta, y se pregunta si en la selva habrá mosquitos, como en Buenos Aires.

Desde su cama ve un puntito rojo: el ascua del espiral; y de inmediato percibe el olor penetrante a hierbas quemadas, que llega a ráfagas y lo sofoca, hasta que se acostumbra a él. Palosanto y piretro. Pura lo besa y le da las buenas noches, se aleja hacia su dormitorio, que está pegado al suyo, y antes de dormirse la oye charlar con Isabel, su otra tía. Las luces de los faroles de la calle penetran débiles en el cuarto a través de las persianas venecianas: franjas horizontales de luz que yacen quietas sobre el suelo de madera, apenas dibujadas. Zumba un mosquito junto a su oreja y se cubre con la sábana; pero no tarda en sentir el calor, el calor húmedo de Buenos Aires donde viene a pasar los veranos, y se destapa confiado en que el espiral haga efecto y lo ahuyente.

A menudo también zumba la sirena de los bomberos de acá a la vuelta y se despierta en mitad de la madrugada; sabe la hora por el reloj de péndulo del vestíbulo: cuenta las campanadas lejanas que se superponen a la sirena. Los incendios se producen sin previo aviso, y no le gustaría ser bombero y tener la obligación de levantarse a cualquier hora de la noche. Nunca presenció un incendio. A los bomberos los vio pasar fugazmente frente a la casa alguna que otra vez, con su camioneta roja, haciendo sonar la sirena aguda para que los demás coches le cedieran el paso, mientras él jugaba en el jardín y juntaba caracoles, de esos que se entierran debajo de las calas y al pie de la Santa Rita; y corriendo se apostó en la puerta cancel, trepando por las rejas se subió a la tapia, y desde allí les arrojó puñados de caracoles y también les aplaudió, porque los bomberos son buenos y rescatan a la gente de las llamas, siempre llegan a tiempo, y evitan que el fuego destruya todo y se propague. Cuando la sirena lo despierta, ya no puede volver a dormirse, y se entretiene mirando el puntito rojo en el suelo que se refleja en la madera encerada. Ahora no hay mosquitos, pero cuando el espiral se consuma y el fuerte olor a palosanto y piretro se haya desvanecido, penetrarán por los resquicios de puertas y ventanas, y volverán a zumbarle en las orejas en busca de su piel vulnerable y de su sangre roja y dulce.

Purita, ¿cuándo se mudan usted y su hermana para Córdoba? -pregunta la paciente curiosa, gorda y diabética.
-Cuando nos jubilemos, si Dios quiere, dentro de unos meses. Para el otoño que viene.
-¿Y el chalecito, cómo va?
-Despacio, lo vamos haciendo de a poco; pero me escribió mi cuñado, Alberto, y me dijo que va muy bien, que pronto comenzarán el techo.
-¿Y no va a extrañar Buenos Aires?
-No. Nos gustan mucho las sierras y allí tenemos a Alberto, y a los sobrinos. Es una ilusión mudarnos y disfrutar de las sierras y de los chicos, aunque algunos anden muy mal en aritméticas-. Y lo mira y le sonríe, le guiña un ojo, mientras aplasta el algodón empapado en alcohol en el brazo pinchado como de picadura de mosquito.

"Por cuatro días locos que vamos a vivir, vivamos sin mosquitos con espiral Fuyí..."

Muy arriba, pegados a los rincones del techo, donde casi no llegan los efluvios del humo, como puntos oscuros apenas perceptibles, están los mosquitos con su trompa afilada dispuesta, aguardando a que el espiral se acabe para lanzarse en picado en busca de sangre. Tan frágiles con su aspecto inofensivo, pero dolorosos.

Lentamente, y en la quietud de la madrugada húmeda, el espiral se va quemando siguiendo el implacable círculo concéntrico, hasta morir apagado: apenas un cogollo verde oscuro ensartado en el ángulo de lata que lo sostiene. Se queda mucho rato mirando el ascua girar imperceptiblemente, como las agujas del reloj, reflejándose, simétrica, en el espejo de madera encerada. Y a la mañana siguiente, se levanta y repara en el espiral consumido, en las cenizas que dibujan en el plato la forma original intacta; quiere tocarlas y se le deshacen entre los dedos. Corre con el platito en una mano, llega a la cocina donde le espera el desayuno, arranca del soporte de lata el final del espiral no consumido, y lo arroja junto con las cenizas a la basura.

En el bochorno de la siesta aparece Tarzán dando alaridos como de sirena de bomberos, anunciando su rauda llegada colgado en una liana, trepando por los troncos retorcidos de inmensos árboles, gigantescos. Atraviesa ríos infectados de cocodrilos voraces y llega justo a tiempo para rescatar a los buenos, igual que los bomberos, mientras la onda del dial se pierde entre pitidos agudos e hirientes, como zumbido de mosquito, se debilita y se hace inaudible. Vuelve a ajustar el receptor y resurge triunfante la voz de la selva:" Tarzán ser bueno, Chita ser buena". El vestíbulo está invadido por una claridad filtrada por los cristales amarillos y verdes de la ventana que da al jardín. Entre el sopor aparece Pura, bostezando y mesándose el cabello. Con una mano se protege los ojos de la luz. Lo mira y le sonríe. Le pregunta que cómo va hoy la novela.

-Tarzán está prisionero en una trampa que le tendieron los indios malos- le dice. Y ella lo abraza y le pellizca una mejilla hasta hacerle daño.
-Hoy salvó a una chica de los leones, los ahuyentó con un grito.
-¿Ah sí? ¿Y qué más?
-Después les habló en el idioma de ellos, porque Tarzán habla con los animales, ¿sabés?, y los convenció para que se fueran y la dejaran en paz.
-¿Estudiaste las tablas?

Y suena el timbre de la puerta. -Ya están aquí -dice Pura-. Esa debe de ser doña Rosario, que viene a ponerse la insulina-. Y abre la puerta. En el rectángulo insolado del vano se calcina la silueta de una señora gorda. Saluda y se sienta a esperar a que Pura ponga a desinfectar la jeringa y las agujas. Apenas si cabe en la butaca. Se queja del calor y de la humedad, resopla y comenta, curiosa:

-Ya les queda menos para la mudanza, ¿verdad?
-Un mes y medio. Si Dios quiere para abril...
-Lo que siento es que voy a tener que buscarme otras enfermeras que me pinchen.

"Ojalá que la gorda reviente", piensa él. Muchas veces llega antes de su hora y le interrumpe la novela con su charla. Y en ese mismo instante comienza el ronquido de la sirena de los bomberos de acá a la vuelta, y corre al jardín para verlos pasar y aplaudirles.

Agoniza el verano en Buenos Aires, entre humedades y mosquitos sanguinarios, entre las cenizas de los espirales consumidos y radionovelas interrumpidas: "Tarzán, rey de los monos". Y vuelve a las sierras, junto a su padre y hermanos, cargado de regalos, y con los últimos besos que le dieron las tías todavía frescos en las mejillas.

"Querida cuñada:
Si todo sale bien y no llueve, en esta semana van a hacer la losa del techo y después pondrán las tejas. Aquí les mando una foto de cómo está quedando..."

Pura, Purísima Concepción se jubila y se viene con su hermana Isabel a vivir a las sierras, a disfrutar de tantos años de trabajo: de tantas inyecciones y primeros auxilios. Se vienen cerca de su cuñado, de sus sobrinos queridos. Vienen a descansar de tanto culo pinchado, de ver tantas enfermedades y pacientes aguardando en el vestíbulo con el antebrazo arremangado: ya está, ¿le dolió?. Ha visto que no fue nada, un simple pinchacito, como un mosquito.

Vienen a respirar aire puro y a dormir sin mosquitos ni sirenas de bomberos, sin timbres a horas intempestivas: Pura, por favor, que mi padre está indispuesto, creo que es el corazón... Ya voy. Y a preparar las jeringas, el algodón, el alcohol fino, y a salir corriendo para allá. Ahora, Isabel y yo vamos a disfrutar de la jubilación; vamos a vivir en la casita que nos estamos haciendo al lado de ellos, de mi cuñado y mis sobrinos, que bien merecido lo tenemos...

Y ese día tan esperado van todos a la estación. A las once llega el tren directo de Buenos Aires, y a las once y veinte otro. Siempre traen retraso. Ansiosos, miran hacia la entrada de Santa María, hacia la curva por donde aparecerá el convoy. Llega bufando vapores, bajan algunos pasajeros, la mayoría jubilados, parejas de ancianos desteñidos por la humedad de Buenos Aires, que vienen al sol y al aire puro de las sierras, huyendo de los mosquitos de la capital; pero las tías no descienden. Otra vez a esperar si en el siguiente... ¡Quedate quieto, nene! No puede dejar de saltar y reír, de cruzar los raíles por la hilera de durmientes para mirar desde el lado opuesto, desde donde se percibe mejor la curva. Blanco y azul, como la bandera, aparece el tren de las once y veinte con media hora de atraso. Cruza corriendo las vías, gritando: ¡Ya vienen, vienen las tías! Y no puede dejar de reír y saltar: ¡Pura, Purita!

La ve de pie en el pasillo, mirando por la ventanilla hacia afuera, buscándolos con ansiedad entre los que aguardan, saludando con una mano abierta.

-¡Tía Pura! ¡Tía Pura!- grita emocionado, y las lágrimas asoman a sus ojos, y quisiera subir al vagón y abrazarla sin esperar a que desciendan; pero su padre lo retiene de una mano. Ellas bajan, él se suelta, corre, la abraza. Ella lo levanta en vilo y pega su cara a la de él.
-Tía Pura, ¿qué me trajiste?
-Juguetes. Algunos juguetes... ¿Qué tal el colegio?
-Bien.
-¿Y en aritmética?
-Bueno...

Su padre y su hermano cargan con las valijas, las tías no paran de hablar con ellos. Él va corriendo delante para ser el primero y abrirles la puerta de calle. La risa afónica de Pura parece surgir de acá a la vuelta, como una minúscula sirena de bomberos buenos; ríe y comenta su alegría por estar por fin entre los suyos, en las sierras, sin mosquitos ni pacientes interrumpiendo la siesta. Mañana llegará el camión de la mudanza.

Y de las grandes valijas surgen, como milagros, aviones a cuerda, ladrillos de goma pequeñísimos para construir casitas, una sartén que no pega las comidas, un pelapapas muy moderno y funcional, y un pulover para vos, Alberto, que tuviste que vigilar la obra, y estar lidiando con los albañiles. Y hay que ver lo hermosa que quedó la casita.

Aquí, en Santa María no hay mosquitos, pueden dormir tranquilas, con las ventanas abiertas de par en par. Lo que sí hay son hormigas. ¡Qué suerte poder descansar de tanto pinchar culos, y de tener que salir a cualquier hora de la madrugada a asistir a enfermos, y de la sirena de los bomberos, que te sobresalta en mitad de la noche!

"Por cuatro días locos que vamos a vivir, vivamos sin mosquitos con espiral Fuyí..."

Aquí vamos a poner las camas. En esta pared va a quedar muy bien el cuadro de los abuelos de Asturias. Vamos a sembrar tomates, lechugas y zanahorias en una quintita; prímulas, pensamientos y culos de vieja en el jardín. Aquí el armario blanco, y la mesa a este lado. El cuadro éste, el del paisaje nevado, en aquella pared que queda muy vacía.

Él, revoloteando como un moscardón por toda la casa, más pesado que un mosquito zumbón, sin despegarse de sus tías. Pura, bordando junto a la ventana que da al jardín, Isabel en la quinta, o poniendo estantes en el cuartito del fondo, o regando el césped, aquí, en Santa María, en este chalecito que no es muy grande, pero que a nosotras nos basta y sobra. Y los domingos comen todos juntos en su casa o en la de ellas, y él se sienta junto a su tía Pura que es tan rubia y tan parecida a su madre...

Una puerta cancel comunica ambas casas por los fondos y él continuamente está con ellas, metiendo las narices en todo, abriendo los armarios y pidiendo que le hagan regalos. Pura le cose pantalones y le teje pulóveres para el invierno, porque la ropa está tan cara que no se puede comprar.

Algunas tardes sale el sol y son cálidas, es entonces cuando van a dar un paseo por el pueblo, y él las guía y les va mostrando todo: la estatua de Belgrano en la plaza, las casas de los vecinos, y las pone al corriente de cuanto ocurre en Santa María. Junta caracoles blancos, con el bicho muerto, reseco, dentro, y se los va dando a Pura para que se los guarde en los amplios bolsillos de su falda.

-Te voy a hacer un joyero.
-Nosotras no tenemos joyas- y ríe.
-Para los hilos- dice. -Te voy a hacer un costurero de madera decorado con caracoles blancos, de los redondos y de los puntiagudos.

Y transcurre el invierno entre sabañones que le impiden agarrar bien el lápiz para hacer los deberes, sentado junto a la ventana, a la verita de la tía Pura que cose y estrecha pantalones, y transforma una falda vieja en otra nueva, y le toma las tablas de multiplicar:

-¿Seis por seis?
-Treinta y seis.

Mientras, Isabel poda los cercos de ligustrinas y pone veneno para las hormigas, que se lo comen todo. Porque aquí no habrá mosquitos, pero hormigas... millones, che.

A Pura, una mañana le duele una cadera, la izquierda, y renquea de esa pierna. Su padre asegura que eso no le parece nada bueno, y le comenta: seguro que es artritis, o una de esas cosas de puro vieja que te estás haciendo. Y ella ríe, como siempre, con su risa afónica que tanto le gusta y lo contagia.

Pura, Purísima Concepción, se entretiene bordando detrás del cristal de una ventana. Apenas si sale de su chalecito sin olor a jeringas hirviendo, sin sobresaltos de timbres ni sirenas de bomberos, sin necesidad de poner espirales porque en las sierras no hay mosquitos, porque me duele tanto esta cadera que no voy a tener más remedio que ir al médico. Pura le hace regalos porque es el más chico; y mientras tanto, él va poniendo pega-pega en la base de los caracoles blancos y pegándolos a la tapa de la caja.

-Cuando viajemos a Buenos Aires, te voy a traer un coche que vi una vez en una vidriera, y que tiene luces y todo.
-¿Para qué van a ir a Buenos Aires?
-Para hacer unos trámites que tenemos pendientes, de la jubilación...
- contesta Isabel, seca.

Y se van otra vez al calor de Buenos Aires. Seguro que nos están esperando los mosquitos dispuestos a chuparnos la sangre.

A las siete de la tarde, cuando ya está oscuro, van todos a despedirlas a la estación. Lo ve alejarse por la curva, gusano celeste y blanco como la bandera de la patria. Y regresan a casa subiendo la cuesta. El padre y los hermanos mayores apenas cambian palabras, de vez en cuando el padre hace un gesto negativo con la cabeza.

-¿Por qué se fueron a Buenos Aires las tías?
-Vos andá a jugar con tus amigos.
-¿Puedo ir a la canchita?
-Sí, pero quiero que estés de vuelta a la hora de la cena... ¿ya sabés la tabla del seis?
-Sí.

Y se va a jugar a la pelota con los chicos, y también a juntar caracoles blancos cerca de los faroles de la plaza, porque no le alcanzan los que tiene para terminar el costurero.

Su padre lee en silencio una carta de Isabel.

-¿Cuándo vuelve tía Pura?
-No sabemos, nene.
-¿Me va a traer el cochecito que me dijo, ése con luces...?
-Sí...

Y espera sentado en el banco que hay debajo del duraznero, pegando caracoles en la caja de madera, formando guardas y flores, para los hilos y las agujas de Pura, mientras recita de memoria la tabla del seis.

Llegan más cartas. Seguro que volverán juntas, cuando hayan terminado los trámites esos. Y Pura llegará toda ella música y risas, cargada de juguetes y regalos, con el coche que vio en una vidriera. Vendrá a bordar frente a la ventana y a tejerle pulóveres mientras le toma la tabla del seis. El domingo no faltará al almuerzo, y él se sentará a su lado y le entregará el costurero de caracoles blancos puntiagudos y redondos terminado.

Pero llega un telegrama, que su padre y hermanos no le quieren mostrar. Y su hermana Nelly se cubre la cara con las manos.

-Me voy a Buenos Aires- dice su padre.
-¿Por qué?
-... salgo esta misma noche en el tren de las once.

Y salgo corriendo al jardín porque oigo a mis amigos que me llaman para jugar a la pelota.

"Por cuatro días locos que vamos a vivir..."

El coche tendrá luces y el motor hará ruido como los de verdad. Jugará mientras Pura cose y teje. Mirará los rincones del techo por la noche para ver si hay mosquitos, y si los descubre, encenderá un espiral Fuyí para matarlos.

Entre suspiros escucha las conversaciones de sus hermanos, cuchicheando en la tarde, sentados a la mesa, sin reír, conteniendo lágrimas. A la mañana siguiente bajan al pueblo a esperar el tren. Lleva el costurero que hizo con sus propias manos envuelto con papel de regalo y una cinta roja anudada en un moño. Hace frío esta mañana y está un poco nublado. Tiene las manos ateridas. El tren se detiene, resopla, muge. Y ve en el pasillo del vagón a su padre y a Isabel, pero nadie saluda con las manos en alto, ni sonríen. Descienden tan serios...

-¿Y tía Purita?

Se miran entre ellos, como se miran siempre los mayores, y el padre le acaricia la cabeza.

Callado, contempla el paquete con el costurero de caracoles blancos puntiagudos y redondos e imagina la siesta en Buenos Aires: Pura en aquella casa inundada de tornasoles, que se desliza en la penumbra llevando un espiral Fuyí encendido; Pura que borda ante la ventana y escucha la radionovela de Tarzán, rey de la selva, entre tanto los mosquitos asesinos atraviesan la siesta y lo observan todo desde lo alto.

Y canturrea por lo bajo, como en una oración:
Seis por uno, seis.
Seis por dos, doce.
Seis por tres...

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