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Premios del Tren de Poesía y Cuento:Obras premiadas
  Cuentos y poesías finalistas de los Premios del Tren 2007
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 Premios del Tren 2007,“Antonio Machado” de cuentos

Primer premio

Trueno de aldabas
Joaquín Tejeiro Trompeta

 

A Rocío Jambrina, la dueña del secreto.

A los 18 años tuve un profesor de Literatura llamado Juan José, aunque en realidad era así como le llamaban en la sala de profesores porque nosotros, sus alumnos, sólo le llamábamos Juanjo. La técnica de Juanjo consistía en mirar por la ventana mientras daba clase. Entraba en el aula, se quitaba la chaqueta de cuero y se colocaba justo en frente de la ventana, después clavaba los ojos en el cristal o en alguna parte invisible del patio y su voz, como un río subterráneo, subía hasta nuestros oídos y allí desembocaba y se pudría. Decía: las palabras carnívoras, las ideas voladoras, la selva, Macondo ... Qué bonito. En más de una ocasión me hubiese levantado de mi sitio para no volver jamás pero mi padre, o mejor dicho los puños de mi padre, me lo impedían. Después Juanjo se sentaba, ponía sus botas encima de la mesa y abría un libro, sin mirar a nadie decía ¿quién ha leído la primera parte de El siglo de la luces?,¿Y de El reino de este mundo?, ¿ Y de Cien Años de Soledad?,  pero nadie contestaba y entonces Juanjo decía ¡qué coño vais a leer vosotros!, y volvía a la ventana.

Por aquel entonces mi padre y yo vivíamos en las afueras de la ciudad, cerca de las cocheras del ferrocarril. Mi padre decía que era un barrio tranquilo, yo decía que era lo que queda de un barrio después de una explosión nuclear.  A veces, cuando no podía dormir, me asomaba a la ventana, a esas horas no pasaba ningún tren, los raíles brillaban, intentaba seguirlos con la mirada, fruncía el ceño desesperadamente pero los raíles y los cables y los semáforos apagados desaparecían en la primera curva.

Tenía 18 años y todos los días, a primera hora de la mañana, en vez de ir a clase me escondía en un viejo vagón jaula, un vagón jaula para transporte de ganado, y esperaba a que pasara Úrsula, sólo para mirarla, sólo para deshacerme, sólo para sufrir, aunque durante un año entero sólo la vi dos veces, tres a lo sumo, y siempre acompañada de un chico al que no conocía de nada, ellos se abrazaban  y se reían al pasar, yo fumaba y apretaba los puños lo más fuerte que podía. Después de que Úrsula pasara iba hasta una biblioteca a las afueras de la ciudad, no recuerdo el nombre, una biblioteca en la que nunca vi a nadie, ni a lectores o estudiantes ni a bibliotecario o bibliotecaria o conserje alguno, el caso es que cuando yo llegaba, normalmente a primera hora de la mañana, las puertas y las ventanas estaban abiertas, yo entraba y cogía los libros que me interesaban, volvía al vagón jaula y leía durante toda la mañana:  Ramos Sucre, Pierre Menard, algo de literatura de terror, surrealistas franceses, escritores de nombres extrañísimos, hombres y mujeres desconocidos e invisibles, al menos para mí, historias que estaban lejos del exotismo y la falsedad de las lecturas obligadas y muy cerca, demasiado, de un barranco o de una profanación de tumbas o de una alcantarilla que con el tiempo se convertía en un espejo, nombres que me hicieron reír y llorar y esperanzarme, nombres  como Paulina J.Vichiotti,  Bruno Parrás, Berto Molinero Azúmaga, Alan Caballero Martín, Aymé Périgord, Adelfo Ackercknecht, Rosaura Cebrián ... Cuando me cansaba de leer daba un paseo. Después devolvía los libros, cogía otros y volvía al vagón, un lugar fresco, espacioso, tranquilo, un lugar en el que estuve desde los 16 hasta los 19 años, un pasillo iluminado a veces por los minúsculos rayos de sol que atravesaban las maderas, el lugar de la esperanza y las pesadillas, un pasillo sin salida aparente, la avenida donde una mañana me quedé dormido y soñé que Juanjo era el alcalde de Macondo y de Trinidad (al mismo tiempo) y Bernal Díaz del Castillo y Alonso de Ercilla charlaban con él en una cantina, todos completamente borrachos, Juanjo con unas patillas enormes, como de prócer de la Revolución, Bernal y Alonso sucios y despeinados, con ojeras, como una entelequia literaria vomitada por la selva.

Una vez, después de clase, me acerqué a Juanjo y le dije que había leído a V.S. Naipul y a Carpentier, y que me había gustado más (aunque la palabra gustar tal vez no sea la más indicada, tal vez sea mejor llenar o aplastar) el primero, mientras que el segundo, añadí, me había aterrorizado. Juanjo recogió sus papeles y sin decirme nada salió de la clase, le seguí hasta la salida, mientras se colocaba el casco y se abrochaba la cazadora le dije que, desde mi punto de vista,  Carpentier sólo miraba el cielo y su mirada seguía a los dulces pájaros que cambiaban de árbol aunque la mirada del cubano no se detenía ahí, sino que seguía a las aves a través de los continentes y de las estaciones, incluso a través de la historia del Hombre, y que tal vez el señor Alejo no se había dado cuenta o tal vez sí, y ahí estaba el error, pero siempre se trataba de los mismos bellos pájaros: guacamayos, tocororos, zunzuncitos ... Por el contrario, seguí diciendo mientras Juanjo arrancaba la moto, los ojos de Naipul atravesaban el suelo y deambulaban por minas abandonadas y descansaban, si es que lo hacían, en una cripta, y sus oídos, seguí diciendo, los oídos peludos de Naipul, justo después de vomitar, sólo escuchaban determinadas palabras y veían determinados pájaros, todos enormes y furiosos, y los ojos huecos de Naipul, dije al borde de las lágrimas, sólo veían cuevas atestadas de gente bien vestida o una ciudad en mitad del desierto donde la gente iba caminando a todas partes con una serenidad que te ponía los pelos de punta. Torturas, conspiraciones, malos cálculos, toda la verdad de sopetón, añadí. Con el casco puesto Juanjo me miró y me dijo: vete a la mierda. Después arrancó su moto y se marchó.

Al día siguiente, después de mirar por la ventana durante más de diez minutos, Juanjo anunció un examen sorpresa. Todas las preguntas trataban sobre la Literatura Hispanoamericana del siglo XX y, como era de esperar, abundaban las relativas a la vida y obra de Carpentier, aunque sería más sensato decir que todas las preguntas versaban sobre Carpentier y García Márquez, sobre la alegría y la selva, sobre la isla de Trinidad y Macondo, sobre una isla dentro de otra isla, sobre un escritor dentro del estómago de otro escritor, la Literatura Latinoamericana para Juanjo sólo iba, como los tocororos, los guacamayos y los zunzuncitos, de un árbol cubano a otro colombiano, y viceversa, es decir ni Rastro de Bioy, ni rastro de Rulfo,  ni rastro de Cortázar, a Monterroso mejor lo aplastamos como una mosca, ¿qué iba a hacer Monterroso en la cabeza de un chico de 18 años? Perturbarle, sodomizarle, hacerle perder la noción de la realidad, como chico y como lector y no digamos ya como aspirante a escritor.

 El examen se completaba con preguntas adicionales, preguntas de reserva para los más estudiosos, aunque aquéllas, advirtió Juanjo, trataban sobre la primera explosión o la explosión base, es decir sobre los que encendieron la mecha y luego salieron corriendo, como me gustaba decir a mí. Como había hecho otras veces, Juanjo abandonó la clase en mitad del examen y volvió pasada media hora, ausencia que permitió a Úrsula sacar los apuntes y colocarlos encima de la mesa con una parsimonia total, como quien exhibe el pescado fresco sobre la piedra húmeda de la lonja, mientras los demás se dedicaban, o al menos eso parecía, a intentar responder a las preguntas de Juanjo, o a juzgar por las caras de algunos a intentar descifrar las preguntas de Juanjo. Por mi parte, saqué un libro de Efraín Huerta y me puse a leer.

¿Dónde iba Juanjo en mitad del examen? ¿Se encerraba en el baño a fumar mientras leía al revés El Siglo de las Luces,? ¿Recorría el instituto ayudado por un lampadario ¿Salía al patio a observar los pájaros mientras silbaba una cumbia, un ballenato o un mapalé? ¿Cambiaba el aceite de su moto? Nunca lo sabremos.

Tres días después del examen Juanjo anunció los resultados. Como era de esperar, suspendí. Como era de esperar, sólo Úrsula aprobó y sus labios, si es que esto es posible, enrojecieron y se juntaron en un beso para toda la clase pero tal vez, y esto es lo más probable teniendo en cuenta mi obsesión enfermiza y esquizofrénica, en un gesto cándido y pícaro, pues aprobar con Juanjo, según las lenguas blancas, era un privilegio sólo al alcance de unos pocos, y si uno además aprobaba un examen sobre Literatura Hispanoamericana o Literatura macondiana o cubana, ésta última en toda su extensión,  entonces el privilegio ascendía a la categoría de galardón o coronación, aunque a decir verdad las lenguas negras decían que Juanjo era sólo un motorista y que por tanto daba igual aprobar o no un examen de Literatura Hispanoamericana o de Literatura Australiana, si es que hasta allí llegaba la Literatura, pues ibas a suspender igual pasara lo que pasara.

Una mañana, antes de entrar a clase, me acerqué a Úrsula con la excusa de pedirle unos apuntes. ¿No estuviste ayer en clase de Historia?, dijo Úrsula,  no, respondí, pues juraría que te vi, dijo ella, sería un espejismo, añadí, y tuve ganas de salir corriendo, pero sus ojos verdes me lo impidieron. No tengo aquí los apuntes, pero puedes pasarte por casa esta tarde, me dijo. ¡¡¡Alabado Jacques Vaché, alabado Théodore Fraenkel, alabado Pierre Louys, cuidad de mi padre, pues yo ya no volveré !!!  Pero volví. Úrsula me atendió en el umbral de la puerta, ¿te gustaría dar una vuelta?, dije después de que ella me entregara los apuntes que yo ya tenía, no puedo, contestó, tengo que cuidar de mi hermana pequeña, mi madre trabaja hasta las diez, si consigo que la enana se duerma podré estudiar un poco. Puede venir con nosotros, dije, ¿quién?, dijo Úrsula,  tu hermana, añadí,  puede venir si quiere, sólo daremos un paseo, si os apetece puedo enseñaros un vagón jaula parecido a los que utilizaban los nazis, no puede venir, dijo Úrsula, tiene cinco años y está enferma del corazón, está en la cama, no puede moverse, antes de que se duerma procuro contarle algo, cómo me ha ido el día, cómo van mis estudios, lo que sea para entretenerla, después se duerme y yo estudio un rato, hasta que llega mi madre. Dije de acuerdo, otro día será, y Úrsula hizo ademán de cerrar la puerta pero dijo no espera, es broma, mi hermana está bien, yo estoy bien, sólo que hoy no puedo quedar contigo. Tuve ganas de besarla, pero me marché. 

Como Víctor Hughes sonámbulo, como el coronel Aureliano Buendía completamente borracho o desesperado, como dijo (¿mientras dormía?) el doctor Carpentier, Juanjo llegaba a clase en mitad de un trueno de aldabas o de herraduras claramente audibles desde la planta baja (una melodía bellísima, un huracán caribeño), pero no para lograr la liberación de los oprimidos, no para sanar a los enfermos, sino para drogarlos o hipnotizarlos y tirarles luego desde una moto en marcha.  Juanjo se desabotonaba la camisa y oraba para nosotros, decía boom y todos abríamos los ojos como los últimos corderos en la jornada del matarife, decía boom y alguien, tal vez yo, añadía ¿qué es eso?, ¿ un disparo, un cohete?, ¿hoy es fiesta? Y Juanjo me decía: Joaquinito, tú no te enteras de nada. El honor y el horno, tan juntitos. 

Úrsula tenía 17 años y los ojos verdes, era una chica amable y valiente, pero no fui a su entierro. Un día no apareció por clase, al día siguiente nos dieron la noticia. Todo fue rápido y decisivo. Los compañeros de clase me dijeron que Juanjo tampoco fue al entierro, no me extrañó en absoluto, tal vez Juanjo pensaba que Úrsula viviría 115 años y  en lo más profundo de su éxtasis literario recibiera el mazazo del desencanto, tal vez Juanjo acabara de masturbarse en el baño del instituto pensando en Úrsula Buendía y nada más abrir la puerta el director del centro, que se lavaba las manos mientras silbaba una ranchera, le diera la noticia, la noticia real, la verdadera, no la que se contaba una semana después de haber enterrado el cuerpo, a saber: que el fantasma de Úrsula se paseaba por los pasillos del instituto en horas de clase, que el fantasma de Úrsula accedía con total libertad a la sala de profesores y revolvía los papeles, etc … ¿Estaba el cielo limpio la mañana del 3 de noviembre de 1987? ¿ Los semáforos funcionaban correctamente? ¿Los empleados entraban a trabajar en fila a las cocheras del ferrocarril? ¿La gente iba a los supermercados, subía a los autobuses, compraba el periódico? Probablemente si, probablemente los demás estarían bailando o llorando o atracando algún establecimiento en esta ciudad fantasma, o celebrando una boda o haciendo el amor o firmando un contrato falso o simplemente durmiendo, mientras yo (y esto es seguro) estaría escondido en el vagón jaula, a oscuras, mientras la madre de Úrsula entraba en la habitación de su hija y la tocaba en la mejilla y después se ponía a gritar como sólo es capaz de gritar una mujer cuando se le muere una hija de 17 años y con los ojos verdes. 

Mientras los ectoplasmas de Carpentier y García Márquez sobrevolaban nuestras cabezas, mientras los ojos de Úrsula se hundían irremediablemente en el fango ignominioso de la memoria, a mi padre le despidieron del trabajo. Durante los últimos 20 años de su vida transportó mercancías peligrosas por ferrocarril, pero la empresa se fue a pique y los que no se suicidaron se buscaron otro empleo o se marcharon de la ciudad, pero mi padre aguantó, si se puede llamar así, mi madre no, mi madre se marchó con un compañero de trabajo, no aguanto más, me dijo, lo sé, dije yo, este es tu sitio, será mejor que te quedes con tu padre, añadió ella, no me digas cuál es mi sitio, yo sé lo que tengo que hacer, no te enfades, dame un beso, dijo mi madre, y ya no la volví a ver. Poco después, quiero decir 7 u 8 meses después de estar al borde de la mendicidad ( a veces no comíamos, del aseo diario es mejor no hablar) mi padre encontró trabajo: dejar bien limpio el sex show que había a dos manzanas de casa, un tugurio que se caía a pedazos pero que tenía clientela fija, normalmente hombres de unos cincuenta años, universitarios y a veces universitarios y universitarias, solas o acompañadas de hombres de unos cincuenta años, etc ...  Antes de que mi padre aceptara la oferta le sugerí que tal vez era yo quien debía ponerse a trabajar, pero él me dijo consigue una beca y vete lo más lejos que puedas, todavía puedo apañarme solo. El trabajo de mi padre consistía en pasar la fregona por las cabinas recién usadas, había restos de semen y papeles arrugados y monedas que alguna mano nerviosa no acertó a colocar en la ranura. Cuando terminaba con las cabinas se ocupaba de los baños que, sin saber por qué, siempre estaban más limpios que aquéllas.  Después limpiaba el camerino de las chicas, limpiaba la parte del video club y la sección de juguetes eróticos. Por fin, sacaba la basura y se fumaba un cigarrillo mirando las nubes. Esporádicamente, aparte de limpiar, también se dedicaba a ejecutar y a hacer guardar la seguridad del local, como decía él, y en más de una ocasión intervino en una pelea, aunque siempre salió mal parado, pero la violencia era  la última opción, normalmente intentaba dialogar, mantener un tono sereno, elegir bien las palabras, pero un puñetazo acababa con todo y entonces no quedaba más remedio.

Las bailarinas eran todas extranjeras, normalmente africanas, aunque también había polacas, mexicanas y dos japonesas, estas últimas el verdadero reclamo,  pero ninguna de ellas era fija durante mucho tiempo. Cuando mi padre entraba en el camerino todas le abrazaban, todas le contaban su vida arruinada o incomprensible,  como si acabaran de salir de un cine y las calles estuvieran vacías y los edificios derribados, es decir las polacas le hablaban de cadáveres diarios al borde del río Warta,  las africanas de sus hijos perdidos y tal vez olvidados para siempre, una mexicana le hablaba, indistintamente, de un sueño o encuentro con la Virgen de Guadalupe,  donde ésta la conminaba con un tono marcial a dedicarse al espectáculo, o de otro sueño, éste mucho más aterrador, donde se ve a un a mujer de unos setenta años a punto de cruzar una calle junto a un malecón, tal vez Palenque o tal vez la Avenida Costera Miguel Alemán, en Acapulco, el caso es que la mujer, antes de cruzar la calle, se fija en un niño sentado en un banco del paseo marítimo, está leyendo con las rodillas juntas y encogidas, hasta que una ola gigante le aplasta, por un momento el paseo desaparece pero en pocos segundos el mar se retira y el niño sigue allí, leyendo, apartando el agua de las páginas mientras sonríe.

La otra mexicana no hablaba nunca. Las japonesas, por el contrario, sólo le hablaban de sadomasoquismo.

Una noche fui a buscar a mi padre a la salida del trabajo. Había pasado la tarde en el vagón, a veces leyendo, a veces fumando y viendo desaparecer el humo, estaba aburrido y me apetecía despejarme. Entré en el local y eché un vistazo a las películas, todas a años luz (o no) de lo real maravilloso. Apareció mi padre acompañado de una chica. Era bajita, morena, y no tendría más de 25 años, llevaba el pelo suelto y en sus ojos, o mejor, alrededor de sus ojos, se oxidaba una locomotora abandonada. Soy Jennifer Jones, me dijo, ¿cómo la actriz de Vittorio de Sica en Estación Termini?, dije yo, tontamente, con una voz que no reconocí, no, dijo ella, como mi madre. Pero Jennifer no era americana, tampoco argentina, tampoco chilena ni mexicana ni italiana, sino japonesa, y días después, cuando mi padre me dijo que Jennifer leía bastante y que además le hacía compañía, mucha compañía, salí en su busca y la invité a dar un paseo. No sé cuanto tiempo caminamos, o si caminamos o volamos, el caso es que Jennifer me dijo que no recordaba gran cosa de su Kobe natal, tan sólo que su abuelo fue piloto kamikaze en la Segunda Guerra Mundial y que su padre se había suicidado sin ningún motivo aparente y, después de mucho tiempo analizando el asunto, tampoco sin ningún motivo razonable o de peso, se suicidó una tarde del mes de mayo y ahí se acabó todo. Al día siguiente de la tragedia su madre, como cualquier desesperado que corre para dejar atrás un incendio, se cambió el nombre por el de Jennifer Jones, aunque según Jennifer (hija) su madre ignoraba quién era la actriz americana. Una mañana, con 23 años, Jennifer salió de su casa sin avisar a su madre y cogió un tren hasta Tokio y luego un barco hasta Shangai, ahí cogió el Transmongoliano hasta Moscú y ahí el Transiberiano hasta la República de Karachar-Cherkesía, aunque tal vez fuera al revés,  y luego pasó a Ucrania y después de Praga cogió otro tren (éste muy caro, según me contó) y en ese tren durmió por primera vez en no sabe cuánto tiempo, tal vez dos meses, tal vez tres, aunque a mí me parecía demasiado sin dormir para un cuerpo tan menudo y también muy poco tiempo de viaje para tanta distancia, pero según Jennifer se echó a dormir y despertó en esta ciudad,  trabajó de camarera, limpió casas, dio clases de japonés, después empezó a bailar en varias discotecas, empezó a leer, a pasear, a veces acompañada, la mayoría de las veces sola y sin rumbo fijo, se metía en una calle, doblaba, aparecía en otra, subía, salía a una avenida, después a un callejón,  aunque a decir verdad  los callejones los esquivaba, tenía, según me dijo, un olfato especial para detectar los callejones antes de verlos, entrar en un callejón suponía tener que retroceder y eso, retroceder, era cosa de cobardes. 

Mientras caminábamos tuve la tentación de preguntarla si era masoquista, pero ella se adelantó y me preguntó a qué me gustaría dedicarme en un futuro, ¿en un futuro?, dije, si, dijo ella, cuando seas mayor, ¿a qué vas a dedicar tu tiempo?, no lo sé, respondí, aunque luego añadí que tal vez sólo me dedicara a leer, pero no en esta ciudad, tal vez consiga una beca y me vaya lejos, y después de decir esto tuve ganar de reír pero me aguanté.

Antes de despedirnos pregunté a Jennifer si salía con mi padre y acto seguido ella me preguntó por mis escritores favoritos, he preguntado yo primero, dije, no, dijo ella, pero hablamos mucho, nos divertimos juntos, ¿sabes que a tu padre le hubiese gustado ser conductor de trenes de lujo? Conducir Le Train Bleu y llegar a París al amanecer, conducir el Rheingold Express y disfrutar de su cúpula transparente, de las viñas al borde del Rhin, de las montañas suizas, ... ¿ A ti no te parece mucho más elegante que cualquier otra cosa transportar nitrato de amonio en vagones cisterna de acero inoxidable austenítico?, ¿quiénes son tus escritores favoritos?, volvió a preguntar Jennifer, ¿tú nunca respiras?, la dije, y luego contesté, con los ojos cerrados:  García Márquez y Carpentier, y ella se rió, ¿en serio?, me dijo, en serio, añadí. Después Jennifer Jones me dio dos besos y se marchó.

Una mañana el encargado le dijo a mi padre que se marchara, había contratado a alguien mejor. ¿Mejor que yo?, dijo mi padre, y el encargado respondió: si. Desde ese día mi padre se encerró en casa, a veces le veía leyendo o revisando viejos papeles, cuando yo llegaba del instituto hacíamos juntos la comida, intentábamos mantener una conversación animada sobre varios temas, le preguntaba por cómo había pasado el día, le preguntaba si había salido, si había visitado a alguien,  en un ataque de ansiedad le preguntaba por mi madre, le preguntaba si todavía la quería, pero no contestaba, después él me preguntaba por mis clases, por los compañeros, ¿tienes novia?, decía, y después añadía: estudia o te machaco. No te preocupes por mí, le decía, y seguía comiendo, entonces él dejaba los cubiertos y respondía ¿cómo que no me preocupe por ti?, ¿por quién debo preocuparme entonces, eh, listillo?, no te preocupes, le decía yo, estoy estudiando mucho. Después de comer mi padre lavaba los platos y salía a pasear por la ciudad, cogía su cámara fotográfica y mientras paseaba fotografiaba las nubes. Más tarde a cada foto, a cada nube, según su forma, le daba un nombre de país, después colocaba las fotos en un álbum que siempre titulaba Mapamundi. Llegaba a casa al anochecer, borracho, sujetando contra el pecho la cámara de fotos, yo le llevaba hasta la cama y allí le tumbaba y le desnudaba, a veces tenía la tentación de leerle algo de Carpentier, de García Márquez, sólo para que le atrapara el sueño y volara, pero luego pensaba que no tenía ningún motivo para apalear a mi padre de esa manera, así que sólo esperaba en silencio a que se durmiera, después me preparaba la cena, después me iba un rato al vagón jaula, con la ayuda de una linterna me dedicaba a leer y a escribir lo que fuera en mi libreta. A las once y media volvía a casa y me iba a dormir.

Durante dos semanas más profundizamos en Alejo, en Gabriel, en  la realidad caribeña y universal, en la realidad, digamos, perfumada  y de retrato total, y  Juanjo propuso un juego para la semana próxima, una composición real maravillosa sobre lo que quisiéramos, aunque nos advirtió que nos esmeráramos, pues lo tendría en cuenta para la nota final.

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