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Premios del Tren de Poesía y Cuento: Obras premiadas
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 Premios del Tren 2013,“Antonio Machado” de cuentos

Primer premio

“Madrid-Casablanca-Barcelona”
Alberto Ramos Díaz

 

 

You must remember this,
a kiss is just a kiss…,

As time goes by
 

Isidoro Linares había visto noventa y nueve veces la misma película: Casablanca. Y lo curioso era que no sabía cómo terminaba. Desconocía si Ingrid Bergman se quedaba con Humphrey Bogart, o si ella conseguía los salvoconductos para marcharse con su marido en el avión de Lisboa. Cada vez que la veía, Isidoro se sumergía en el mundo de los protagonistas, Ilsa y Rick, como si fuera el suyo propio y escuchaba la canción de As time goes by, la que el negro Sam interpretaba al piano, como si él mismo la hubiera escrito. Hoy iba a verla una vez más y, como en todas las anteriores, a la hora y cuarto de proyección apagaría el televisor. Hacía tiempo que su mujer no le preguntaba por esa manía, quizás porque tampoco él le preguntaba por las suyas. De todos modos de nada iba a servir contarle que lo suyo con Casablanca venía de una tarde de cine de sesión continua, de un viaje en tren a Barcelona y de una chica del Partido Comunista, que coincidieron en su vida la víspera de la muerte de Franco.

Aquel noviembre de 1975, Isidoro Linares estaba en Madrid. Llevaba dos años trabajando para Rubiol e Hijos, una empresa de Paños de Tarrasa con sede en Barcelona, en la que don Miquel, nieto del fundador, le había contratado como dependiente. Don Miquel pronto se dio cuenta de que la mejor manera de rentabilizar el cuerpo espigado, los ojos verdes y el acento andaluz de Isidoro, no era despachando telas a las señoras que paseaban por Vía Layetana, sino llevando muestrarios a Madrid, donde viajantes menos agraciados y con acento catalán tenían dificultades para cerrar pedidos. Y no se equivocó don Miquel, que Isidoro aumentó las ventas de forma tan considerable que a sus veintiséis años recién cumplidos viajaba casi todas las semanas a la capital; el domingo por la noche salía de la estación de Sants en el Expreso Costa Brava, un tren que venía de Port Bou con parada en Barcelona y que llegaba a Atocha el lunes por la mañana. Aquel 19 de noviembre de 1975, víspera de la muerte de Franco y día en que Isidoro vio por primera vez Casablanca, era miércoles y según su calendario particular de pernoctas los miércoles que estaba en Madrid le tocaba dormir en el hostal Marisol de la calle del Desengaño. Pero las circunstancias cambiaron de forma inesperada cuando por una llamada telefónica don Miquel le informó que Rubiol e Hijos acababa de venderse a una empresa de Reus y que los nuevos dueños no contaban con sus servicios. Al parecer, más que la facturación que hacía les importaba que fuera charnego y no hablara catalán.

Isidoro decidió volver a Barcelona con urgencia, cambió el billete y se desentendió de las visitas programadas, bastante tenía con entregarse a un único pensamiento, que no era otro que el de quedarse sin trabajo, como para salir a buscar tiendas recitando letanías de hilos y paños. Dejó el hostal, y cargado con una maleta y varios muestrarios de telas, sin saber cómo gastar el tiempo hasta la salida del tren se sintió tan perdido como un marino con brújula de cuatro nortes. Bajó por la calle de la Montera, cruzó la Puerta del Sol y subió a la Plaza Mayor a comerse un bocadillo de calamares, que los problemas de trabajo no quitaban el hambre y los calamares sí. Luego se dirigió a Atocha a merodear los aledaños de la estación para terminar aburrido en el patio de butacas de un cine de sesión continua. La primera película era un musical donde unos leñadores cantaban sin dejar de bailar, algo sin sentido para Isidoro que nunca había conocido a leñadores que cantaran de esa manera, pero el cine musical era lo que tenía, que lo permitía todo. En cambio la segunda fue el gran descubrimiento en celuloide de su vida porque nada más leer los títulos de crédito sobre el mapa de África quedó atrapado; fue oír la Marsellesa y escuchar una voz en off que decía que todos buscaban un visado mientras “esperaban en Casablanca…, esperaban…, esperaban…”, y olvidarse de don Miquel, de Rubiol e Hijos y de todas las pañerías de Tarrasa y Reus juntas.

Durante una hora Isidoro fue un cliente más del Café Americano de Rick’s, un garito donde el humo olía a whisky y el whisky a humo, y donde las cartas de póker eran tan falsas como las bolas de marfil que giraban en la ruleta. Isidoro se sintió identificado con aquellos personajes que iban de la barra a la mesa de juego y de la mesa de juego al suicidio, y si no llega a ser porque un corte de rollo paró la película y encendieron las luces de sala, ni hubiera mirado el reloj ni se hubiera dado cuenta de que el tiempo se le había echado encima. Faltaban once minutos para la salida el tren, y una de dos, o corría como un loco o lo perdía. Cogió la maleta y los muestrarios, y con zancadas tan largas como desesperadas llegó al Expreso Costa Brava justo cuando se ponía en marcha. Fue el revisor quien le ayudó a subir los bultos a la plataforma.

- Pero compadre…, ¿qué hace usted aquí si hoy no es sábado? ¡Eh!

El revisor, que le conocía de otros viajes, le llamaba compadre desde una charla en la que se descubrieron sus acentos andaluces, uno de Jaén y otro de Priego de Córdoba.

- Lo sé. Es miércoles –respondió Isidoro-.
- Pues..., si es miércoles y está aquí, es porque algo no va bien. ¡Eh!- preguntó el revisor que terminaba todas sus frases añadiendo la interjección "eh" al final-.
- Se equivoca -mintió el vendedor-. Una reunión de comerciales sin más.
- ¡Ah!, compadre, una reunión sin más. Luego me lo cuenta ¡eh! -miró detenidamente el billete y le mandó a su asiento por un camino que ya conocía.

Acostumbrado a viajar en sábado y con vagones llenos, en laborable y sin apenas pasajeros, a Isidoro el tren le pareció un expreso fantasma. Su compartimento de ocho era solo para él, un espacio demasiado vacío para una noche en la que no quería pensarse. Pero bastó dejar la maleta y los muestrarios en el portaequipajes para que su cabeza rescatara el problema de trabajo que tanto le agobiaba, y aunque trató de esquivarlo buscando un final para la película que había visto, lo único que consiguió fue que el problema de Tarrasa y las imágenes de Casablanca se mezclaran en un revoltillo de ideas que le llevaron de Rubiol e Hijos al Rick´s Café, de la tienda de Vía Layetana al Zoco y de la voz de don Miquel a la de Bogart. Era tanta la confusión que la única alternativa que encontró para distraerse era leer una novela del oeste, una de esas de a duro que siempre llevaba con él.

Acababa de sacar del bolsillo de la chaqueta a Marcial Lafuente Estefanía cuando entró en su compartimento la Mujer Perfecta. Porque la Mujer Perfecta existe, cada hombre tiene la suya. En el caso de Isidoro era dos años más joven que él, tenía el pelo negro enfadado, los ojos grises y el mismo olor a lavanda y canela que debía tener Ilsa cuando entró en el Rick’s Café. No traía equipaje.

- El Zurdo me ha dicho que me siente contigo…, -dijo a modo de presentación-.

Isidoro no conocía a nadie que se llamara Zurdo, así que la Mujer Perfecta se equivocaba de compartimento. Iba a aclarar el error, pero la vio tan bonita que pensó que era una suerte tenerla allí y que podía disfrutar unos minutos mirándola antes de hacerlo. Decidido a mirarla con discreción, abrió la novela disimulando leer y estuvo un rato largo hasta que ella le dijo sonriendo que mejor le diera la vuelta al libro porque lo tenía del revés. Isidoro iba a excusarse cuando oyó la voz del revisor en otro compartimento: "Billetes, por favor. Y preparen documentación para la policía".

- ¿Ha dicho que preparemos documentación para la policía ? -repitió Isidoro-. Nunca me la han pedido.
- Sí – confirmó la Mujer Perfecta-. El Zurdo ha dicho que si te preguntan quién soy, digas que una compaña de trabajo.

Se recogió el pelo para parecer distinta, se quitó el tabardo de piel vuelta y sacó unos papeles que llevaba doblados entre la cintura y el pantalón vaquero de pata de elefante. Isidoro se alarmó al ver que esos papeles tenían el dibujo de una hoz y un martillo, logotipo que con la policía cerca lo único que le podían traer eran problemas. La Mujer Perfecta echó un vistazo a su alrededor y convencida de que era el mejor lugar para esconderlos los metió entre las telas de los muestrarios. Isidoro se levantó de inmediato para protestar pero no pudo hacer ni decir nada porque en ese momento el revisor abría la puerta. Venía con dos hombres que enseñaron su placa de policía. El miedo le estranguló el estómago y la garganta se le secó como si la tuviera llena de algodón en rama.

- ¡Compadre! –saludó el revisor-. Así que a una reunión de comerciales, ¡eh!
- Sí –contestó Isidoro empujando un monosílabo que pronunció a duras penas.
- Una reunión sin más, ¡eh!
- Eso es –respondió rogando en silencio que los policías no registraran el equipaje-.
- Vamos, que se reúnen todos, y por eso no viaja solo, ¡eh!
- Es una compañera de trabajo –mintió-.

Los policías les pidieron la documentación y aunque el revisor comentó que le conocía de verlo todas las semanas, ¡eh!, insistieron en los carnés. Comprobaron las fotos y los datos, y cuando se los devolvieron les preguntaron si habían visto subir a una chica sola al tren. Ambos negaron con la cabeza. Luego quisieron saber desde cuando trabajaban juntos y otra mentira salió de la boca de Isidoro al asegurar que desde hacía un año. El revisor se excusó diciendo que tenía que seguir picando billetes y los policías se despidieron tocándose el sombrero. Y seguramente el revisor picaría billetes en otro compartimiento porque en el suyo no lo había hecho.

- Me llamo Julia –dijo la Mujer Perfecta soltándose el pelo-, y te debo un favor.
- Pues házmelo ahora mismo tirando por la ventanilla los papeles que has escondido entre mis cosas.
- Tranquilo, confía en mí. Y en el Zurdo. No hay porqué preocuparse.
- No quiero meterme en líos –replicó el Isidoro-.
- No nos meteremos. El Zurdo es muy listo, le conozco de la célula de Latina y sabe lo que hace. De no ser por él y por lo que ha hecho por mí esta tarde ahora yo no estaría aquí, sino en la DGS con la Ley Antiterrorista encima.

Esas palabras no le convencieron y menos aún al confirmar que el tal Zurdo y ella estaban relacionados con el partido comunista. Se levantó nervioso y comenzó a buscar los papeles escondidos en los muestrarios. Entonces ella le tomó de las manos y se las apretó sin hacer apenas fuerza, casi acariciándolas. Isidoro sintió a su lado a la Mujer Perfecta y notó aún más el olor a lavanda y canela. Y se dio cuenta de que tenía unas manos preciosas. Preciosas y suaves. Suaves y únicas. Y ella no tuvo más que rogarle con voz dulce que por favor dejara los papeles donde estaban, que le daba su palabra de que si alguien se acercaba los tiraría de inmediato, para que a Isidoro se olvidara del miedo. Hizo que se sentara a su lado y le contó lo que esa tarde el Zurdo había hecho por ella. Estaba con dos compañeras de la Facultad repartiendo octavillas en la Cuesta de Moyano cuando apareció un coche de la Secreta. Salieron corriendo pero a sus compañeras las cogieron intentando alcanzar la boca del metro. Ella llegó a la estación y tuvo la suerte de encontrarse con el Zurdo que la subió al tren. Como los policías también subieron, la encerró en un aseo hasta que se puso en marcha, luego le dijo que se sentara en el segundo compartimento del tercer vagón porque había alguien de fiar.

La historia no le interesó a Isidoro que seguía pensando que estaba junto a la Mujer Perfecta y que tenerla allí era un regalo. Así que cuando ella le preguntó que si conocía mucho al Zurdo, la mentira volvió a salir de su boca al decir que "un poco". Una mentira pequeña, sin importancia, porque a una mujer como aquella no se le podía mentir demasiado. Los viajantes, como buenos vendedores, tenían facilidad para las mentiras de todo tipo: pequeñas, insulsas, grandes, desproporcionadas...,

- ¿Sabes que le llaman el Zurdo porque dicen que es más de izquierdas que nadie? –comentó Julia- .Y a todo esto, no me suena haberte visto por Latina.
- Vivo en Barcelona –se justificó Isidoro-.
- Pues no tienes acento catalán. Estuve allí en primavera, en las movilizaciones del cinturón obrero. ¿Las recuerdas?

Isidoro sabía poco de aquellas movilizaciones. Los temas políticos no le interesaban. Había aprendido de su madre que la política y la religión eran para quienes vivían de ello.

- ¿Vas a Barcelona o te quedas en Zaragoza? –preguntó Isidoro-.
- Creo que hasta el final, a Port Bou. Ya me lo dirá el Zurdo. Preferiría ir a Cerbère, pero no llevo pasaporte. Aunque pensándolo bien, ¿para qué ir tan lejos cuando Franco está a punto de caer? Me da la corazonada de que de esta noche no pasa. ¡Ojalá!
- Puede…, -dijo el viajante sin demostrar el mínimo interés-.
- ¿Has leído los periódicos? Solo dan partes médicos, partes y más partes, todos de extrema gravedad pero ninguno el definitivo. Hay quien dice que lleva muerto desde el verano y que quién sale en televisión es un doble.
- Pues se mueve y habla igual que él.
- Querrás decir que se mueve y habla tan mal como él -le corrigió Julia que apoyó la cabeza contra el cristal de la ventanilla para ver cómo el paisaje y la noche corrían sin que una sola luz los acompañase-. No quiero que me malinterpretes cuando digo que ojalá que de esta noche no pase. Le odio, pero no tanto como para pedir que muera. Creo que las cosas tienen que cambiar de otro modo, no así. Ya ves, mucho hablar y luego soy tan boba que ni siquiera puedo odiar lo suficiente al hombre que hace dos meses firmó cinco sentencias de muerte. Me gustaría ser como un camarada de la célula de Carabanchel que dice que tiene preparada una botella de champán y un sobre con ocho mil pesetas para el día que Franco muera. Asegura que con el dinero va comprar mil periódicos para empapelar la Gran Vía mientras se bebe la botella.

A Isidoro le vino a la cabeza decir que con lo larga que era la Gran Vía, como no se bebiera los periódicos se iba a quedar con sed, pero prefirió callarse. Julia buscó un paquete de Bisonte y ofreció un cigarrillo que le rechazaron.

- ¿Has visto Casablanca, la película? -preguntó Isidoro-.

A Julia le desconcertó el cambio de tema, pero respondió que sí, que hacía mucho tiempo, la recordaba en blanco y negro. Entonces él le contó que la había visto esa tarde, pero que no sabía cómo terminaba porque la proyección se había detenido antes de acabar.

- Me gustaría que me contaras el final -pidió Isidoro-. Pero con una condición, que me lo cuentes sólo si termina bien.
- ¡Uf!, difícil respuesta -se quejó Julia-. No sé qué decir. Es como si me pidieras que te asegurara que a los personajes de la película les gusta vivir su historia en esas circunstancias.

Isidoro replicó que los personajes no elegían las historias, que las vivían, y eso era suficiente. Si en algo el cine se podía comparar con la vida, era porque los personajes vivían las historias que les tocaba sin elegir momentos ni circunstancias.

- Nosotros mismos somos una película -continuó Isidoro-. Si lo comparas con Casablanca lo único que cambia son los actores y el decorado. Ellos tenían un café, nosotros un tren. A ellos les perseguía la guerra y a ti la Secreta.

El propio Isidoro se sorprendió de sus argumentos y Julia se echó a reír diciendo que de acuerdo a su teoría lo único que les faltaba para ser una película de verdad era una canción. Sin más comenzó a tararear la que el negro Sam interpretaba aunque esta vez sin piano, solo al compás del ruido del tren sobre las vías. Y mientras ella cantaba Isidoro estudiaba sus facciones descubriendo que bajo el pelo negro enfadado y los ojos grises, había una nariz ligeramente grande, unos labios ligeramente finos y un mentón ligeramente ancho, el justo desorden que hacían de ella su Mujer Perfecta.

- Lo que te he contado de Franco, ¿te interesaba? -preguntó Julia-.
- No. Me interesas más tú –aseguró el viajante-.
- ¿Yo? -se sorprendió Julia-.
- Sí..., tú -insistió él-.

Isidoro pensó que de existir un Manual para Conquistas en el Tren necesariamente incluiría un capítulo dedicado a las Frases Importantes. Frases de esas que se oyen y nunca se olvidan. Y éste era el preciso momento en que tenía que decir una. Lo lamentable era que la única que le venía a la cabeza era de la película inconclusa que había visto y decirla era arriesgarse a cruzar la línea que separaba lo romántico de lo ridículo, aunque dejar pasar la oportunidad era todavía peor. Con más miedo que un comunista repartiendo octavillas a la puerta de un cuartel de la Guardia Civil, dijo:

- El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.
Julia le miró.
- ¿Qué has dicho? -preguntó la Mujer Perfecta-.
- Que el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos -repitió Isidoro creyendo que había cruzado la línea de lo ridículo-.
- Pero tú..., ¿quién eres? -quiso saber Julia-. ¿De dónde has salido?..., O mejor no digas nada. Yo te hablo de Franco y tú me llevas a Casablanca.
- ¿Y?...,

El monosílabo de Isidoro quedó colgado en el aire porque ella le tomó la cara entre las manos y le besó los labios. No fue un beso largo. Tampoco un beso apasionado. Pero fue un beso. Su beso. Julia apagó la luz del compartimento y apoyo la cabeza en el hombro de Isidoro. El viajante notó como ella se dormía a medida que se acurrucaba en él. Luego fue el propio Isidoro quien se durmió, y lo hizo con ganas de soñar.

…, acababa de pedir un whisky con leche cuando Rick se le acercó. Llevaba la chaqueta blanca abotonada y la pajarita que le hacían inconfundible. Isidoro estaba en pijama y sujetaba unos muestrarios que no se atrevía a soltar por miedo a que se los robaran. Rick encendió un cigarrillo americano. Lo hizo con la mano derecha para demostrar que no era el Zurdo. “¿Cuál es su nacionalidad?” –preguntó Rick-. “Borracho” –respondió Isidoro recordando que eso mismo era lo que Rick había contestado al capitán Renault cuando quiso saber de él- “Me alegro –dijo Rick-, sólo los que venimos de un mismo sitio podemos llegar a entendernos”..., Sam tocaba al piano una canción distinta a la de siempre, era el éxito del verano de 1975. La gente bailaba cuando Ilsa entró oliendo a lavanda y canela. Se detuvo junto a Isidoro: “¿Todavía sigues aquí? -preguntó-, hace horas te subiste al tren en Madrid, estás en Casablanca y vas camino de Barcelona, sin hablar catalán. Bonito viaje si te llevaras algo más que un beso”. Isidoro se humedeció los labios antes de decir:" un beso es solo un beso". Ilsa le guiñó un ojo. "Exacto, a kiss ists just a kiss", y se perdió camino de la ruleta. Mientras Rick puso una mano sobre los muestrarios de telas y con la otra le zarandeaba. ¡Despierte! Isidoro no hizo caso. Rick insistió, ¡despierte!.., ,

- ¡Despierte! -quien le llamaba no era Rick sino el revisor-. Compadre, que se pasa de estación, ¿o es que quiere seguir hasta el final?

Un último zarandeo más fuerte le sacó del sueño. Isidoro, se dio cuenta de que no estaba en ningún café con Ilsa sino en un compartimento de segunda con Julia, que dormía arropada con el tabardo de piel vuelta. En su cabeza retumbaba la pregunta "¿es que quiere seguir hasta el final?". Y quería, claro que quería, quería ir hasta donde hiciera falta, quería volver a su sueño, quedarse con ella para siempre, pero un “compadre, vamos, que el tren sale en un minuto” pronunciado con urgencia, y sobre todo ver como el revisor bajaba del portaequipajes la maleta y los muestrarios que escondían los papeles del partido comunista, le puso en alerta. Si los descubría avisaría a la policía y de nada iban a servir las charlas con acento andaluz que les había hecho compadres. Isidoro temió lo peor y tratando de distraer la atención se llevó un dedo a los labios rogando que no hiciera ruido para no despertar a Julia. Salieron del compartimento, el revisor con la maleta y los muestrarios, y él con el deseo tan despachurrado como un billete de veinte duros de los que se encuentran en un pantalón recién lavado.

Algunos pasajeros bajaron del tren. Pocos. Figuras que se diluyeron entre la noche y el andén. El único que se quedó para ver partir el convoy fue Isidoro que comprobó cómo en menos de un minuto la oscuridad engullía el último vagón destino Port Bou. Agarró sus pertenencias y con pasos dormidos salió de una estación que sentía extraña y en la que no reconocía ni el olor ni el reloj que colgaba de la pared y que tantas veces debía haber visto. Un hombre con cazadora de cuero y bufanda hasta la nariz se le acercó.

- ¿Busca habitación?
- No, gracias -dijo Isidoro-, vivo aquí en Barcelona. Busco un taxi.
- ¿Barcelona?..., -repitió el desconocido-. Bonita ciudad, maño, pero estamos en Zaragoza.

¿Zaragoza?..., Isidoro continuó caminando..., ¿Zaragoza?..., No sabía dónde ir, era como si la misma brújula de cuatro nortes que le había guiado la tarde anterior en Madrid fuera la que se encargara ahora de él..., ¿Zaragoza?..., A su cabeza llegaban preguntas que necesitaban respuesta, preguntas que no conseguía ordenar: ¿Por qué le habían bajado del tren en Zaragoza?..., ¿Lo sucedido tenía que ver con Julia?..., ¿Qué decían aquellos papeles que ahora él llevaba en un muestrario?..., ¿Volvería a ver a la Mujer Perfecta?...,

Un golpe de lluvia le despertó lo suficiente como para suponer que la mayoría de las preguntas tenían respuesta si pensaba que el Zurdo y el revisor eran la misma persona. De ser así él había sido el hombre que vio llegar a Julia a la estación, el que se encargó de subirla al tren y el que la había enviado a su compartimento porque le conocía. Todo cuadraba. Además Isidoro creía recordar que cuando picaba billetes lo hacía con la mano izquierda.

Ya no le quedaba ninguna duda, el Zurdo y el revisor eran uno. Y por eso le había bajado en Zaragoza, para proteger a Julia, igual que la había protegido evitando pedir los billetes delante de la policía, por la sencilla razón de que ella no tenía.
Sintió frío. Un frío que no era ni el seco de Madrid ni el húmedo de Barcelona, un frío que cortaba la cara por el modo en que lo empujaba el viento. Dio media vuelta decidido a quedarse el resto de la noche sentado en la cantina. Necesitaba un licor que le calentara el cuerpo hasta que saliera un tren que le llevara a casa.

Llegó a Barcelona a la mañana siguiente con un periódico bajo el brazo cuya la portada tenía un solo titular “Franco ha muerto”. Ya era 20 de noviembre.

*

Los días que siguieron a aquel miércoles de 1975 condicionaron la vida de Isidoro. En Rubiol e Hijos, don Miquel le recibió con tanto cariño como certeza de que sería la última vez que vería a su vendedor de ojos verdes y acento andaluz. Don Miquel le entregó una tarjeta con la dirección de la gestoría encargada de tramitar su finiquito y le dio el teléfono de los nuevos propietarios por si consideraba hablar con ellos. No sirvió de nada. Ni siquiera se interesaron por recuperar los muestrarios, que tuvieron a bien ofrecérselos como recuerdo. A Isidoro no le costó encontrar trabajo. Fue a la semana siguiente en un hotel como personal de mantenimiento donde la caldera y los radiadores no necesitaban oírle hablar catalán.

Nunca volvió a saber de Julia. Tampoco volvió a tomar el Expreso Costa Brava, ni volvió a Madrid. Lo que sí hizo fue ver Casablanca en todas las oportunidades que tuvo. Noventa y nueve veces, hasta hoy. Incluso compró la película, primero en Super-8, luego en video y la última en DVD, y por supuesto, siguió con la costumbre de apagar la televisión a la hora y cuarto, cuando el capitán Renault ordenaba cerrar el Rick’s Café a toque de silbato.

Isidoro continúa sin saber cuál es el final y lo cierto es que no quiere verlo. Como tampoco quiere saber lo que dicen aquellos papeles del Partido Comunista que todavía tiene escondidos en unos muestrarios de telas pasadas de moda. A estas alturas de la vida de poco le iban a servir. Además, hay cosas que es mejor dejarlas como están.
Ya lo dice una canción…, a kiss is just a kiss.
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