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Premios del Tren de Poesía y Cuento:Obras premiadas
  Cuentos y poesías finalistas de los Premios del Tren 2002
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 Premios del Tren 2002, "CAMILO JOSÉ CELA" de cuentos

Primer premio

Plomo en el Corazón
Miguel Sánchez Robles

 

"Aquí donde la comparsa de los ridículos hace alianza con los mediocres bajo el atuendo de lo necesario"
Juan Carlos Mestre

 

A esas horas Madrid ofrece una tristeza que se parece mucho a cuando enseñan los dientes los animales muertos tirados en el suelo y el muchacho se acuerda de la perra con llagas del patio de la cárcel y, como estudió una carrera de letras, recuerda también, casi a la misma vez, un verso que dice: "Nada sé de este abrirse la luz de cada día/ sobre la siempre mar y su orilla de siempre". Al muchacho le salió en la Selectividad que Madrid es una ciudad con más de un millón de cadáveres y no lo entendió entonces, pero ahora sí lo entiende. El muchacho pasea bajo cero, le echa trozos de pan bimbo a las palomas, recuerda con nostalgia cuando soñaba sitios maravillosos a donde poder ir una vez terminada la universidad y lleva trozos de kleenex pegados en los dedos y en la punta del glande después de haberse masturbado en los lavabos de la estación de Atocha. Siente como si dentro de su cabeza se encendieran cerillas de vez en cuando: ráfagas químicas de lucidez poética que le vienen a decir que la felicidad es un país al que nunca conseguimos llegar del todo, que el universo funciona a la perfección, pero él está encerrado dentro de sí mismo, que no hay nada más hermoso que los ojos de un caballo blanco anestesiado o esa gente que llora cuando nadie la ve, que siempre te extirpan algo, que Madrid es una ciudad con más de cinco millones de cadáveres, que Europa es un continente con más de trescientos millones de cadáveres, que La Tierra es un planeta con más de seis mil millones de cadáveres, que el mundo está lleno de conversaciones oligofrénicas que satisfacen una demanda social de algo mientras cada minuto se deshiela un trozo del corazón de nadie,... y una voz que le dice finalmente: ¡Todo es superficial: pórtate bien!. De pronto se detiene frente a un escaparate. Mira a un maniquí bellísimo vestido con una camisa blanca y una falda vaquera y se enamora de él. Piensa en que, tal vez, si le pusiera una inyección, la figura podría tomar vida y acompañarle en su viaje. Piensa también en el dolor que le produce saber definitivamente que no podrá llegar a besar nunca la boca de Uma Thurman. Luego camina triste a las nueve y cuarto de la mañana del día de año nuevo por las calles vacías y se acuerda de cuando su abuela, muerta hace tres meses, le decía siempre después de comerse las uvas cada nochevieja: ¡Cosme, este año va a ser muy bueno!, y entonces el muchacho quisiera ponerse a llorar en medio de la acera frente a un hombre calvo que conduce tres dálmatas atados con correa. El muchacho sabe que ese hombre es un cadáver más del millón de cadáveres que pueblan Madrid y desean con vehemencia que las cosas sean de una sola manera y que todas las maneras sean una misma cosa, uno de esos cadáveres que se dedican a perfeccionar su tenis y a ser un accidente inane en el vacío intersideral, uno de esos cadáveres que tienen los ojos embobados como Audrey Hepburn y odian a los jóvenes que queman coches y revientan cajeros automáticos porque han comprendido todo de nuestra sociedad. El muchacho prosigue su camino rompiendo trozos de pan bimbo con la mano derecha dentro del bolsillo de su chándal barato. Lee uno de esos carteles publicitarios que anuncian la felicidad occidental y le entran ganas de creer en esa felicidad, en la Nestlé, en la Bayer, en la Benneton, en la Columbia- Tristar y en la madre que las parió a todas. Siente envidia y asco de la gente que desayuna tostadas con mermelada de fresa en las cafeterías de enfrente del Museo del Prado, de diseñadores especialistas en interiorismo que viven del cuento, de jefes de negociado del Ministerio de Hacienda, de jóvenes profesores universitarios un poquito amariconados que juegan al bridge y al squach, de subsecretarios generales que viven en habitaciones abovedadas muy apropiadas para los subsecretarios generales y tienen despachos de subsecretarios generales y sillones de subsecretarios generales y coches bemeuve y una casa en la sierra y secretarias amantes que se peinan como las bibliotecarias, pero llevan un piercing en los labios mayores de la vulva, envidia y asco de otros jóvenes de su edad que trabajan en la Bolsa o en agencias de seguros y heredarán fortunas que sabrán perpetuar y de madres sin menstruación que tienen hijas Noemí y de sus hijas Noemí que se comportan como los alacranes que se reproducen en los cementerios de automóviles y sueñan en secreto: ¡Papi, dámelo todo!. El muchacho entra en una de esas cafeterías en las que desayunan cada mañana gran parte del millón de cadáveres y pide un vodka solo porque le cuesta mucho asumir la realidad sin estimulantes. Se fija en que el camarero lleva chanclas y tiene cara de haberse portado bien toda su vida y de no haber jugado nunca al voleibol bajo la lluvia en la prisión de Nanclares de Oca. El camarero lo mira con desprecio, con la actitud y el escrúpulo de no gustarle su forma de vestir, sus barba de seis días, su pendiente de zirconio en la oreja derecha, su pelo rapado al uno, sus trozos de kleenex pegados en los dedos y sus ojos de autodestrucción, sus ojos que insinúan que el vodka es más hermoso que follar. El camarero hubiese preferido que sus ojos insinuaran algo bonito, dulce, inofensivo, porque a los camareros les gustan mucho, no lo pueden evitar, las personas drogadictas de la conformidad, las personas que tienen el cerebro encharcado en la felicidad europea y no se quejan nunca, son amables y dejan propina. El camarero le cobra de antemano. El muchacho no se ofende. Paga en monedas sueltas mezcladas con trozos de pan bimbo y el camarero sopla con saña y con insolencia encima de la barra para que caigan al suelo las migas y no tener que tocarlas al retirar el metálico, ¡el metálico!. El muchacho imagina al camarero consumiendo escenas ultrapornográficas en Internet mientras, alrededor, los cadáveres del millón de cadáveres se alimentan de un falso entusiasmo, hablan mucho de lo que no funciona y usan palabras bonitas para sobrevivir. Al muchacho se le vuelve a encender una cerilla en el interior de su cabeza y piensa: La gente no hace más que hablar para defenderse de que la verdad no los mate. El muchacho se aburre. Bebe vodka. Enciende un ducados. Abre el periódico y lee en un titular: "Alemania hace las paces con Marlene Dietrich", y a él se la suda que Alemania haga las paces con Marlene Dietrich. No entiende qué tiene que ver eso con su vida ni con la vida del camarero ni del millón de cadáveres ni de las niñas Noemí ni de los subsecretarios generales. Después lee algo sobre el Ministro de Defensa y elucubra sobre qué significa ser ministro de defensa, para qué sirve un ministro de defensa, y hace un esfuerzo por intentar comprenderlo y creer en ello. Luego lee algo sobre carbono catorce robado en Uzbequistán y algo sobre condena por injurias a marca registrada y descubre que el periódico está lleno enfermedad, que el periódico está hecho como pasto espiritual para el millón de cadáveres y para hombres calvos que sacan a pasear dálmatas o chihuahuas atados con correas, que el periódico está hecho para que los padres de la hijas Noemí se entretengan leyendo cosas sobre el Real Madrid, los dientes o Ibarretxe, para que los periodistas hablen mucho de algo con palabras minuciosamente analíticas porque no tienen nada en absoluto que decir, que el periódico está hecho para que la verdad no nos mate o sí nos mate. El muchacho recuerda a su compañero de celda decir: ¡Cosme, no vale la pena hablar de eso: sale en los periódicos!. Al muchacho le pide fuego como queriendo ligar una de esas mujeres casadas con viejos imbéciles adinerados que las tranquilizan económicamente de por vida y él no hace mucho caso, se limita a manejar con lentitud e indiferencia su encendedor mostrando los trozos de kleenex pegados en sus dedos mientras bebe del vaso insinuando descaradamente en su actitud que el vodka es más hermoso que follar. El muchacho vuelve a recordar a su compañero de celda explicándole anoche en Nanclares de Oca, en el mismo momento en que todo el mundo se comía las uvas, por qué los tábanos pican siempre en las corvas. Toda una Nochevieja hablando de los tábanos como cuando las putas están sin clientes y se entretienen tirando flechines a la diana automática de los puticlub y el muchacho piensa: qué pasaría si no hubiera flechines y después piensa qué pasaría si no hubiera puticlub, qué pasaría si no hubiera cáncer, qué pasaría si no hubiera gente que trabaja en ponerle a los billetes un sistema ignífugo, qué pasaría si no hubiera tiendas de géneros de punto... qué pasaría, qué pasaría. El vodka le ayuda a pensar esas cosas y a recordar los bocadillos gratis que le daban en "La Arrixaca" cuando donaba o vendía sangre y al bruto de Gálvez viendo siempre en la cárcel esas películas de Chuk Norris en las que salen alicópteros como él los llama: alicópteros, muchos alicópteros... Piensa en cosas raras como cuando fuma porros por la noche tumbado en la litera de su celda y le vienen a la cabeza genitales escocidos por el pipí y de buena gana dibujaría con acuarela la forma y los colores de esos genitales. El muchacho desde hoy disfruta de un permiso semanal por depresión endógena gracias a la influencia de un primo hermano de la madre que es presidente de Nuevas Generaciones en Almansa y portavoz oficial para la explicación del euro en Castilla- La Mancha. Se alegra de haber salido, pero también siente una decepción, una tristeza. Se alegra de estar lejos de Gálvez que te pide cascársela en las duchas y no te puedes negar porque te quiebra un brazo o te cierra un candado en el pellejo del escroto y se guarda la llave el muy cabrón. Se alegra de estar lejos de los funcionarios de la prisión que, cuando se aburren, se divierten llamando desde un teléfono oficial a chicas por azar para mosquearlas diciéndoles que saben que sufren el problema de que les echa peste la boca o de que tienen el coño excesivamente grande y resudao. La cárcel tiene gozos minúsculos y enormes proporciones de vacío, siempre están poniendo por el hilo música de José Feliciano y de Pink Floid, pero es como si el corazón de la alegría hubiese renunciado a respirar allí. El muchacho mira la televisión sin sonido de la cafetería y el Papa gesticula, dice cosas con un enorme báculo de oro en la mano. El camarero furga en el mando a distancia como buscando escenas de la felicidad. Sale Frank Sinatra vestido de marinero. Sale el rey de España conduciendo un automóvil. Sale un campo de golf, una becerra, mujeres maduras que dan noticias con un fondo azul a su espalda y nunca son feas, José Luis de Vilallonga, Bob Dylan, alguien como tratando de explicar que la vida consiste en estar contento con el peso que tengas, Ivonne Reyes, la tía tonta esa que dice mucho: ¡aassúcar! ... El muchacho se pregunta por qué son importantes José Luis de Vilallonga e Ivonne Reyes, no acierta a entender en qué radica su importancia, por qué salen, qué pueden aportar,... Finalmente, el camarero abandona su búsqueda y deja la tele puesta en la mierda de la Galavisión. El muchacho vuelve de nuevo a la intemperie y camina despacio como si llevara plomo en el corazón, ¡plomo en el corazón!. Una mujer embarazada llora en un paso de peatones y él la mira y quisiera ayudarla, besarla, comprenderla. Le gustaría decirle a Dios: Oye Dios, ¿por qué muchos vivimos en rincones baldíos donde se acaba el mundo como niños con mocos que están viendo llover?. No, rectifica, le preguntaría otra cosa que también le salió en la Selectividad, le diría: Oye Dios," ¿Qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre, temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?". El muchacho tiene que tomar el tren para Albacete de las once y cuarto y está haciendo tiempo paseándose por la capital de España, mientras en el mundo continúa extendiéndose la locura a través de los cables telefónicos y la fibra de vidrio coaxial. El muchacho suspira, se detiene ante un drugstore con señoritas magenta detrás de unos mostradores, enciende otro cigarro, y se acuerda de nuevo de cosas de la cárcel, de su compañero de celda, uno que es maricón y se ha puesto Eva Wait y lee todas las noches antes de dormirse una carta a los gálatas que lleva siempre doblada en el bolsillo de atrás del pantalón vaquero y hace tatuajes con una máquina que le vendió un gitano, uno que habla mucho de los tábanos y de recorrer Escocia en furgoneta. Eva Wait contarle que el pelo de los coños es mucho más oscuro que el de las cabezas porque no le da el aire y que una vez le presentaron a un conde de verdad y que los condes de verdad huelen siempre a leche de la polla. El muchacho se acuerda también de la tristeza que deja la luz del sol cuando entra a bocajarro en los pasillos de su galería y se acuerda de nuevo de la perra con llagas del patio de la cárcel y de las bandejas metálicas de la comida que también son muy tristes y de repetir día tras día la liturgia ordinaria del hastío. Entra al drugstore y compra una caja de música que vale mil trescientas. Se la embalan con prisa en papel de regalo y se marcha callado y satisfecho. Continúa su paseo cruzándose con más cadáveres, más gente de esa a la que le gusta mucho la manera con que las abejas se comportan y pensar en secreto: Tutto va bene. Quiero que me clonen. De pronto se embelesa en un grupo de damas con abrigos de pieles que ríen en la acera esperando algún taxi. Besaría las bocas de todas una a una. Después piensa de ellas que seguramente no tienen talento, ni perseverancia, ni demasiada formación académica, ni rectitud moral, pero visten muy bien, se gastan cinco mil duros en un par de zapatos, ocupan altos cargos en la administración del Estado, hacen como si se preocuparan de cosas parecidas a abrir pabellones de reposo para funcionarios con estrés, ganan mucho dinero y actúan en todas partes como animales muy sociales. El muchacho las imagina comprando y regalando libros plastificados con cuentos muy bonitos llenos de valores democráticos en los que salen sentimientos que les pasan a las verduras, que tratan de si la alubia está triste o no tiene razón la coliflor. Y el muchacho entonces se acuerda del salvaje de Gálvez decir siempre que sale una tía hermosa por la televisión que esas hembras buenísimas lo único que quieren de verdad es que les meta un cuarto metro de rabo uno de esos negros del baloncesto y después utilizar para contarlo a las amigas la expresión asquerosa: He tenido sexo con Asdrúbal. Gálvez con su amuleto en el cuello de una peseta con la cara de Franco. Gálvez loco y salvaje como Vicent Van Gog. Gálvez hablando siempre de lo cansado que está de vivir. Gálvez, cuando lo castigan, encerrado en una habitación diminuta comiéndose muchas bolsas de pipas. El muchacho se adentra por una de esas calles con edificios viejos siempre en venta en las que huele mucho a yodo y a sardinas asadas y jovencitos rubios con perillas ridículas venden pegatinas que dicen: Jesús te ama y piensa que hay un error muy grande en alguna parte de nuestras vidas. Entonces se acuerda de otro verso del Bachillerato: "Cansa atravesar esta enfermedad llena de espejos" y de su padre muerto cuando él tenía diez años y de cómo le revolvía con la mano el pelo de la cabeza cuando volvía del trabajo. Se acuerda de su madre y espera que le guste la caja de música que ha comprado para ella. Se acuerda de su hermano Miguel que es diabético y trabaja en la Seat. Piensa en que dentro de unas horas estará por fin, después de un año y medio, en el hogar materno, en el octavo E de un piso de protección oficial de la calle general Flomesta en Albacete. Piensa en besarle muy fuerte la frente a su madre, en las nueve mil quinientas pesetas que le manda por giro postal cada semana para que pueda sobrevivir entre tanto hijoputa de la cárcel, en la forma en que suele llorar en el locutorio cuando cada tres meses lo visita y lo anima a estudiar oposiciones o a buscarse un trabajo cuando salga de allí, en las manos tristes de su madre vencidas por la artrosis, manchadas por la edad y la lejía. El muchacho suspira, mira el reloj, calcula y decide volver a la estación. Ve a una vieja de luto que camina encorvada con una bolsa de algo colgando de su brazo y se acuerda de cuando su abuela lo mandaba a comprar diez duros de jamón de york para ver los toros comiéndoselo. El muchacho es licenciado en Hispánicas y sabe muchas cosas que ha escrito en un bloc cuadriculado de bolsillo. Ha escrito: hay una luz perdida en nuestros ojos. Ha escrito: qué triste ha sido todo bajo un sueño que borra lo sagrado. Ha escrito: vivir es recordar y seguir viendo muchas cosas inútiles que salvan. Sabe también la suerte que tienen los gobiernos de que la gente vote, compre libros del premio Planeta, vea la televisión, crea en la importancia de un campeonato de tortillas de patatas y sienta: tutto va bene- quiero que me clonen. Sabe que alguien puede robar miles de millones, cometer cohecho, prevaricar, atropellar a un mendigo, arrancarle de cuajo las dos piernas y no pasarle absolutamente nada por eso, y continuar viviendo en habitaciones abovedadas y en chalets de lujo como toda esa gente que tiene cuanto quiere. El muchacho está en la cárcel porque quería comprarse una moto, por robar en una sucursal del banco Hispanoamericano setecientas ochenta y cinco mil pesetas que había en ventanilla. Siente frío, mira hacia arriba y el cielo es triste con ese color ámbar y algodonoso tan propio de cuando quiere nevar o llover poco. En una pared lee un enorme cartel en el que una mujer bellísima anuncia una marca de sartén con la estúpida frase: ¿Te falta Tefal?. Al muchacho le hace daño la blancura de los dientes de la mujer y recuerda cuando alguien le dijo que los artistas no llevan dientes propios, llevan dientes de artista, se arrancan los suyos y se ponen dentaduras perfectas para poder sonreír adecuadamente en las películas como animales humanos sensibles y benéficos que nos enseñan su felicidad y dicen cosas bonitas y patrióticas parecidas a Dios bendiga a este país. Prosigue caminando como si llevara plomo en corazón y se cruza con chicas que llevan zapatos de dos colores y miran soñadoramente los escaparates de las tiendas y las imagina en casa llorando por Tom Cruisse, poniendo con mucha delicadeza pasta dentífrica en el cepillo de dientes para intentar matar un poco el tiempo cepillándose mientras miran el póster de Tom Cruisse. En la otra acera dos jóvenes con gabardina beig caminan callados como si fuesen buscando el amor y la dicha por Washington Avenue. Pasa por delante de una clínica privada con ladrillos azules esmaltados en el exterior y piensa en la tristeza de los recipientes previstos para vomitar e imagina también alguna empleada del sanatorio meando en cuclillas en el sótano. Sentados en un banco público, unos chicos hablan de farlopa y siente el asco de esa palabra: la palabra farlopa. Delante de él camina ahora un sudamericano que lleva manchas de sangre en sus tejanos blancos y descubre lo bonitas que son las manchas de sangre en los tejanos blancos de la gente. Unos niños para saludarse dicen: ¡Chócala!, y eso le gusta mucho: ¡chócala!. Cruza una plaza con la estatua de metal de un señor a caballo cagada por palomas. De las escaleras de un hotel de lujo descienden hacia taxis un puñado de seres vestidos con abrigos largos y prendas de piel, parecen formar parte de ese tipo de gente sentimentalmente nula y famosa que publica libros, sale en la televisión, se divorcian, viajan al Caribe,... Salta a la vista que están acostumbrados a la representación social de un empalagoso júbilo, que se creen casta y se sienten distinguidos y el muchacho los mira con rencor. Dentro de unos días volverá a la cárcel, tendrá que regresar a Nanclares de Oca repitiendo la ruta. Volver junto a Eva Wait y junto a Gálvez, soportar el mal olor de los aseos porque en la cárcel siempre hay alguien que se caga fuera o encima de la tapa del váter, tendrá que luchar diariamente contra una crónica sensación de derribo en un lugar muerto donde todo es muy triste y la vida anida sin respuesta, acudir los miércoles y los domingos a eso que administrativamente se llama: servicio religioso, porque da puntos, mejora el expediente, recurrir a cobardes alivios cotidianos tales como pagar mil pesetas para poder ver en grupo películas porno en las que una joven asiática se la chupa a un perro lobo... Asume y comprende que la cárcel son horas de mucha inexistencia. El muchacho llega a la estación. Compra una bolsa de pipas. Todavía le quedan diez minutos. Deambula muy despacio masticando semillas como alguien que no habla y sólo existe para obedecer, como un cadáver más, como un pez que se ahoga sin saber que se ahoga. Le gustaría ser un gato jugando con un tubo de pastillas, pero no lo es y hay una larga fatiga en sus ojos jóvenes. Unos chicos votan sobre algo de una manera que quiere resultar estrictamente democrática y que al muchacho le parece subnormal e intuye en sus cabezas muchas ideas equivocadas y abismales juicios de valor sobre la especie, la vida, las personas. Piensa: todo es portátil, todo es un juego social sin demasiada inteligencia, todo es vivir así: sin salvación ni sorpresa. El muchacho distingue un puñado de individuos típicamente turistas a los que les apasiona mucho visitar todos estos estados- naciones tan bonitos que tenemos en Europa y recuerda otro verso de cuando estudiaba en la Universidad: "La vida quema nuestros ojos con el frío de la nada". Una ráfaga de aire levanta papeles y desperdicios en un rincón de los andenes mientras los viajeros se incorporan a los vagones de sus talgos y Dios casi no existe en sus almas de turba genuflexa, en sus mentes drogadas por la conformidad. Dentro del tren el muchacho está sentado, la máquina se mueve ya, mira por la ventanilla y ve cómo comienza a llover igual que si un helicóptero dejara caer gotas de agua para nadie. El muchacho cierra un poco los ojos y se pregunta: ¿por qué vivir?.

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