Texto normal Texto grande Texto Supergrande Alto contraste
Principal Inicio English version English
Portada
Información de
los premios
Obras premiadas
Autores finalistas
1977 - 2014
Prólogos y
otros textos
Medios de comunicación

Premios del Tren de Poesía y Cuento:Obras premiadas
  Cuentos y poesías finalistas de los Premios del Tren 2003
Comprar on-line
 
    Índice de obras
 

 Premios del Tren 2003, "Camilo José Cela" de cuentos

Primer premio

Hotel Estación
José Francisco Ventura

 

No lloro, fue una brizna de carbonilla que me entró en el ojo.

En tus ojos glaucos, que a veces vertieron tantas lágrimas.

Sólo por ti. Anda, prepárate, ahí llega tu tren. No olvides tu equipaje.

Se besaron. Como si fuera la última vez, o la primera. Un beso largo o eterno, también urgente, desesperado. Los labios ardientes, como el humo que vomitaba el tren que partió, igual que la tarde, mustio, perezoso. Y la estación quedó fría, parecida a un fantasma asustado. Partió el tren y ella lo vio desaparecer en una estela blanca, en el horizonte. Allí permaneció hasta que anocheció. En el andén, la figura recortada en las sombras, como una estatua. Y los recuerdos, como un lastre, dulce.

Esta música es para sentirla o para bailarla.

El saxo de Mazurca Márquez arrancó un sonido ronco, desesperado, de mujer herida por un amor imposible. Ella sintió la voz del hombre acariciar su nuca desnuda y la fibra de su corazón pareció romperse, en un crujido metálico. Sonreía, pero cuando se volvió para verle, mostró un gesto de impostura, premeditado.

Y la siento, contestó ella, sin ofrecer más concesiones.

¿Y la bailas? Te vi mover los pies, dijo él y pareció que intentaba llevar sus manos a la cintura de ella, pero se contuvo, quizá por rubor o porque la mirada de la mujer le atenazaba.

Ella reparó en los ojos del extraño. Ojos negros que taladraban y causaban fiebre. Como rayos equis que parecían desnudarla, deshojarla, por eso se sintió incómoda y se llevó las manos al pecho para ocultar lo que él adivinaba, pero que aún no veía. Bajó los ojos como midiendo la estatura del hombre, firme y espigada, y cuando quiso alzar la mirada, él ya había posado sus manos en su talle y la empujaba al baile. Se dejó llevar, parecía que volaba sobre la melodía. Y entonces sintió un remolino en su pecho, como si un golpe de viento se hubiera alojado en sus pulmones, inflándola, elevando sus pechos que latían como dos caracolas solitarias en un desierto de arena donde una vez hubo un mar.

Cuando quiso darse cuenta ya estaba en medio de la vorágine de la música, en el frenesí del saxo ronco, lejano y nostálgico, y, con los ojos muy abiertos, para probarse que no estaba soñando, se dejó llevar, acunar por el desconocido. Decidió entonces no pensar, sólo dejarse arrebatar por los sentimientos. Ya habría tiempo para rendir cuentas a la conciencia. Y el remordimiento aún se le antojaba prematuro. Se traicionaría si pretendiera lo contrario y no hay cosa peor que mentirse a sí mismo, porque es como acudir al infierno sin ser invitado. Sí, se mentiría, porque horas antes, cuando estaba en la habitación del hotel, ya deseaba lo que ahora le estaba ocurriendo.

Allí, antes de bajar a cenar y luego al salón de baile, se había sentado frente al espejo del aparador y se había estudiado detenidamente, sin prisas, y entonces un colibrí le recorrió la sangre, y sintió un sofoco repentino, un mareo, un profundo estremecimiento. Tras ella aparecía la silueta difusa del hombre que ahora abrazaba su talle. Sin duda, fue el anuncio de un hermoso presagio. Y entonces se decidió sólo a restaurar su cuerpo y también el alma, porque tenía el pálpito de un encuentro mágico, que no daba pie a los escrúpulos. Comenzó a repasar sus cejas, abriendo mucho sus ojos, de un matiz verde descolorido y destellos marrones,  y espolvoreó los párpados, apagados, pero violentos. Luego se detuvo en los labios, perfectos, carnosos, dispuestos para la perdición. Los pintó de rojo y pasó la punta de la lengua para remarcarlos, para notar la textura del carmín desleído.       

Tras abrillantar su rostro, buscó la complicidad del cuerpo. Un cuerpo maduro, aún firme, prieto, muy deseable, y se congratuló, sonrió perversa, imaginándolo acariciado, mordido, ensalivado, abatido y magullado después de la batalla, y sintió cómo se le abrían las piernas y exhalaba néctar de miel su sexo, miel de deseo, de lujuria y concupiscencia. Por eso se atrevió a desabrochar la blusa ante el espejo, testigo fiel y traicionero, dejar libres sus senos, sopesarlos con ambas manos, y los notó firmes, duros, apetecibles, osados, encabritados, y pellizcó incluso sus pezones, que brotaron en la intemperie, como dos claveles. Como dos obsesiones perdidas. Para sentirse viva y deseada. Luego bajó sus manos por la lisura del vientre, rozó el interior de sus muslos con la punta de las uñas, ya pintadas del mismo color del coral púrpura, que se abrieron aún más sobre el taburete, alzando los talones y apoyándose sólo en los dedos. Osó también, porque ya se hallaba perdida, introducir la mano dentro de la braguita negra que contenía y ocultaba el rescoldo celoso y ardiente de su perdición, pero se detuvo a tiempo, contuvo su ansiedad, aunque llegó a percibir el innato y liviano contacto de las yemas de sus dedos con el inicio del vello púbico, ralo y enardecido, eléctrico, para apreciar sólo, y por un instante, la suntuosidad de su sexo. Suspiró, dándose una tregua, porque el tiempo ya la agobiaba. Antes, en la ducha, ya dejó que los hilillos del agua recorrieran su piel y cayeran como gotas sombreadas, pespuntes de su cuerpo maduro, en la porcelana blanca del baño, después de perderse en los filamentos prohibidos de su entrepierna.

Aceleró su compostura para evitarse más aún la tentación. Abrochó de nuevo su blusa, se calzó los zapatos de tacón de aguja, que reposaban a los pies del aparador, se irguió y contempló por último su imagen de cuerpo entero. Y se sintió bien, atractiva, y el colibrí de alas azules volvió a recorrer sus venas. Y notó vigor, que ardía. Se dirigió a la puerta con premura para no enredarse en los fantasmas y bajó las escaleras, como una reina.  

El Hotel Estación era un hotel de llegada o de partida, decadente y austero, y pudiera pensarse que sus cimientos fueron forjados más allá de la memoria. Emergía como un menhir, perdido en el devenir de los días, adormecido entre el polvo del tiempo. En él se alojaban almas perdidas y con las heridas aún sangrantes, buscavidas y noctívagos, solitarios, errabundos y oportunistas, proscritos, ex convictos de delitos inconfesables, deficientes de amor y esquivos, azarosos y truhanes, ventajistas y cazadores de fortuna o de sueños, coleccionistas de amores furtivos y urgentes, y malabaristas de juegos insospechados, pero sobre todo abundaban los perdedores, gente sin futuro, que buscaba el rescate salvador en el mismo umbral del infierno, pero pocos lo lograban. Quizás ella era una de las elegidas. Vivían el instante y se entregaban con pasión a él, por si pudiera ser el único y definitivo.

En el tiempo que estuvo alojada allí, se preguntó a menudo a qué tipo de aquellos pertenecía ella y creyó firmemente que a todos, porque su alma estaba formada por una alquimia múltiple y diversa. Y se preguntó también a qué tipo de aquellos pertenecía el hombre que ahora la abrazaba, al son del saxo, rumiante y eterno de la orquesta, y fue buscando en cada cara que el mareo del baile la dejaba ver, a alguien a quien se asemejase el intruso. Pero no halló parecido y concluyó que, al igual que ella, el desconocido pudiera ser cualquiera de ellos, no importaba quién, porque allí, en el Hotel Estación, nadie preguntaba, era la discreción la mejor tarjeta de identidad.

En la segunda pieza, ya estaba entregada. Ahora la orquesta de Mazurca Márquez arrancaba suspiros de noche ebria. La distancia entre el desconocido y ella se había estrechado. Tanto era así que notaba la respiración de él cerca de su piel, excitada y enconada, soliviantada, y hasta alguna vez sintió rozar su boca en el cuello, comerse los hilillos sueltos que dejaba su pelo recogido. No paraba de estremecerse en cada uno de estos gestos. Hasta que se produjo lo que temía y que pudiera estar deseando. La pierna de él se entrelazó entre las suyas y en su muslo derecho notó, como un atropello brutal, toda su virilidad encendida. Ella no retrocedió, sino que aguantó estoica el roce descarado del desconocido, y aguantó también cuando él se fue acomodando, despacio, casi sin querer, hasta depositar su parte endurecida en la misma entrepierna de ella. La mujer no se retiró, sino que se ahuecó aún más para permitir, a placer, el ensamblaje perfecto y facilitar la maniobra lujuriosa del extraño, aquella dureza estremecida y sólida, que a ella le causaba escalofríos deliciosos, turbación y calambres. Comenzaba a adquirir la felicidad perfecta, en aquel momento de ardor, un sentimiento semejante al que poco antes había experimentado en la habitación, y notaba que sus entrañas se abrían, y liberaban el néctar de su ansiedad. Suspiró queda y levantó la cabeza modorra que apoyaba en el pecho de él. Alzó los ojos y no tuvo tiempo de mirarlo, para extasiarse en su expresión, porque sus labios se unieron en un gesto desesperado. Ya no oía la música ni veía los rostros de los demás bailarines ni se fijaba en la gente sentada entorno a las mesas, embozadas en la penumbra, sólo escuchaba palpitar con fuerza su corazón y reparaba en el temblor súbito que desde hacía unos minutos la angustiaba.

Él se deshizo del beso y la susurró algo al oído. Y ella asintió, aunque temía que si se separaba de él, se rompiera el hechizo, se congelara su deseo.

Vayamos si quieres, musitó ella, ya enteramente abandonada, perdida. Y él la cogió de la mano y se la llevó en volandas. Nunca supo cómo cruzaron el salón de baile, cómo subieron las escaleras, cómo recorrieron el pasillo hasta la habitación y cómo acertó a meter la llave en la cerradura. Sólo se encontró desnuda, violentamente despojada de sus vestidos, entre los brazos de él, enredada en el cuerpo, también desnudo del hombre, y notó la sacudida iracunda, posesiva e hiriente, de la primera embestida que la dejó al borde de la desesperación y del delirio.

Sólo la luz del día, que se agarrotaba por los intersticios de la ventana y de su propia e inherente voluntad, la llegó como un grito roto y la sacó del ensimismamiento amoroso, y entonces sintió que su corazón se desgarraba, porque la noche había concluido, y el día era la forma más cruel que le anunciaba el adiós. Se abrazó al cuerpo de él, como un naufrago al pecio incontrolado y a la deriva del barco hundido, y así aferrada, tratando de que el pensamiento no horadara más su mente, se mantuvo para dilatar la espera, para perpetuar el olvido.

¿Volverás otra vez?, le dijo al oído, y más que una pregunta fue un ruego. Pero él se mantuvo en silencio. Y ella supo que el amor se le escapaba, tan esquivo como vino. Por eso cuando le vio partir, saludándola desde el estribo del vagón, rememoró con premura el pasado reciente y trató de memorizar la figura del hombre, sus ojos de fuego, que la taladraban, la desnudaban, su manera indecente de mirar.

Al fin abandonó la estación y regresó al hotel. Estaba llorando. Pero de alegría. Durante las noches siguientes se preparó por ver si regresaba, con la misma ceremonia de la primera noche. Una de ellas notó la misma voz envolvente cerca de su nuca.

Has vuelto, dijo sin volverse a mirarle, pero enseguida supo que no era el hombre de su desatino, de su continuo desvelo. Había un aire gélido en su entorno. Entonces se rodeó y vio su cara que podía ser la de él, como la de cualquier otro de los que se movían en el salón de baile. El extraño sonrió forzado y le entregó un sobre, sin remite ni dirección. Lo abrió con manos temblorosas. Desdobló la cuartilla y leyó la inscripción que aparecía en el centro. Sólo tres palabras y un nombre. Lo leyó una y otra vez y luego buscó con los ojos perdidos al desconocido que le trajo la misiva, pero ya no estaba. Quería preguntarle quién se la había entregado y dónde. Eran las mismas palabras que oyó pronunciar a un moribundo hacía ya mucho tiempo y que había comenzado a olvidar. Nunca te olvidaré, se decía en la carta. Nunca te olvidaré, oyó decir aquella noche ya remota.

Fue entonces cuando comprendió. Se iluminó su mente y se contrajo su corazón. Y rememoró la imagen que ya creía olvidada, después de las pesadillas de los primeros días y de los meses que siguieron. La imagen de su marido agonizando, los ojos vidriosos de la muerte y el rictus de la desesperación cuando tuvo la percepción confusa, pero reveladora, de que era ella quien le había matado.

Guardó la carta en el sobre y subió las escaleras hasta su habitación. Supo, con diáfana lucidez, con abrumadora certidumbre, que debía seguir huyendo.

© Fundación de los Ferrocarriles Españoles·   Santa Isabel, 44. 28012. MadridAviso Legal