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Premios del Tren de Poesía y Cuento:Obras premiadas
  Cuentos y poesías finalistas de los Premios del Tren 2004
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 Premios del Tren 2004, "Camilo José Cela" de cuentos

Primer premio

La sombra de mamá
Vicente Gallego

 

La primera vez que se avergonzó de su madre, Virginia Asensi tenía sólo nueve años. Fue una hermosa mañana de primavera. Paseaban por el parque cuando un grupo de jardineros les dirigió aquel silbido largo y crispado. Los hombres estaban sentados sobre el césped, devoraban sus bocadillos y bebían por turnos de una vieja bota. Y luego sonaron para siempre las palabras oscuras, el idioma violento de la carne: solamenteunratito-preciosa-telocomíaentero-pedazodeyegua-mecagoendios.

Después de tanto tiempo, cuando recordaba aquella escena aún podía visualizar con absoluta nitidez, junto al impío reflejo del sol sobre las herramientas, un revoltijo de fauces amenazadoras, bocas llenas de sucios dientes que masticaban groseramente la comida y el deseo; y la mareaba de nuevo el olor fuerte del vino recalentado y otro olor más intenso, desconocido e inquietante, un olor orgánico a hierba recién segada y a sudor y a cuero, mezclado con un perfume muy denso, casi escandaloso, de mujer.

Y la extraña sonrisa en los labios de su madre. Clavada desde entonces en mitad de su infancia como un rejón de desconcierto y de terror.

Y ahora su madre se había ido para siempre. Un accidente de coche con el último de sus amantes. Los dos muertos en el acto, arrollados por un camión. Virginia viajaba en tren hacia una ciudad que no era la suya, para asistir al entierro, y pensó que aquella muerte violenta, una muerte apropiada para los protagonistas de las novelas y de las películas, una muerte en todo caso reservada a los extraños, una muerte para ser leída en las páginas de un periódico, pensó que una muerte así, después de todo, resultaba la más apropiada para ella.

La sombra de su madre había convertido el tiempo de su adolescencia en una región oscura y húmeda donde tuvo que crecer como un hongo insignificante y clandestino. Aquella mujer era la voz potente, los escotes rotundos y el paso decidido. Llenaba los espacios como un gas poderoso y algo tóxico. Entraba en la panadería, o en un bar, o en un ultramarinos como el emperador que rinde una plaza rodeado por el griterío triunfal de sus propias huestes. Y esas conquistas atropellaban a un enemigo avergonzado y cabizbajo, que rumiaba en silencio su rencor. Y ese enemigo era Virginia cada vez que su madre la recogía a la puerta del colegio, caminando con aplomo sobre sus altos tacones entre las miradas toscas y los codazos de los chicos del último curso; o cuando se tiraba desde el trampolín en la piscina municipal del pueblo en que pasaban los veranos; o cuando, durante el espectáculo de variedades con que acababan las fiestas de la Virgen de agosto, se ofrecía siempre voluntaria para ayudar al mago y se dejaba serrar por la mitad o permitía que aquel hombre le sacara monedas, palomas y pañuelos de cualquier parte del cuerpo, ese cuerpo amenazante y poderoso como un arma nuclear. ¿Por qué tenía que tirarse desde el trampolín o subirse a la tarima de madera donde la esperaban las ágiles manos del mago precisamente ella, su madre, si ninguna otra madre hacía nunca cosas así?

Desde muy pequeña, Virginia había sido una niña retraída. Hablaba poco, con una voz insegura y temblona como una súplica y, en cuanto comenzaron a pedirle opinión sobre la ropa que prefería, hizo lo posible por desterrar de su armario los colores chillones con que su madre la había mortificado durante los primeros años de su vida. Era como si, con su actitud temerosa y reservada, tratara de hacer penitencia por los excesos de esa mujer arrolladora y alegre que parecía haberla traído al mundo para que presenciara el espectáculo ininterrumpido y sonrojante de su desenvoltura. Nunca pudo perdonarle aquel día en que la obligó a ponerse su primera minifalda con zapatos de tacón, porque se negaba a verla siempre con aquellos vestidos vaporosos de colores mortecinos y los mocasines planos que, según le reprochaba cuando perdía los nervios, sólo llevaban las monjas y ella, su propia hija, que salía a su padre, con aquel mal gusto de catequista o de vieja solterona. Su propio cuerpo resultaba una amenaza, y los incipientes signos externos de la mujer que sería la convertían en una especie de reclamo viviente ante la voracidad masculina. Cuando comenzaron a abultarse sus pezones, sintió como si el mismo demonio hubiera enterrado en sus entrañas la semilla maldita de la vergüenza, porque esa simiente quebraba la tierra virgen de su pecho para convertirse en una flor indeseable que atraería miríadas de insectos repugnantes, deseosos de libar su polen.

Creyó odiarla cuando cumplió los dieciséis, un verano en que su madre -al ver que sus amigas comenzaban a tener novio y la dejaban sola- se empeñó en presentarle a aquel chico recién llegado al pueblo por el que suspiraban todas las adolescentes de su urbanización. Entabló amistad con los padres del muchacho y cumplió con su propósito porque, para ella, dejar de cumplir con el más mínimo de sus caprichos era algo impensable. Las cosas estaban ahí, delante de las narices de la gente, sólo era necesario estirar la mano y alcanzarlas. Existían dos tipos de personas, las que eran capaces de hacerlo y las que no. Y como Virginia parecía manca, su madre se había acostumbrado a estirar la mano por ella y alcanzarle las cosas, sin pensar que quizá su hija no las deseara y que aquella exhibición de omnipotencia pudiera hacer que se sintiera más manca todavía: una discapacidad del alma, un muñón de su carácter.

Se llamaba Barcia. Nadie nadaba como él ni tenía aquellos músculos en el abdomen, trenzados y tensos como los que aparecían en las láminas del libro de ciencias naturales. Era tres años mayor que Virginia y aún no había dispuesto de tiempo para hacer amigos cuando ella los presentó. La primera noche, tuvo que escuchar de boca de aquel chico lo guapa que era su madre, lo joven que parecía, lo bien que saltaba desde el trampolín...y comprendió que, si carecía por completo de otros dones, su paciencia era como uno de esos músculos de extraño nombre que estudiaba en clase -bíceps, serrato, esternocleidomastoideo-, una cosa resistente y elástica, capaz de soportar el peso infame de cualquier imposición.

Al principio, salió con Barcia por el mismo motivo por el que consentía llevar las minifaldas que su madre le compraba: las cosas llegaban a su vida de ese modo y ella prefería aceptarlas, porque se sentía incapaz de rebelarse y porque tampoco vislumbraba ningún ideal que le proporcionara la fuerza necesaria para llevar a cabo una revolución. Plegarse al curso de los acontecimientos le evitaba tener que levantar la voz y le permitía seguir creciendo a la sombra de los otros, sin que los otros percibieran demasiado los inevitables cambios a los que la sometía su propio cuerpo. Su timidez resultaba una enfermedad tan espantosa que el mero hecho de que su madre le preguntara en la panadería si iba a merendar, obligándola a pronunciarse delante de todos, la sumía en un pozo de turbación y de rencor, como si aquel inocente ofrecimiento fuera en realidad un ataque premeditado y alevoso. Desde su particular modo de ver la realidad, era el mundo el que estaba enfermo, un mundo donde la gente levantaba la voz, expresaba sus preferencias delante de los otros con toda tranquilidad y se miraba a los ojos fijamente. A veces deseaba ser como su madre, un edificio indestructible construido con el cemento armado de la autoafirmación, alguien capaz de hablar a gritos de ventana a ventana, de sostener su opinión frente a cualquier enemigo o de pelearse por defender su turno en la tienda de comestibles, porque estaba convencida de que las personas que son capaces de realizar todas esas proezas sin sentir el más ligero asomo de pudor deben de vivir en un mundo feliz donde todo está permitido: el paraíso terrenal de los árboles frutales del que le habían hablado en clase de religión, una tierra vedada a los pusilánimes donde la gente caminaba desnuda con el mayor desahogo, porque sus habitantes aún no habían sido manchados por el pecado original, esa rémora que a ella le parecía arrastrar sin descanso por las calles, a la vista de todos, como si cargara con el cadáver hinchado y hediondo de su propia conciencia.

A Barcia, un muchacho arrogante, extrovertido y algo bravucón, parecía atraerle Virginia porque era su antítesis, y esas actitudes pusilánimes que, vistas en otro chico, lo hubieran movido al desprecio y a la burla, en ella le resultaban seductoras y le despertaban un instinto protector que lo hacía sentirse más hombre. Acostumbrado a salir en la ciudad con chicas de su misma clase, chicas desprejuiciadas y ostentosamente guapas como Patricia Jarque -la que había sido su novia durante sus últimos años de instituto-, chicas que hacían lo posible por resaltar el tamaño de sus pechos o la redondez de sus caderas y que se dejaban tocar en la penumbra de cualquier discoteca con el orgullo de quien entrega un cuerpo hermoso, Virginia se le antojaba, en su concepción machista, la perfecta pareja seria: una mujer de belleza discreta que atajaba el atrevimiento de sus manos y ocultaba sus encantos a los ojos de sus rivales, alguien que le inspiraba respeto y lo ayudaba a cultivar esa parte de su carácter que se sentía obligado a esconder a los ojos de los demás gamberros de su edad, la delicadeza. Alguien cuya polaridad magnética resultaba tan opuesta que atraía como un imán la dura y plana superficie metálica de su corazón.

Del mismo modo en que había ocurrido casi todo en su vida, por decisión de otras personas, Virginia acató -dándole por fin un motivo de orgullo a su madre, que veía a su hija emparejada con el chico más deseado- su nuevo papel de novia y, muy pronto, hasta agradeció el poder refugiarse detrás de la fuerte personalidad de aquel muchacho, que acabó siendo su coartada perfecta para permanecer en un segundo plano. Un verano tras otro, había sido el paquete perfecto en la moto de Barcia, un peso ligero que se acomodaba en la curvas a la inclinación de su cuerpo mientras la maquina avanzaba carretera adelante y los naranjos se desdibujaban ante sus ojos como en una foto movida. Y ahora, muchos años más tarde, Virginia viajaba en un tren hacia algún lugar en el que la esperaba el cadáver de su madre. Iba sola, porque Barcia, que se había convertido en su marido, se hallaba en Nueva York, en uno de sus frecuentes congresos médicos. Todos los vuelos de vuelta estaban completos y no podría llegar hasta dentro de un par de días, le había dicho por teléfono a modo de disculpa. Cientos de naranjos, que parecían los mismos de aquellos antiguos veranos, resbalaban a ambas partes de las ventanillas del tren. Y su padre se había quedado en alguna parte de aquel camino, enterrado hacía años en un lugar inhóspito y oscuro, lo mismo que su felicidad, ese vuelo del alma que sólo había sentido en los brazos de aquel hombre taciturno que de niña le enseñaba los nombres de las flores y de las estrellas y hablaba pausadamente, como en un susurro, y procuraba apoyar su postura, cuando de vez en cuando ella se sentía capaz de defender alguna, frente a la energía desbordante de su madre. Nunca le perdonaría a aquella mujer que lo hubiera abandonado. Una madre no debía andar por ahí enamorándose de otros hombres, afirmando su sexualidad y viviendo la vida como si la única obligación que la vida le hubiera impuesto fuera la de vivirla, la de apretar a tope el acelerador sin preocuparse del paisaje arrasado que dejaba a sus espaldas. Virginia había aprendido que unas personas nacen para ganar y otras para perder, que la felicidad de unas implica la desgracia de las otras, y que muy pocos son capaces de contravenir los augurios de su destino, porque el destino y la persona van tan ligados que terminan por ser la misma cosa. El que nace para la dicha nace también con la fuerza necesaria para gozarla, y el que nace para el dolor puede permitirse el lujo de ser débil, porque el dolor se vive sin voluntad y no exige nuestro arrojo.

Los naranjos seguían sucediéndose detrás de las ventanillas, y era como si, desde el día de su nacimiento, Virginia no hubiera hecho otra cosa más que dejarse arrastrar por aquel tren que ahora parecía acercarla a una extraña estación.

En el tanatorio, sobre un par de carritos metálicos con ruedas, vio los dos ataúdes, y pensó que, por una vez, su madre cedía a una imposición externa, se dejaba empujar. Alguien apretó un botón y una cortina mecánica se interpuso, lenta, entre sus ojos y aquellos dos bultos oscuros. Sabía que, detrás de la cortina, crepitaban las llamas y, casi por primera vez, se sintió verdaderamente viva, dueña de un tiempo y una historia cuyas responsabilidades nunca quiso aceptar. Quedaba a la parte de fuera, protegida del fuego que estaría ya deshaciendo aquel cuerpo a cuya sombra le había resultado tan difícil crecer.

Al salir de nuevo al exterior, el último sol de la tarde cegó sus ojos, era el mismo sol que había brillado para su madre, que ahora brillaba para ella y que continuaría allí, impío y fiel, cuando otra cortina la dejara para siempre del lado de las llamas. Era el sol de los vivos y los muertos, y supo que, hiciera lo que hiciera, gozar o sufrir, pelear o entregarse, el juicio indiferente de la luz la absolvería, como antes absolvió la amargura de su padre, como ya estaba absolviendo la memoria de su madre, y no importaba si en esa memoria que cada uno se construye cabía toda la desdicha del mundo o toda la felicidad. Más tarde o más temprano, su cuerpo acabaría sobre uno de aquellos carritos, camino del perdón, ese cuerpo al que tanto temía, ese desconocido al que siempre se negó a tratar, y entonces, si los muertos conservaban algo de conciencia, todo su pudor, todos sus vértigos y terrores tendrían el sabor de las cosas inútiles y, sin embargo, cada vez que algún desconocido se acercaba para darle el pésame, su culpa pasaba de mano en mano como un sucio mendrugo. Cuando era sólo una niña, se encerraba en el armario de su habitación hasta que su madre la encontraba y la obligaba a salir, amenazándola con castigos ejemplares y asegurándole que un día se iba a ahogar. Le hubiera gustado vivir allí, en el cálido seno de aquella tiniebla, lejos de la mirada enferma de los otros, protegida de toda la basura que los demás pudieran verter sobre su atribulado corazón.

La hija del amante de su madre -que se había preocupado con diligencia de toda la burocracia fúnebre- se llamaba Helena, tenía su misma edad, treinta años, y era dueña de una belleza que residía mucho más en la armonía de los gestos que en la perfección de unos rasgos delicados. Una mujer decidida y a la vez frágil, firme y delicada a un mismo tiempo, cuyo modo de hablar transmitía una inmediata sensación de seguridad y amparo, como si, por su voz, perteneciera a la estirpe de esos grandes líderes que son capaces de arrastrar a un pueblo entero hacia su propia salvación en un momento de emergencia.

Pasaron lo poco que quedaba de la tarde en un café del centro, conversando. Y cuando comenzó a oscurecer, Virginia percibió con asombro que sentía una corriente de simpatía espontánea hacia Helena. Había algo en ella que inspiraba confianza y creaba a su alrededor una extraña atmósfera de impunidad que sólo encontró antes en el cariño de su padre, algo que le permitía mostrarse relajada, como si se hallara dentro de una burbuja impenetrable y aséptica, a salvo del mundo y de esa parte de sí misma que se volvía contra ella para recordarle la proximidad de las hienas y burlarse de su buena fe. Mientras cenaban, su nueva amiga se empeñó en pedir un par de botellas del vino más caro que encontró en la carta del restaurante. Según ella, sus respectivos padres -porque afirmó haber llegado a conocer bien a su madre, y a quererla- tenían por costumbre decir que los duelos resultaban siempre una cosa desagradable e inútil y que la mejor manera de boicotearlos era convertirlos en una fiesta. A Virginia, en aquellas inesperadas circunstancias en las que se hallaba disfrutando de la primera compañía que desde hacía muchos años comenzaba a parecerle deseable, la idea le pareció bastante sensata pero, aunque la hubiera juzgado la propuesta más descabellada, tampoco hubiese encontrado fuerzas para oponerse a la decisión de la otra, porque estaba demasiado acostumbrada a aceptar la voluntad de los demás; así que, terminada la cena, continuaron bebiendo y conversando en la barra de un pub que aquella noche, entre semana, estaba casi vacío.

Helena era soltera y trabajaba como maquinista en una de las nuevas lineas del AVE. A Virginia, imaginar a aquella mujer de apariencia quebradiza dirigiendo los mandos de un tren le resultaba fascinante, y se vio a sí misma encerrada junto a ella en la cabina de uno de aquellos gigantes de acero, las dos solas, rodeadas por el oro de los campos y por un cielo muy azul, muy lejos del mundo y de los otros. Los otros habían sido siempre, en lo más recóndito de sus pesadillas, una especie de dragón furioso de infinitas cabezas que se alimentaba con la sangre corrupta de su conciencia, y su conciencia no paraba de sangrar, sangraba sin motivo, de un modo aparatoso e incontenible, deseosa de atraer la voracidad de las múltiples cabezas del dragón. Sin embargo, aquella noche, el alcohol y esa manera limpia que tenía Helena de escucharla iban restañando poco a poco el torrente exhausto de su sangre, y ella se lamía la herida con la lengua, y cada una de sus palabras era una transfusión de plasma renovado y puro. Le habló de lo que jamás se había atrevido a hablarle a nadie: de ella misma, de sus angustias y temores; y le habló de su marido, de cómo los presentó su madre aquel verano, de hasta qué punto la odió por aquello, de cómo todas esas cosas que la gente juzgaba insignificantes -los ademanes, las miradas, el tono de la voz- para ella podían llegar a significarlo todo. Le habló de un mundo grosero y odioso mientras seguían bebiendo y ese mundo se desvanecía a su alrededor. Y entonces sí, entonces estaban por fin las dos encerradas en la cabina de mando de aquel tren, y Virginia tripulaba su estrella, confiada, por los aires lavados de una paz sideral. Le confesó que no amaba a su marido, que nunca lo amó. Suponía que él se acostaba con otras, pero no le importaba. Eso la eximía de tener que soportar sobre su cuerpo el peso tiránico de otro cuerpo que jamás había conseguido ayudarla a temblar.

El tren seguía suavemente su camino, llevándolas a las dos muy lejos de cualquier estación. Y el horizonte, visto desde aquella placenta, parecía cada vez más ancho y más amigo.

Cuando entraron en la casa donde habían vivido sus padres durante los últimos años, sus voces se apagaron de repente. Se quedaron quietas, una enfrente de la otra. Se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos, y luego cayeron abrazadas sobre el sofá. Lloraban. Poco a poco, el llanto compartido se hizo dulce, sanaba. Contra lo que había supuesto, el roce de los labios de Helena sobre sus labios no la intimidó. Abrió la boca y sintió el tacto húmedo y tembloroso de la otra lengua. De nuevo alguien tiraba de ella, pero, en esta ocasión, se sintió empujada a favor de la corriente, un viento favorable la acercaba despacio hacia sí misma.

Mientras la otra le subía la falda y enterraba la cabeza entre sus muslos, se quedó mirando una foto de su madre que había sobre una cómoda cercana. Recordó la primera vez que se avergonzó de ella, cuando sólo tenía nueve años, pero la escena había cambiado de pronto en su memoria, la muerte la enfocaba bajo otra lente, más nítida y ecuánime. La figura que ahora veía caminando por el jardín no era ya la de su madre; aquella figura pertenecía a una mujer joven que avanzaba con paso firme, convencida de su derecho a ser libre y feliz contra todo y contra todos. El tacto electrizante de la lengua de Helena la ayudaba a comprender la extraña sonrisa con que esa muchacha recibió una mañana de mayo el tosco homenaje de aquel grupo de hombres. Un sol rozagante de primavera iluminó la habitación. Era el sol de los vivos y los muertos, que llegaba para calcinar toda culpa bajo una luz piadosa y cegadora. Y ante el retrato de aquella hermosa mujer, Virginia sintió deseos de lanzar un silbido largo y reverente, lleno de rendida admiración.

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