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Premios del Tren de Poesía y Cuento:Obras premiadas
  Cuentos y poesías finalistas de los Premios del Tren 2010
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   Premio poesía 2010
 

 Premios del Tren 2010,“Antonio Machado” de cuentos

Primer premio

La ciudad dormitorio
Vicente Molina Foix

 

     Fue el perfume y no los zapatos. Los zapatos eran llamativos, sobre todo vistos desde atrás, avanzando firmemente por el pasillo del vagón, sosteniendo las piernas muy delgadas de la mujer; unos tacones altos plateados y un empeine de piel de serpiente. Pero había sido el aroma de lima, verbena y espliego, una fragancia fuerte, poco femenina, lo que sacó de su sueño ligero a Sixto. ¿Dónde había él olido antes ese perfume?

     Llegó a la Estación Central y se olvidó de la mujer olida por la espalda; tenía que repasar en la cabeza, mientras caminaba hacia los laboratorios, el plan de trabajo. Ese martes se presentaba como un día agobiante; por muchas vueltas que le daba, no veía el modo de hacer en los dos turnos de cuatro horas todo lo que su jefe, el Doctor Leire, le había marcado. Así que acabó tarde, más tarde de su hora y más tarde que sus compañeros; el tren de regreso iba casi vacío, y en su vagón ninguna mujer.

     El miércoles se estuvo fijando en las piernas femeninas que subían al tren o estaban ya acomodadas en los asientos, sin ver los tacones plateados ni la lustrosa piel de serpiente. Era el mismo convoy de todos los días, el de las 7.57, y las caras de los viajeros las mismas de todas las mañanas, hombres y mujeres recién despejados bajo la ducha, leyendo el periódico, sonriendo con añoranza a la pantalla del móvil, repasando sus obligaciones en el ordenador. Todos vivían en la misma ciudad periférica, todos trabajaban en la capital como él, en empresas similares a la suya, tal vez a las órdenes de jefes tan mandones como el Doctor Leire, y con ninguno de ellos hablaba ni hablaría seguramente en el trayecto diario del tren-lanzadera. La mujer del aroma cítrico. No le había visto la cara ayer, ni recordaba siquiera cómo iba vestida más allá de sus zapatos altos de vampiresa.

     Al ir a abandonar el vagón, mientras veía por la ventanilla el reloj del andén señalando exactamente las 8.21, Sixto olió el perfume de la mañana anterior. Venía de una rebeca de punto color azul cielo doblada encima de un asiento de pasillo, el más cercano a la puerta, y posiblemente olvidada. Se detuvo, dejó pasar a los viajeros que hacían cola detrás de él, dudó entre tomar la rebeca para dársela al revisor o esperar a que la dueña volviese. Al cabo de unos minutos decidió bajar, pero antes se inclinó sobre la prenda de lana y, levantándola con cuidado, la olió escrupulosamente. Luego se dirigió a pie hasta el laboratorio, donde ya el Doctor Leire estaría aguardando la llegada de los empleados con el ceño fruncido y el tufo cenagoso de su bata blanca.

      El viernes a las seis acabó la jornada laboral y se fue en ‘metro’ a casa de su hermano, que vivía en el centro de la capital, cerca de las multi-salas Astoria donde pasaba la mayor parte de su tiempo. Nicolás era crítico de cine en un periódico ‘online’ y no pagaba por ver las películas, incluso las que veía sin tener que escribir de ellas. Su pase personal e intransferible valía para dos personas, y los fines de semana en que no tenía con él a su hijo los hermanos no salían del cine, que a Sixto le apasionaba mucho menos que a Nico Carver, el ‘nickname’ profesional de Nicolás. Aun así, Sixto prefería ir saltando de una sala a otra del complejo cinematográfico, vaciando ansiosamente los cucuruchos de palomitas, sorbiendo ruidosamente los refrescos, viendo a veces sólo un tercio de las películas, a tener que escuchar desde la cama-turca del salón donde dormía las angustiadas confesiones de Nicolás, que en casa bebía vino por el cuello de la botella y se ponía auto-crítico.

   Los dos acababan de separarse, en ambos casos por iniciativa de sus mujeres, y si la suya llevaba tiempo anunciándoselo, y él esperándoselo, la de su hermano, decía éste derramando el vino sobre su camisa, lo había decidido “a traición”, con una maldad sinuosa que, por mucha memoria que hiciera, no encontraba en ninguna de las mujeres fatales del cine negro. Y su dolor, comparable según él mismo al de los más taciturnos personajes de la cinematografía escandinava, no se mitigaba con el paso de los días, agravado por la cara larga de su hijo de siete años al ser depositado delante del portal de Nicolás en los fines de semana alternos que le correspondían; el niño prefería jugar al balón-volea con los amiguitos en el jardincillo de la casa de su madre a ver películas, algunas habladas en coreano, con su padre.

      El domingo, después de haber visto en una sesión matinal de los multicines Astoria una película de terror ambientada en Toledo que Nico Carver  -en los gustos de cine muy anti-español-  pensaba destrozar en su página online, Sixto se despidió precipitadamente de su hermano, comió un bocadillo en la estación, hizo tiempo paseando por el mercadillo de artesanía del hall de Llegadas y tomó un tren de regreso a las 18.39. Al llegar a su apartamento de la ciudad periférica encendió el televisor, se quitó la ropa, descongeló un pastel de queso y frambuesa y se puso a ver por costumbre una película empezada que daba Tele 5. No quería más cine, ni siquiera cómico. Se puso el albornoz y se asomó a la única ventana del apartamento: la ciudad estaba apagándose.  

     El lunes se levantó con mal cuerpo, se duchó sin enjabonarse, se tomó el café en el bar de la estación, se quemó la lengua, por la prisa, y encontró un asiento de ventanilla, confiando en seguir dormitando, como solía hacer, en los veinticuatro minutos del viaje. Cuando había dado la segunda cabezada le despertó una acidez; la mujer con auriculares sentada frente a él estaba pelando una mandarina y hablando sola. Al ver que él la miraba fijamente, dejó de hablar, dejó la mandarina a medio pelar en el reposa-brazos de su asiento, se incorporó, tropezó con las piernas de Sixto, le pidió perdón con una sonrisa y salió a la plataforma del tren, donde siguió hablando sin manos hasta que el tren llegó a la estación. Viéndola mover los labios al otro lado de la puerta automática de cristal se dio cuenta de dos cosas, no tuvo tiempo de más. Llevaba puesta la rebeca azul de punto que el día anterior él había visto doblada y abandonada. No era una mujer sino una chica de poco más de veinte años, morena, de pómulos salientes y zapatos dorados de tacón alto.

      Fue una semana muy lánguida. El Doctor Leire dijo estar escamado por el ritmo lento, como de caracoles, de sus trabajadores, y en los trenes que tomó Sixto no viajó la chica de la rebeca azul cielo y los zapatos de oropel. Aun así Sixto le dijo el jueves por teléfono a su hermano, que le esperaba ese fin de semana (el niño había cogido la varicela y su madre lo tenía en cuarentena), que no lo pasaría con él, ni ése ni los siguientes. Iba a cambiar de hábitos. Ver menos cine, leer más, ir al gimnasio. Oyó al otro lado de la línea un silencio, una aspiración profunda y el descorche de una botella.

    El viernes volvió a casa en el tren de las 19.55, lleno de gente exaltada por las esperanzas del fin de semana, fue a su apartamento, se cambió y salió, cruzando el Parque Reyes de España, hasta la Avenida de la Constitución, que estaba colapsada. Los fue contando. No los coches en el atasco sino los ‘pubs’ abarrotados a esa hora, la hora antes de la cena. Entró en uno llamado ‘Cancún’ a tomarse el aperitivo, y la chica que atendía la barra se volvió a mirarle con sorpresa al oír que le había pedido una cerveza; era la hora feliz, y sólo se servían margaritas, dos al precio de una. Sixto le guiñó un ojo y se sentó en el taburete más alto. La camarera dio media vuelta, abrió un armario de cristales opacos y allí estaban, como flores frescas, las margaritas hechas. Treinta o más, iluminando con su amarillo verdoso la cara de la muchacha. 

     Estuvo en tres de los dieciséis ‘pubs’ de la avenida, cenó pasadas las once en un ‘sushi-bar’ que hacía desfilar la comida en un trenecito eléctrico de platillos separados, y se puso a hacer cola delante de la discoteca ‘Prince’, que abría pasadas las doce. Vio amanecer dando tumbos.

     El sábado se levantó al mediodía, con mareo, y abrió, por segunda vez desde que había alquilado el apartamento, las ventanas del salón-cocina-aseo-tendedero-dormitorio. Daba al patio del edificio de enfrente, pero como su casa estaba en el último piso, el patio dejaba ver las copas de los árboles del parque Reyes de España. Las copas. Se hizo un café instantáneo, se tomó una aspirina, se puso un chándal y salió a la calle sintiéndose el explorador de una ciudad dormida. El supermercado vacío. La lavandería de autoservicio sin clientes, la ‘boutique’ del pan con las ‘baguettes’ apiladas como balas en los banastos. De la ciudad periférica donde vivía desde hacía dos meses sólo conocía la estación, la calle que llevaba a la estación, la tienda de los chinos en la plazoleta y el estanco a dos manzanas de su domicilio; la separación le había devuelto las ganas de fumar.

    Empezó a salir todas las noches de la semana, y se hizo amigo de la camarera de las margaritas, que se llamaba Ludivina, un nombre que a él le gustó mucho y ella odiaba. Prefería ser conocida como Divina, aunque diera risa al principio. Un domingo quedaron a primera hora de la tarde en casa de él, se contaron sus infancias de pueblo, se fumaron un paquete y medio, bebieron pacharán y sin darse cuenta estaban acostándose, llevado él por la mano de ella. La chica cambió de opinión bajo las sábanas, tapándose la cara y diciendo sólo una palabra varias veces: “Atada”. Sixto nunca había atado a ninguna mujer, y menos que a ninguna a aquella con la que se casó, pero su formación científica le inducía al experimento. ¿Tendría cuerdas en el tendedero? No era lo que él pensaba. “Me siento atada. Todavía”. Y se lo explicó, mientras volvía a vestirse: atada por un novio chileno que la dejó de golpe una noche y desde entonces le mandaba mensajes de móvil llamándola “mi divina luz“ y diciéndole que quería volver con ella. Pero nunca volvía. Sixto la desató del compromiso adquirido en la cama, le sirvió el último pacharán, la abrazó con cariño, y Divina se fue al ‘pub’, donde empezaba su turno a las ocho.

     En los meses siguientes, Sixto no se apuntó al gimnasio, no vio a su hermano, no leyó ningún libro ni se encontró de nuevo en el tren con la chica de la rebeca azul perfumada. Su vida trascurrió entre el laboratorio de productos químicos y el apartamento de un solo ambiente, entre la rutina del trabajo y la costumbre de salir todas las noches. El Doctor Leire le ascendió a jefe de personal, impresionado, le dijo con un dejo de burla, más que por su olfato por su tacto. Divina, que acabó por aceptar su nombre de bautismo, volvió con su ex para abrir juntos una tetería a la que pusieron ‘Ludivina & René’.

    Los ‘pubs’, las marisquerías, los bares de tapas, los estancos. Las chicas eslavas de las barras americanas, los solteros incomprendidos, los casados bebidos, los aparcacoches confidenciales. Todo lo fue enumerando Sixto, mientras contaba los días. Había llegado al final de las existencias de su ciudad periférica, y se sentó –era un miércoles- en el sillón de su apartamento, y allí se quedó dormido antes del anochecer. A las 7 de la mañana le despertó la alarma del móvil, pero al abrir el grifo de la ducha se acordó de que no tenía que ir a trabajar; era fiesta en la capital, el santo patrón. Así que no se duchó, desayunó una lata de té sin azúcar y un paquete de rosquillas horas antes de caducar, y bajó, con la ropa de día laborable, a comprar tabaco. Entonces la vio.

      Andaba deprisa unos cincuenta metros por delante de él, y no tuvo duda; el modo de andar, la rebeca, los zapatos de alto tacón y piel de cebra a tiras. Llegó a la estación casi al mismo tiempo que ella, y no se interpuso. Era mejor seguirla, pasar al andén 2 mostrando su abono mensual, esperar la llegada del tren de las 9.15, sentarse en el mismo vagón que ella pero no frente a ella, no decirle nada, no acercarse a husmearla.

     Al llegar a la Estación Central la perdió en el tumulto de un grupo de peregrinos del Camino de Santiago al mando de un guía con un bordón de conchas sostenible: al ser izado con brío delante de la locomotora a punto de arrancar, el bastón jacobeo emitía un rayo láser. La recuperó en el hall, donde ella se había parado a comprar un periódico. Siguió poniendo distancias en el ‘metro’. La chica tomó la línea Circular y bajó en la parada más cercana a la casa de Nicolás. Subieron en paralelo, él por la escalera de piedra y ella, pasando lentamente las hojas del periódico, por la mecánica. Hacía frío fuera, las familias cogían sitio esperando la procesión del Santo, y la chica se dirigía a la calle donde estaban los cines preferidos de Nico Carver.

     Al aparecer el santo patrón en andas, acompañado por una banda de música y un coro de niños con traje talar, la chica desapareció entre los fieles. Sixto cruzó la doble fila de los que desfilaban y llegó a la fachada de los multicines Astoria, donde el portero único de todas las salas, ante la poca afluencia de público en aquella ’matinée’ festiva, había salido a la acera para ver pasar al Patrono. Acostumbrado a no pagar, Sixto se coló, aprovechando la devoción del portero (arrodillado ahora encima de la alfombra roja exterior y mezclado su timbre de barítono a las voces blancas en el cántico), y entró en la primera sala de la planta baja, la Sala 1, que aún estaba a oscuras. En la 2 había un adulto y a su lado tres niñas con gafas de cartón mirando hacia atrás, como si esperasen la entrada por esa puerta del fondo del Conejo en tres dimensiones que venían a ver; la figura plana de Sixto les resultó de poco interés, y en el mismo instante de su menosprecio se apagaron las luces y empezó la sesión infantil.

    La chica no estaba en ninguna de las salas, pero ya que había entrado decidió quedarse, temiendo que el portero le descubriese al salir él solo tan pronto. El cartel que más le atrajo fue el de la Sala 8, se asomó, estaban poniendo un trailer, entró, se sentó en la última fila, creyendo ser el único espectador. No era el único. En la segunda fila, encajonado en un asiento cercano a la pared acolchada, estaba su hermano, sin hijo y con libreta de apuntes. Al verle, Sixto se encajonó también en el suyo. Las primeras imágenes de la película cuyo cartel le había hecho entrar eran de una nave espacial que se estrellaba en el océano, saltando de su interior, como caballitos de mar, un grupo de mujeres extraterrestres; el bolígrafo-linterna de Nicolás ya se estaba moviendo como una mosca azul por la mini-sala. Sixto se levantó sin hacer ruido, descorrió las cortinas, abrió la puerta, salió al corredor y oyó unas pisadas acercándose. Tenía frente a él, sin cartel de cine ni número de sala, un portón metálico pintado de blanco, y por allí se metió, furtivamente. Qué olor tan grato y ácido en la oscuridad de aquel lugar cerrado. Las pisadas se detuvieron en el exterior, y la pequeña puerta se abrió, dejando entrar un poco de luz. Se agachó, aunque una esquina dura se le clavaba en un costado. Alguien venía a coger algo que no necesitaba ver en la penumbra del cuarto. Sintió junto a su cabeza el paso de una mano, el sonido de un clic, la caída de un líquido. A continuación, la intensidad de aquel olor nada extraño, el cierre del portón desde fuera.

     Cuando habían pasado cinco minutos y el corredor parecía tranquilo, Sixto se incorporó y fue hasta la salida tanteando. Tubos en la pared, depósitos de plástico llenos de una sustancia caldosa que goteaba por la boca de sus llaves de paso. El interruptor. No quería ser descubierto, pero tenía curiosidad. Lo pulsó. Era el almacén de las películas de la semana, o quizá del mes, pues los rollos se amontonaban dentro de las latas, dejando sólo entre cada montón el sitio para un cuerpo. Enlatadas todas eran iguales, y ni su hermano, pensó, podría adivinar de qué país venían, la historia que contaba cada una, el color de la piel de sus actores. Así que apagó la luz y salió. En el corredor, frente al portón, a medio metro de él, estaba la chica de la rebeca azul cielo. Algo había cambiado en ella. La miró a los pies. Sólo llevaba medias, sin zapatos, y eso la reducía.

- ¿Qué hacía ahí dentro?

- ¿Yo? Iba buscando el aseo.

- Pues ahí no es.

- Ya me he dado cuenta.

- ¿Y en qué sala está usted?

- La 8 creo. La película de marcianos.

- ¿Ahí?

- Sí.

- Bueno. Pues el váter está al fondo a la derecha. Y hay otro en la planta baja, junto a la salida.

- No, si yo no me voy.

    Sixto se alejó por el pasillo, hacia la puerta señalizada con los bigotes de un  Clark Gable en bajorrelieve, pero antes de pasar se volvió; la chica había entrado en el almacén de las latas metálicas y los tubos. Abrió el grifo del agua fría, lo dejó correr, se miró al espejo, salió del lavabo y entró en la Sala 10, donde era improbable que a su hermano se le ocurriese entrar a ver, ni siquiera a mitad, la película francesa. Él la aguantó entera.
     Llevaba más de ocho horas dentro de los Astoria, burlando en sus entradas y salidas de las mini-salas al portero, a Nico Carver en su deambular de alma en pena, al encargado del puesto de venta de las chucherías, abierto para las sesiones de tarde. Por ninguna parte la chica del tren. Sixto aguantó hasta las siete y media, cuando había colas de día de fiesta en los corredores, en el vestíbulo, incluso ante las grandes puertas de cristal, donde la alfombra roja estaba empapada. El Santo, atendiendo a las rogativas del coro, había terminado con la sequía.

    Al salir de los cines la vio, detrás de la mampara de la taquilla, inmóvil, con la cabeza baja. Las lucecitas rojas del exterior indicaban que las entradas para todas las salas se habían agotado. Sixto se acercó a la mampara y la miró sin que ella, absorta en la lectura de un libro grueso, se diera cuenta. Sentada en un taburete alto, la rebeca azul colgaba de una percha al lado de un cartel de ‘Titanic’, y cerca de sus pies descalzos estaban alineados tres pares de zapatos de tacón. Llovía con efectos especiales de tornado en la lejanía.

    Nicolás no se sorprendió de oír su voz por el telefonillo. Ni siquiera le respondió; abrió desde arriba el portal y Sixto entró en el edificio. Su hermano estaba borracho ante el ordenador, tecleando serenamente los juicios ‘online’ de Nico Carver. Le ofreció empanadillas sin apartar la vista de la pantalla. Sixto hizo sus cálculos mirando el reloj y la página de la cartelera. A las 10 y cuarto se despidió de su hermano, bajó andando los cuatro pisos, comprobó que la fachada de los Astoria iba apagándose por tramos, y tomó un taxi. Ya no silbaba el viento ni llovía. A las 10.50 estaba sentado en un banco de la estación ferroviaria, cuando entró la chica. La esperó al otro lado del arco detector de metales.

- Hola. ¿Te acuerdas de mí?

- Pues…Tú estabas esta tarde…donde no tenías que estar.

- Sí.

- ‘Mujeres vengadoras de Saturno’. ¿No me habrás seguido…?

- No. Te he visto llegar y me he dicho: “qué casualidad”

- ¿Te gusta el cine?

- Me gustan los Astoria. Y no pago.

- ¿Te cuelas?

- Me invita mi hermano que es crítico.

- Las películas me gustarían si no tuviera que estar a todas horas con ellas.

- ¿Las ves?

- A cachos. Estoy trabajando.

- Yo pensaba que ahora la gente no iba al cine.

- Eso depende. Pero es que yo no sólo vendo las entradas. Yo…

       Había llegado el último tren-lanzadera del día, subieron juntos, se sentaron juntos, siguieron hablando todo el trayecto, y así supo Sixto que se llamaba María, “o Mar si lo prefieres”, y llevaba casi seis meses trabajando en los mini-cines como taquillera y como encargada, pues era la primera en llegar, la que conectaba el generador, la que le abría al portero y al proyeccionista, la que accionaba la máquina reguladora del ambientador de las salas, perfumadas  -era la política de la empresa-  incluso cuando no tenían público. La que hacía caja antes de marcharse.

     Salieron de la estación, que con ellos dos dio por acabadas sus funciones de aquella jornada. Ni él ni ella decían dónde querían ir, pero un instinto por encima de la voluntad parecía dirigirles, desdeñando las grandes avenidas, hacia un lugar. ¿Qué lugar? Los bloques de viviendas muertos, los jardines cerrados, las mesas recogidas en el exterior de los restaurantes rápidos. Sixto vio de reojo el edificio donde vivía, igual de apagado, y no se detuvo. Seguían caminando y conversando. Enfrente de una casa de dos alturas y una veleta de gallo roto le dio a él la impresión de haber llegado al fin del mundo. Así lo dijo ella, de un modo menos peliculero.

- Aquí se acaba la ciudad dormitorio. Y ahí vivo yo, en la segunda planta. ¿Quieres subir?

    A la mañana siguiente, sin haberse cambiado de ropa, sin haber dormido, calculando mal la distancia que tenía que recorrer desde la casa del fin del mundo, Sixto tomó el tren de las 7.57 cuando las portezuelas ya empezaban a cerrarse, encontró un sitio incómodo junto a la puerta automática del vagón, y aun así se durmió. No le despertó el trasiego de la llegada a la Estación Central, sino el olor. Lima o bergamota, verbena, espliego. No había ninguna mujer perfumada delante. La fragancia venía de su chaqueta, la chaqueta del día anterior, que se había quitado antes de sentarse y mantuvo doblada todo el viaje sobre sus rodillas.

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