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Premios del Tren de Poesía y Cuento:Obras premiadas
  Premios del Tren 2011
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   Premio poesía 2011
 

 Premios del Tren 2011,“Antonio Machado” de cuentos

Primer premio

“El último vagón”
Eduardo Mendicutti

 

   Cuando José Manuel Somavía se arruinó, Villa Eugenia dejó de ser de pronto el chalé más frecuentado y animado de toda La Jara. A mí se me ponía un nudo en la garganta cuando veía el jardín vacío a todas horas, las persianas siempre bajadas, el garaje cerrado a cal y canto, la piscina y la pista de tenis cubiertas de hojas secas de eucalipto, la cancela principal con la cadena y el candado echados, y el porche desierto, también al atardecer, que era cuando los Somavía organizaban cada dos por tres sus famosas meriendas, siempre concurridísimas. Por la noche se veían culebrinas de luz que se escapaban por las rendijas de las persianas de algunas habitaciones, lo que quería decir que toda la familia no se había ido del chalé después de la desgracia, pero nadie entraba o salía de la casa, aunque a lo mejor todos lo hacían por la puerta trasera, la de la cocina, que daba a la vía del tren de la costa.

 -  José Manuel no está – había dicho mi madre durante la comida, después de que yo le contase lo que había descubierto –,  se ha ido a Madrid, a intentar arreglar sus cosas, que tienen poquísimo arreglo, pero la pobre Lola y las niñas seguro que se han quedado. A menos que a Lola la hayan tenido que ingresar del disgusto. Pero, si de noche se ve luz en las habitaciones principales, ahí no puede estar sólo el servicio.

   Mi padre puso cara de andar al cabo de la calle y movió la cabeza de una manera que todos entendimos lo que quería decir: que quien juega con fuego acaba quemándose,  algo que yo le había escuchado a Javier Romero en el chiringuito de la playa, cuando comentaba con otros señores, mientras se tomaban sus copitas de manzanilla y sus tortillitas de camarones, el batacazo económico del nuevo dueño de Bodegas Infante. Me pareció entenderles que a José Manuel Somavía le estaba bien empleado por agonía, por ignorante, por tranfullero y por litri, pero todos decían sentirlo muchísimo por Lola y por las niñas.

  - Se acabó el reinado de las niñas de Somavía, qué lástima – dijo entonces mi madre, pero se notaba a la legua que mucha pena no le daba.

  A mí sí, a mí me daba una pena horrorosa. Porque las niñas de Somavía, como las llamaba todo el mundo, me parecían guapísimas y con mucho estilo, aunque mi madre las encontraba un poco cursilonas y demasiado vestidas para su edad, como si en vez de tener los dieciséis años que tenía Blanca, o los diecisiete que tenía Eugenia, tuvieran las dos más de veinticinco y se compusieran siempre como para ir a misa mayor. Si su padre se había arruinado, seguro que ahora tendrían que ir siempre de trapillo.

  La verdad es que cuando más me gustaban las niñas de Somavía era cuando menos arregladas estaban, a la hora del desayuno. Desde el principio del verano, me asomaba a la ventana de mi cuarto todos los días, a las ocho en punto de la mañana, para ver pasar el tren y a la gente que se subía en el apeadero de La Jara, pero las niñas de Somavía a esa hora no daban señales de vida, porque en aquella casa la gente se levantaba a las tantas y desde mi habitación, que estaba en la planta alta de nuestro chalé, sólo llegaba a ver, tan temprano, tres días por semana, al jardinero, un muchacho rubio, bronceado y con pinta de gimnasta, como decía Reglita, la muchacha que iba a hacernos el cuerpo de casa y que bebía los vientos por él. Hasta que un día el tren llevó tanto retraso que me dio tiempo a ver cómo casi a las nueve y media se abrían las puertas del porche, y una criada que ya iba de punta en blanco montaba la mesa del desayuno con un mantel de color vainilla y planchadísimo y una vajilla que seguro que era de la mejor calidad, y un servicio de café de mucho postín y una cubertería de plata auténtica por cómo brillaba, y después arregló los toldos para que el sol no le diera a la mesa de lleno, y luego regó un poco el porche, con mucho cuidado. Por fin, casi pegado a la tapia trasera de Villa Eugenia, pasó el tren, que iba mucho más despacio que de costumbre, cosa que a cualquiera le habría parecido imposible, y vi cómo el tren se paraba en el apeadero y cómo dejaba que subieran sin ninguna bulla los viajeros de La Jara y cómo arrancaba de nuevo con muchísima parsimonia, y me quedé todavía un rato esperando tontamente, por si las niñas de Somavía salían a desayunar.

  Reglita me pilló mientras espiaba por la ventana de mi cuarto y, después de darme un pescozón cariñoso, me dijo:

  - Se te está poniendo cara de vicioso.

  - Es que en esa mesa tan bien puesta no desayuna nadie – dije yo, medio acharado.

  - Porque me ha contado mi amiga la Sandra, que ayuda en la cocina, que en esa casa el servicio se pone en marcha a las siete, como si fuera un cuartel, pero que los señores y las niñas no aparecen hasta las doce, y entonces se ponen a desayunar. Por lo visto, las señoritingas dicen que, hasta esa hora, hay por todas partes una peste a pobre…

  Reglita hacía morisquetas de mucha tirria y mucha fatiga sólo con nombrar a las niñas de Somavía, pero yo, aquel día, a las doce en punto estaba en mi cuarto, espiando por la ventana.

   En el apeadero de La Jara, al otro lado de la vía, no había nadie a esa hora. El porche de Villa Eugenia volvía a estar recién regado y los toldos tapaban ahora la mitad de la fachada de la casa, protegiéndola del solazo, pero la mesa para el desayuno continuaba  impecable y seguía viéndose perfectamente desde mi habitación. Al rato, salió Blanca, que era la más rubia y la menos alta de las dos hermanas, pero la más finita de tipo, según mi madre, con un salto de cama blanco y vaporoso como los que sacaban las actrices en las películas, y se sentó como si estuviera a un minuto de desmayarse. Enseguida apareció la criada que seguía de punta en blanco, y le sirvió a Blanca el café y la leche mientras ella parecía a punto de perder el conocimiento, y entonces llegó Eugenia, que era un poco menos rubia y un poco más alta, con fachón, según decían mi madre y las amigas de mi madre, y también daba la impresión de no tener fuerzas para nada. Hasta entonces yo no había visto a nadie desayunar así. Todo el porche parecía de color crema, la criada se movía alrededor de la mesa como si flotase, las niñas de Somavía sorbían el café y mordisqueaban las tostadas con mermelada de melocotón con tanta languidez que parecían estar saliendo de la anestesia – como me dijo Reglita, que se había puesto a mi lado a cotillear –, y tardaban una eternidad en decirse cualquier cosa la una a la otra, o en decírselo a la criada, hablaban muy despacio y, eso sí, con muchísimo estilo, dijese mi madre lo que dijese. A mí, desde luego, no me extrañaba nada que las niñas de Somavía llevasen por la calle de la amargura a todos sus pretendientes, porque tenían pretendientes a porrillo.

  - Se acabaron esos desayunos tan primorosos, picha – me dijo Reglita, cuando descubrió que yo no dejaba de subir a mi habitación a mediodía, a espiar el porche de Villa Eugenia, a pesar de que José Manuel Somavía ya estaba arruinado –. Y las criadas de punta en blanco, y las meriendas a todo plan, y los guateques de las niñas, y todo eso que no sé si era finura o que las señoritingas estaban acarajotadas, y, desde luego, se acabaron los pretendientes. Ahora están más solas que la una.

  Durante todo el día, Villa Eugenia parecía ahora un mausoleo, como decía mi madre. El jardinero había dejado de ir a regar el césped, arreglar los arriates y barrer los caminos de albero y la pista de tenis. Todo, y especialmente la piscina, empezaba ya a dar penita, y eso que aún no había pasado ni un mes desde que se supo que los Somavía estaban en la ruina. Cuando me asomaba a la ventana de mi cuarto, a la hora que fuese, ver Villa Eugenia tan descuidada y tan vacía me impresionaba tanto que me sentía como si también nosotros nos hubiéramos mudado a veranear a Malí, el país más pobre del mundo según el hermano Anselmo, que nos había dado el curso anterior Geografía e Historia. Menos mal que todos los días, a eso de las ocho de la mañana, seguía pasando por el apeadero de La Jara el tren de la costa.

   Reglita era la que me lo había contado:

   - Ese tren va por aquí tan despacio que, cuando pasa por la viña de La Caridad, los muchachos se bajan del tren por el primer vagón, con sus canastas y todo, y llenan las canastas de racimos y tienen tiempo de sobra para subir de nuevo por la vagón de cola.  Después del apeadero de La Rijerta, hasta Montijo, también pasa despacísimo junto a campos de nísperos o de albaricoques o de nastarinas, y los muchachos vuelven a hacer lo mismo, aunque por ahí es más entretenido, porque los dueños de las fincas han puesto guardas para que no les roben la fruta. El revisor siempre se hace el sueco, por la cuenta que le trae, que a uno que intentó pone un poquito de orden lo tiraron del tren en marcha, que es una cosa que no deja descalabrado a nadie, pero sí en un ridículo grandísimo. A veces, le echan el guante a algún chaval y entonces el tren entero abuchea a los guardas como si estuvieran crucificando a Jesucristo en el monte Calvario. Luego, los muchachos reparten la uva y la fruta por todo el tren, y todo el que quiere desayuna tan ricamente, porque, tan temprano, la fruta aún no se ha calentado y no da cagalera.

   A mí todo aquello me parecía tan emocionante como una película de vaqueros o de romanos. El tren estaba hecho un escarque, que ni siquiera todos los vagones eran iguales, como si los hubieran cogido al tuntún de otras trenes todavía más viejos, y la máquina soltaba de pronto una humareda que parecía que iba a dejar La Jara entera negra como el tizón, pero como a aquellas horas de la mañana el sol se derramaba como una limonada fresquita por encima de todos los vagones, hasta la locomotora, de pronto parecía que era un tren flamante y casi de lujo, de estreno. En realidad, aquel tren era lo único que tenía mucha gente para ir a Chipiona o a Rota o a El Puerto de Santa María, todo por cuatro pesetas, que era lo que costaba entonces el billete, se montase uno donde se montase y se bajara donde se bajara, y a mí me entraba siempre un cosquilleo en el estómago cuando veía a los que se subían en el apeadero de La Jara: hombres y muchachos que iban en busca de faena un poco a deshoras; mujeres y muchachas que se bajaban en La Rijerta, o en Montijo, o incluso en Chipiona, y tenían que pegarse luego una caminata hasta llegar a los chalés en los que servían; algún soldado de tierra o de marinería con permiso especial para llegar tarde al cuartel; el grupito de chavales de un equipo de fútbol que entrenaba todos los jueves y viernes en la playa de La Ballena, y muchas personas mayores, matrimonios casi de la edad de mis abuelos, o señoras con hijas jovencitas y no tan jovencitas, y algún chaval con la pierna o el brazo escayolado, gente que iba al hospital Zamacola a que le hicieran pruebas o curas o a visitar a algún pariente ingresado, aunque para llegar hasta Cádiz había que coger en El Puerto el vapor de la bahía o un autobús. Reglita me dijo que el tren de la costa iba lleno de calamidades de la vida, pero que volvía como si volviese de la feria o de una boda, así era el viaje de divertido. Yo me moría de ganas de subirme en aquel tren.

   - A Lola Argüelles han tenido que ingresarla en Cádiz, de lo hundida que se ha quedado – dijo un día mi madre, durante la comida –. Supongo que un alma caritativa la habrá llevado en coche, porque la pobre no está para coger el tren de la costa.

  Pero el tren de la costa esperaba el tiempo que hiciera falta para que se subiera todo el mundo, incluso las personas con más dificultades para moverse, o las madres con niños chicos, o Pepe el de los ostiones, que tenía el hombre la cabeza perdida y muchas veces había que ir a buscarle cuando llegaba el tren, porque se había quedado embobado delante de un árbol o viendo cómo unos perros hacían guarrerías. Si Lola Argüelles, por hundida que estuviera, cogiese el tren de la costa,  siempre tendría quien la ayudara.

  Lo que yo no me esperaba era que también cogiesen el tren de las costa las niñas de Somavía. Casi me da un pipijierve, como decía Reglita, cuando me di cuenta de que eran ellas, cada una a un lado de la muchacha que les servía el desayuno de punta en blanco, pero que ahora iba, como Blanca y Eugenia, vestida casi de andar por casa. Por eso tardé en darme cuenta. Las niñas de Somavía se apretaban contra la criada como si tuvieran miedo a perderse si se soltaban de ella, aunque mientras Blanca llevaba la cabeza gacha y la mirada clavada en el suelo, Eugenia no hacía más que mirar a un lado y a otro, no sé si por la vergüenza que le daba o por miedo a que alguien se burlase de ellas. Salieron por la puerta de atrás de Villa Eugenia, por eso no las vi hasta que llegaron al camino que llevaba al apeadero. Caminaban deprisa, aunque Eugenia daba trompicones cada tras pasos, de tanto movimiento de cabeza como se traía, y en el apeadero se quedaron apartadas de todo el mundo, dispuestas por lo visto a subirse al último vagón, pero antes que nadie. Cuando el tren llegó, tan tranquilo como siempre, a mí me pareció que las niñas de Somavía se apretaban un poco más contra la tata, que era con diferencia la que estaba más entera de las tres. Como el tren, cuando se detenía, no dejaba ver el apeadero, no pude verlas subir al vagón, pero sí las vi volver, entre siete y siete y media de la tarde, que era cuando el tren de la costa pasaba por La Jara de regreso, y entonces seguro que se bajaron del vagón de cola, porque aparecieron al fondo del apeadero, y ahora iban mucho más sueltas y más tranquilas, y hasta se rieron con algo que diría alguna de las tres, y era como si en el tren les hubieran vuelto a salir a las dos niñas de Somavía un montón de pretendientes, o se les hubiera aparecido la Virgen de Fátima.

  - ¿Que las niñas de Somavía han cogido el tren de la costa? – dijo mi madre, con cara de mujer incrédula, cuando se lo conté –. Pues ya no tienen posibles para irse a un balneario a reponerse…

  - Han vuelto contentas – dije yo.

  - ¿Y tú cómo lo sabes, niño? Eso no puede ser. Sería un milagro.

  Y yo pensé que a lo mejor mi madre tenía razón.

  Por eso lo hice.

  Porque seguro que en el tren de la costa pasaban cosas estupendas. Porque, cuando el tren volvía de El Puerto, el sol le daba ya de costado y parecía como si lo acabaran de lavar y de pintar, como si lo hubieran estado arreglando desde la máquina hasta el último vagón, en algún taller junto al Guadalete, y lo hubieran dejado como nuevo. Porque, de pronto, las niñas de Somavía, camino de Villa Eugenia, estaban otra vez alegres y volvían a ser pizpiretas y seguro que de nuevo se morían de ganas de organizar enseguida un guateque con limonada y emparedados, para bailar el twist y tontear con montones de pretendientes. Porque yo también quería que se hiciera un milagro y las niñas de Somavía me descubriesen espiándolas desde la ventana de mi habitación y, aunque sólo tuviera trece años, me invitasen a sus fiestas y alguien me sacara a bailar el twist.

   Por eso, desde aquel día, a las ocho de la mañana ya estaba vestido y calzado y peinado, asomado como siempre a la ventana de mi habitación, pero con diez pesetas en el bolsillo, diez pesetas de los ahorros que guardaba en una hucha del Domund que un año me dio vergüenza devolver en el colegio porque estaba casi vacía, yo le dije a mi madre que nos las habían regalado como premio a los mejores de la clase. Y así un día y otro, una semana entera, sin que las niñas de Somavía volvieran a salir de Villa Eugenia para coger el tren de la costa, hasta que al cabo de una semana exacta las vi otra vez camino del apeadero, otra vez una a cada lado de la muchacha que las cuidaba, pero Blanca y Eugenia ya no iban como si las llevaran a las mazmorras, iban como si su padre se hubiera recuperado de la ruina de pronto. Aún no se había escuchado el pitido del tren al pasar por el puente de Villa Horacia, así que me daba tiempo a llegar corriendo al apeadero antes de que el guardabarreras echase la cadena con la señal de prohibido el paso.

   El corazón me iba a explotar. Tenía que volver a casa antes de que mi madre se diese cuenta de que yo no estaba y organizara una escandalera con trompetas, como decía Reglita cada vez que mi madre perdía los nervios. Me quedé, temblando, frente a la caseta del guardabarreras, y las niñas de Somavía pasaron por delante de mí y, aunque iban de trapillo, me parecieron más guapas y más elegantes y más picaronas que nunca. Enseguida llegó el tren, y ellas subieron al último vagón, ayudadas por unos muchachos camperitos que las trataban como si las conocieran de toda la vida, y yo subí detrás de ellas, y vi cómo unos hombres que llevaban unas cestas que pesaban bastante se levantaban y les dejaban sitio para sentarse. Una mujer muy arreglada que se sentaba frente a ellas y que acariciaba sin parar el pelo de su hija, muy tristona  y con la cabeza apoyada en su hombro, les preguntó cariñosamente:

  - ¿Otra vez vais a ver a doña Lola?

  Blanca y Eugenia sonrieron y sólo movieron la cabeza para decir que sí.

  El tren arrancó sin ninguna prisa. A la mujer se le quedó una cara muy risueña pero rara, parecía al borde de llorar de emoción porque las niñas de Somavía iban al hospital a visitar a su madre. El vagón se mecía como si en realidad sólo tuviera ganas de echarse a dormir. La hija de la señora arreglada cerró los ojos y a mí me pareció que la chica, que era gordita y pálida y tenía los tobillos hinchados, estaba muy cansada y sin muchas ganas de llegar a ninguna parte. Los camperitos que habían ayudado a subir al tren a Blanca y a Eugenia se habían quedado al fondo del vagón y las miraban sin parar, y ellas hacían como que no se daban cuenta. También las miraban mucho los hombres que les habían dejado el asiento. Un hombre muy gordo se estaba poniendo morado de pan con queso y su mujer no dejaba de mirar por la ventanilla, como si no tuviese nada que ver con aquel comilón tan exagerado, pero ya se encargaba él de preguntarle cosas todo el tiempo: la hora, el nombre de alguien que les esperaba en Rota, si había hecho el día anterior un papeleo que era importantísimo, si alguien que se llamaba Benito tenía faena o no la tenía, y ella siempre contestaba con mucho despego o mucho fastidio y sin apartar la vista del paisaje. Yo no me atrevía a pedirle a nadie que me hiciera sitio en  uno de  los bancos corridos del vagón, hasta que un señor muy mayor y muy limpio, con una camisa muy blanca y muy planchada y abotonada desde el cuello, y con un sombrero muy chispa, como decía Reglita de las cosas que le parecían chistosas, se encogió un poco y dejó un hueco en el que no cabía un alfiler y me lo señaló para que me sentara a su lado. El tren cogió entonces suavemente la curva de la viña de La Caridad, inclinándose un poco hacia la carretera, como si jugara a perder el equilibrio, y entonces empezó a oírse un aplauso que venía del vagón de cabecera, y el muchacho que había ayudado a Blanca a subir al tren empezó también a aplaudir, y le siguieron los otros chicos y los hombres de los cestos pesados, y la mujer arreglada, y hasta el señor tan maqueado que me había dejado una mijita de asiento. Pero nadie se movió.

  - ¡Ahora! – gritó de pronto el chico que había ayudado a Blanca a subir al tren.

  Y entonces los chicos y los hombres de los cestos pesados se lanzaron a mirar por las ventanillas, por el lado de la viña, que así hacían contrapeso para que el tren no volcase, y aplaudían y jaleaban mirando todos hacia la locomotora, y el hombre chispa que se sentaba a mi lado me hizo una señal para que yo también mirase. Dos chicos habían salto a la viña desde el primer vagón y cortaban con mucha  habilidad grandes racimos de uva que metían en unas bolsas de costado de aquellas que los soldados llevaban entonces, y les sobró tiempo para que llegase a su lado el vagón de cola, y saltaron dentro como gamos, y ahora el vagón entero se puso a aplaudir, también Blanca y Eugenia y la tata de compañía, como cuando el bueno llegaba a caballo, a todo galope, en las películas del oeste.

  - Uvita fresca – dijo uno de los muchachos, jadeando un poco, pero la mar de contento – y empezó a sacar racimos de uva de la bolsa de costado, y los fue cortando en racimos más pequeños, y se puso a repartirlos por todo el vagón, y el otro chico lo mismo.

  - El mejor racimo para ti, princesa – dijo el primer muchacho, y le dio el racimo a Blanca.

  A Blanca se le subió un poco el pavo y se rió un poquito, en plan señorita melindrosa pero encantada de la vida. Eugenia, en cambio, cogió el racimo que le dio el otro chico con muchísimo aplomo, y le dio las gracias, elegantísima, como si el chico la estuviera sacando a bailar. La tata de compañía tampoco le hizo ningún asco a las uvas y se puso a limpiarlas una a una, con mucha ceremonia, como si estuviera sacándole brillo a la cubertería de plata de Villa Eugenia, a lo mejor porque, como decía mi madre, hasta la cubertería habían tenido que venderla y limpiar las uva de aquella manera le servía a la tata de consuelo. La señora arreglada no limpiaba las uvas, sino que les quitaba la piel con mucho cuidado, con aquella uñas tan largas y tan cuidadas y pintadas de rojo brillante, y luego, ya peladas, se las daba a su hija una a una, se las iba poniendo en la boca y la chica sonreía como nos dijo el padre Leoncio que sonreía Jesucristo en la cruz cuando el buen soldado le pasaba un esponja húmeda por lo labios.

  - Deje de comer pan, compadre, que se va a quedar usted atrancado como el barco del arroz – le dijo uno de los chicos que repartían racimos al señor que no paraba de comer pan con queso –. Coma uvitas con el queso, ya verá lo rico que está.

  El hombre le hizo caso a regañadientes, pero puso cara de mucho gusto, y hasta su mujer se animó a probar y dejó de mirar el paisaje y le pedía al marido cachitos de queso para comérselo con su racimo de uvas. De los otros vagones llegaron unas muchachitas que alborotaban mucho y que, con el cuento de las uvas, se pusieron a tontear con los chicos que no dejaban de mirar a Blanca y a Eugenia. Llegó también una madre joven con dos chiquillos gemelos que enseguida se dedicaron a espachurrar las uvas y a ponerse perdidos mientras la madre andaba de palique con los hombres de los cestos pesados, que la conocían y se alegraban mucho de verla. El señor compuesto y replanchado, que se comía sus uvas como si fuera un marqués, se dio cuenta de que yo no hacía más que mirar a todo el mundo y me dijo:

  - Las uvas robadas están riquísimas, hijo. Cómetelas antes de que se te calienten.

  Yo me metí en la boca una uva entera y la mastiqué y casi ni noté el pellejo y las pipas, con lo pejiguera que yo era siempre para comer uvas. El tren estaba llegando al apeadero de La Rijerta. Después, como me había contado Reglita, llegaban los campos de nísperos y de albaricoques y de nastarinas, y volverían a saltar los muchachos desde el primer vagón y a subir luego por el último, y todo el vagón de cola comería fruta recién cogida de los árboles, y seguro que las niñas de Somavía terminaban coqueteando con muchos descaro con los chicos que no les quitaban la vista de encima, y la chiquilla de los tobillos hinchados volvería a sonreír como Jesucristo con una esponja húmeda en los labios, y el hombre glotón y su señora se repartirían los albaricoques, o los nísperos, o las nastarinas, como un matrimonio bien avenido, y el señor con pinta de recortable se comería los albaricoques como un marqués, aunque estuviese a dos velas,  y el sol ya entraría de lleno en el vagón y el aire allí dentro seguiría pareciendo dorado y con espuma. Pero yo tenía que bajarme en La Rijerta y volver corriendo a casa, si no quería que mi madre me organizase una escandalera con trompetas.

    Me bajé sin que el revisor tuviera tiempo de cobrarme, así que me ahorré las cuatro pesetas. Dos de las muchachas que alborotaban tanto también se bajaron allí y me miraron como si yo les provocara tentaciones. Seguro que ya eran más de las ocho y media y tenía que llegar a casa a tiempo de desayunar. Caminé un poco de espaldas, mientras el tren volvía a ponerse en marcha con aquella pachorra de viejo camaleón. Tenía que dar media vuelta y echar a correr, o a caminar a paso gimnástico, pero quería aguantar hasta perder de vista el tren de la costa, y me daba rabia no volver en el tren por la tarde, cuando parecía recién pintado o como nuevo por un milagro de Fátima, y con las niñas de Somavía radiantes como si su padre fuera de nuevo multimillonario. Luego, cuando dejé de verlo, tragado por los eucaliptos del pago de Jaramar, me volví por fin y eché a correr como un desesperado por el arcén de la carretera, rezándole a Jesucristo en la cruz para que nunca desapareciera el tren de la costa y yo pudiera curarme siempre de las calamidades de la vida en el último vagón.   

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