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I premio de narraciones breves "Antonio Machado" (1977)

Edición de 1977 |

Edición
de 1995 |
En 1976, Renfe convocó por primera vez el Premio de Narraciones
Breves "Antonio Machado" , que en 2002 dió paso
a los Premios del Tren tras 25 años de historia. Cada
año se ha editado un libro con los cuentos seleccionados de
cada certamen. El prólogo a la primera edición corrió
a cargo del Académico Gonzalo Torrente Ballester, presidente
del Jurado.
Gonzalo
Torrente Ballester
Prólogo
El joven de la historia se parecía bastante,
por su facha, a muchos otros de aquel tiempo, ya que, como tantos más,
se había dejado crecer las patillas hasta unirlas a la barba
y obtener así una estampa bífida y ligeramente demoníaca
que le iba muy bien a su maligna inteligencia de astur pillín.
Esto, no obstante, quiero decir la inteligencia y la picardía,
se enamoró hasta el trastorno de una mujer cuya filiación
se ignora (ni falta —probablemente— que hace saberla) y para curar su
sentimiento desordenado e infeliz, marchó a París, ciudad
a la que entonces se acudía en estos casos, ya que en ella mejor
que en otra alguna los mozos de esta calaña sentimental recuperaban
el equilibrio perdido, sobre todo en sus derivaciones mentales, y quedaban
pintiparados para que el Amor los vulnerase de nuevo. Podría
hacerse aquí un inciso y explicar por qué París
era la ciudad idónea para tales operaciones curativas, pero esto
nos apartaría del tema para meternos en berenjenales de tránsito
difícil y, sobre todo, largo. Baste quizá decir que, en
su sustancia, todo se reducía a poner en práctica la conocida
proposición de Lope: "Si quieres librarte de un amor, toma
la posta en otro", o el más vulgar y anónimo de "Un
clavo quita otro clavo", pero con la díferencia de que,
en París, podía al mismo tiempo practicarse el francés.
Pues es el caso que el mocito de marras, al sentirse otra vez en sus
cabales, no consideró conveniente, por alguna razon, continuar
sus lecciones de idiomas, y un buen día de imposible identificación,
pero glorioso, se embarcó en el expreso, que sería con
toda seguridad uno de aquellos trenes cuyos departamentos, sin pasillo
que los relacionase, corrían de un lado a otro del vagón,
gozaban de una puerta en cada extremo (había que cerrarlas con
cuidado, pues solían abrirse peligrosamente) y, un poco más
abajo de la puerta, de un estribo todo a lo largo por el que se deslizaba,
equilibrista uniformado, el revisor. En el cuento, sin embargo, no figuran
estos detalles. Lo que se dice es que el susodicho joven, cuyo nombre
tampoco consta en acta, pero que conjeturalmente podría ser el
de Ramón, al hallarse feliz y solo en el departamento, pensó
que podría dormir con cierta comodidad, y lo hubiera hecho si,
en el último momento no entraran dos mujeres de edad dispar,
delante la muchacha y la vieja atrás, dispuestas a acompañarle:
cosa que a Ramón no desagradó del todo, ya que la joven
era rubia y bonita, y por una compañía asi la muchachada
está siempre dispuesta a sacrificar el sueño: como así
sucedió. En el testimonio escrito que poseemos del hecho hay
dos declaraciones sucesivas que requieren explicación o, al menos,
consumir unas palabras en que se muestre que no han pasado inadvertidas.
Dice la primera que la vieja y la joven entraron al arrancar el tren,
lo cual, si el modelo fuese de los de pasillo, no sería difícil,
pues podían haber subido un poco antes y llevar a cabo la aparición
con debida compostura. Pero el testimonio es, al respecto, suficientemente
explícito, ya que dice: "Al arrancar el tren, subió
en mi coche...", y entonces no puede uno menos que echarse a imaginar
cómo habría sido la ascensión, el tren andando,
la señorita agarrada a la broncínea agarradera que le
permitía mantenerse en el estribo, mientras que con la otra mano
intentaba ayudar a la pobre vieja, que corría a saltitos con
riesgo de quedarse en el andén: y nuestro Ramón que se
da cuenta, y abre la puerta, y ayuda primero a la muchacha y después
a la anciana, y tiene que cogerlas por alguna parte, por ejemplo, el
antebrazo, lugar entonces difícilmente accesible a las manos
de un hombre: sin consecuencias eróticas en el caso de la vieja,
pero verdaderamente conmocionante en el otro: todo con mucho apuro,
muy deprisa, con grititos, con ayes, con aspavientos y con dos grandes
suspiros de satisfacción al hallarse instaladas la una al lado
de la otra, agradecidas al caballero español gracias al cual
no habían perdido el tren, o, lo que era peor, no habían
caído, además, espatarradas. Es de suponer que Ramón
oculta estos detalles por modestia y los deja a la invención
del lector, seguro, sin embargo, de que en la mayoría de los
casos el lector no inventará nada.
La segunda de las declaraciones es de más difícil
comprometida explanación, pues puede dar lugar a un conflicto
entre naciones, a un revivir de la eterna rivalidad entre Francia y
España, siempre latente. El testimonio dice que "...era
rubia, delgada y muy graciosa, digna de ser morena y sevillana".
¿Por qué tal? ¿Ni siquiera en aquella ocasión, tan singular,
fue capaz Ramoncín de renunciar a sus prejuicios nacionales,
entre los que figuraba la convicción de que el arquetipo femenino
sevillano es el más sugestivo del mundo? Prejuicio, por otra
parte, de reciente introducción -entonces- en la mentalidad española,
como que no iba más alla de los viajeros románticos, ya
que los clásicos habían preferido la mujer rubia, como
la literatura prueba a quien lo quiera mirar. Pero estaba reciente Merimée,
y algunos españoles se sentían deslumbrados y, en el fondo,
agradecidos al francés que había descubierto el arquetipo
Carmen. La francesita rubia y delgada no sospechó seguramente
que en el corazón (no en la mente) de aquel muchacho que con
tanta eficacia le había ayudado a no perder el tren aun a costa
de cogerle la muñeca y de sentir su aliento en el cogote, la
ponía a ella en un platillo de la balanza y, en la otra, a una
mujer ideal, rellenita, de ojazos deslumbradores y endrinas crenchas
con peinecillos de marfil: lo que se dice una real hembra; y que de
la experiencia comparativa salía bien librada, ya que el fiel
de la balanza no se había movido. El caballero asturiano pudo
así abrir su corazón a las posibles emociones de un viaje
con tan deslumbradora forastera sin que sus convicciones patrióticas
se quebrantasen. Y esas emociones eran perfectamente previsibles: un
viaje largo, un local chiquito y en penumbra, un traqueteo dulce, una
vieja dormilona... El joven y la muchacha creyeron enamorarse, pero
lo que sucedió fue bastante más sencillo: sin nada que
lo impidiese, pues la ocasión era propicia, se desearon, cosa
por otra parte normal, aunque la retórica del tiempo no autorizase
a declararlo ni siquiera a reconocerlo. Asi pues, en el testimonio escrito
que nos queda del suceso, no se menciona el deseo para nada. Sin embargo,
a pocos cálculos que se hagan, la fecha del viaje le anda rondando
a la aparición de la escuela naturalista, Manet pintaba sus desnudos,
y el joven asturiano no era o no debía ser indiferente a estos
cambios, por cuanto era poeta moderno, y no de los idealistas precisamente.
Pero todo esto es una desviación del camino inicial de esta palabrería,
que era ni más ni menos que traer a colación un encuentro
amoroso en un vagón de ferrocarril cuando este invento poseía
ya el encanto y acaso el misterio de lo nuevo. La relación del
acontecimiento hizo llorar y soñar a los adolescentes de aquel
tiempo y de sus sucesivos, y fueron muchos -se puede asegurar sin miedo
a yerro- los que, al entrar en un tren y en un vagón de primera
o de segunda (los de tercera quedaban descartados. ¡Qué equivocación
tremenda!) lo que hacían con el estremecimiento del amor presentido,
o esperado, o deseado. "El tren expreso", poema de don Ramón
de Campoamor, fue un buen texto de propaganda de los ferrocarriles.
Los cuales reciben en herencia la antiquísima
noción de que el viaje, cualquiera de ellos, es propicio a la
aventura. La recibe directamente de la diligencia, su antecesora inmediata
en el sistema de las comunicaciones, y que también ha gozado
del favor literario, como se prueba en "Los papeles póstumos
del club Picwick", privilegio que pierde ante la competencia del
tren, para recobrarlo más tarde, aunque en versión retrospectiva,
por obra y gracia del cine. Es natural, como lo fue para el caballo
y el barco de vela en los tiempos en que no había cosa mejor
en que ir de un lado a otro. ¿Qué más da? Lo importante
es el camino, que le saca a uno de la cotidianeidad, que le lleva a
lo desconocido, hacia lo inesperado, hacia lo peligroso. La primera
gran novela del mundo —La Odisea— es la novela de un viaje accidentado,
es el viaje hacia lo imprevisible, la búsqueda involuntaria del
azar. Puesta la nave encima de las olas, ¿cuál será su
camino? Detrás del horizonte, claro o con nubes, esperan lo imaginable
y lo insospechado, lo posible y lo imposible, brazos de Calipso o abismos
de Caribdis. Lo curioso del caso es que, en su definición primera,
el tren parece anular la aventura, eliminar la sorpresa, prescindir
del azar o relegarlo. El tren recorre un camino más rígido
que la carretera, la duración está prevista, los horarios
son fijos, todo está reglamentado. Luego, y en sí, el
tren es un armatoste ruidoso al que le faltará siempre la gallardía,
la elegancia, del velero. La metáfora ocurrente es la de una
sierpe, y quizá sea por eso por lo que se pintaban de verde los
vagones. Sí, pero, en la noche, la cosa cambia: se advierte,
al paso, la brasa del hogar abierto como un ojo de fuego, y de la locomotora
salen las chispas en cabellera, y, en fin, la metáfora selpentina
ya no cae tan bien. El camino es regular, de acuerdo, y sin sorpresas:
malo cuando las hay, nadie cuenta con ellas, aunque algunos temerosos,
muy imaginativos, no las descarten. Sin embargo, mucha gente, al subir
al tren, va emocionada y conmovida de una secreta esperanza que, en
general, no se atreve a confesarse. ¿De dónde viene el que el
tren, ese moderno cachivache que aniquiló la poesía del
viaje, siga, sin embargo, suscitando el espíritu de aventura,
o su esperanza o su nostalgia? De las invariables condiciones del camino,
hay una que conserva, muy importante, quizá la más: porque
en su interior, distribuidos e incluso clasificados, se hallan los hombres,
y donde el hombre va, va tambien lo inesperado. El tren transporta gente
que por lo común no se conoce; los que no se han visto nunca
convivirán por unas horas, más o menos. Se mirarán
con curiosidad, primero; surgirá una simpatía o un desinterés
mutuos, cuando no se responde a la insistencia del interés —de
la mirada, de la intención de hablar— con la indiferencia, con
el silencio y el sueño. Todas las combinaciones son posibles:
allí se inician, o se reanudan, o se terminan, relaciones humanas
de todas clases. El azar, estadísticamente, opera con más
frecuencia que en otra clase de vehículos, porque la gente es
más: los que no se han visto hace muchos años, los que
habían deseado conocerse y se encuentran, o no se encuentran
yendo el uno tan cerca del otro, los que se buscan sin saberlo y los
que no debieran haberse encontrado jamás. Y también, ¿por
qué no?, el ser humano que aún espera del viaje un cambio
de destino, ese encuentro que va a transformar su vida y que, sin embargo,
no llega... Se ha citado una palabra comprometida y solemne, la de Destino.
¿A cuántos les alteró el suyo un viaje en ferrocarril?
La literatura lo comprendió muy pronto, e hizo
del tren el escenario de obras famosas y de obras mediocres. Se han
comenzado estas páginas por la mención indirecta de una
de ellas, muy famosa en otro tiempo, desconocida ahora de las generaciones
jóvenes, que, por supuesto, no pierden nada, salvo el conocimiento
de un testimonio. Ni siquiera nos cuenta el cambio de dos destinos,
sino sólo la esperanza de un hombre y de una mujer puesta en
algo que, por fin, no sobreviene y no porque el tren lo estorbe, sino
porque la muerte lo impide. El tren les sirve, a los escritores, tanto
para el cuento y desarrollo de aventuras, pongamos un "Orient—express",
como para el planteamiento de cuestiones muy graves, como la de aquel
hombre que viaje frente a un desconocido al que, en un momento dado
y sin razón aparente, arroja por la ventanilla: del razonamiento
que se hace sale la teoría del acto gratuito, y el autor se llama
Gide. Parece, a primera vista, difícil que el teatro lo aproveche
como escenario, y, sin embargo, se hizo, y un autor español reciente,
Claudio de la Torre dio muestras de saber hacerlo. Pero el gran aprovechador
del tren como elemento narrativo ha sido el cine, llevando a la pantalla
temas ya conocidos o creando argumentos propios. El Shangai exprés
ventura lo que sobreviene, sino la catástrofe o, en coyuntura
más vulgar, el retraso. Descartados uno y otro de los presupuestos
normales, con Marlene Dietrich o el Pacífico Oeste con Bárbara
Stanwick. La enumeración sería interminable e incluiría
algunas obras maestras de la imaginación o de la intriga. La
misma literatura revolucionaria halló en el ferrocarril materia
u omisión: recuerdo "El tren blindado...", de Vsevolod
Ivanov.
¿Por qué los aviones, tan limpios y tan
rápidos, no son propicios a la aventura ni favorecen el azar?
Simplemente porque sus pasajeros no se miran a las caras, porque en
ellos no existe confrontación, sino, todo lo más, una
visión lateral, un mundo de perfil, y porque el desplazamiento
hacia un posible centro de interés no es fácil ni la estructura
interior del artefacto la favorece. No es corriente que en el avión
se inicien amistades, o se hagan negocios, o se concierten noviazgos
o se originen rupturas matrimoniales. Cuando el avión se utiliza
como escenario de una historia, lo general es que venga preparada del
exterior, que sus prolegómenos se anticipen al viaje y hallen
en él o su final o la parte más importante del desarrollo.
Piénsese, por ejemplo, en los secuestros aéreos. Es cierto
que algunos trenes modernos imitan a los aviones en eso de la confrontación,
pero conservan un pasillo central por el que son lícitos los
desplazamientos sin previsible molestia del personal, pues a un lado
se halla el bar y al otro los servicios; no conozco, sin embargo, ninguna
narración que transcurra en un Talgo. Que los de otra clase,
los tradicionales, y todo el mundo que han creado alrededor, que por
sí solo merecería muchas páginas, con esos amplios,
alucinantes espacios cubiertos de vías cuyos movimientos gobierna
una torreta, y la soledad de la estación pueblerina, y la problemática
entera de los ferroviarios, que todas estas cosas, digo, mantengan entero
su valor literario, se pone de manifiesto en este libro de narraciones
con el ferrocarril como tema directo o punto de referencia. Recuerdo
que, de niño, oía decir: "Dentro de treinta años
habrán desaparecido los trenes". Han pasado muchos más,
y todavía me sirvo semanalmente de ellos para mis viajes profesionales,
y no parece que se haya decretado su desaparición. Mientras existan,
sigue siendo posible que, en la estación de París (la
gare d’ Austerlitiz probablemente), emprenda su viaje de regreso un
muchacho poeta que viene de curarse del mal de amor, y que "cuando
esté dispuesto a pasar bien la noche, muellemente acostado",
suba al tren una señorita tuberculosa que no sabe todavía
sí, algún tiempo después, vivirá o no. El
tema, hoy, es de los que un novelista de calidad, antes de usarlo, lo
mira y lo remira y acaba por rechazarlo; pero como el mundo da muchas
vueltas, ¿quién sabe si otra vez la llegará su hora? Por
lo pronto, el autor del poema, tras medio siglo de ostracismo y menosprecio,
encuentra nuevos defensores. El tren los tendrá siempre, yo uno
de ellos.
Quería terminar este prólogo con la mención
de dos versos, fruto del estro de otro poeta igualmente olvidado, pero
que en el tiempo de su fama fue de los partidarios del progreso y de
otras ideas avanzadas. Se llamó don Gaspar Núñez
de Arce, y, entre varias historias rigurosamente versificadas, nos contó
aquella de Felipe II y de Escobedo, con expresa mención del Escorial.
No la tengo ahora a mano, me fío de recuerdos, pero me falla
la memoria en este intento de traer a cuento a propósito de qué
o por qué razón el poeta citado nos endilga estos versos:
| Y
a lo lejos silba y pasa |
| la rauda locomotora. |
Que son, precisamente, los últimos, y actúan
un poco de epifonema y otro poco de la esperanza racional después
del oscurantismo. Quería, repito, terminar con su mención,
y que fuesen también epifonema de mis páginas; pero las
palabras se escurrieron hacia otros derroteros, y ahora no encuentro
el modo razonable de ensartarlos. Ahí quedan como algo que no
encontró acomodo disponible. Se verá que son buenos para
una cita. Con la intención de que sirvan a otro los abandono,
y no muy decepcionado, pues sé hace mucho tiempo que cuando corre
la pluma -en este caso, la máquina- suele llegar a lugares imprevistos:
como un tren que se hubiera vuelto loco.
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