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Premios del Tren de Poesía y Cuento:Prólogos y otros textos
  Premios del tren 2008
   Índice de prólogos
  Presentación "Premios del Tren 2008"

Premios Antonio Machado
Luis García Montero y Jesús García Sánchez

 

Cuentan las historias de los ferrocarriles españoles que tanto los vagones como las locomotoras en sus comienzos fueron construidos en Londres y que los coches de primera clase tenían ventanillas corredizas, los techos recubiertos con cueros resistentes, las molduras y las manijas de bronce y los exteriores de caoba. Los asientos estaban recubiertos con cojines de paño. Las dimensiones se ajustaban a cinco varas y veintiuna pulgadas de largo, dos varas y siete pulgadas de ancho por el fondo y de alto una vara y tres cuartos. En el otro extremo de la oferta, los vagones correspondientes a la tercera clase tenían cuatro varas y media de largo, dos varas y media de ancho y en sus recubrimientos la madera empleada era más modesta, de pino. El gran escritor y extraordinario humorista Enrique Jardiel Poncela evocó en un poema humorístico las diferencias sociales de los vagones, destacando la importancia de “la gente o concurrencia / con que cuenta cada cual”:

Como seres fraternales
son las tres bastante iguales;
mas su índole es diferente;
sobre todo interiormente
y en sus contactos sociales.
Pues su mayor diferencia,
además de la existencia
que lleva en general,
es la gente o concurrencia
con que cuenta cada cual.
De las tres, la distinguida,
la elegante y la coqueta,
es la Primera, que cuida
de tratar gente escogida
que la mima y la respeta.

(.)

Y la tercera, que es
la humilde de entre las tres,
y que de público espera
al campesino, al payés,
al obrero y a la obrera:
gente pobre y bullanguera
de la cabeza a los pies,
va en cambio de compañera
constante de la primera
cuando el tren es un expres.

El ferrocarril, sus vías, sus trenes, sus locomotoras, sus vagones, sus pasajeros, sus andenes, sus guardagujas, sus túneles, sus jefes de estación, han sido motivo constante de inspiración y tema estimulante para nuestros poetas y cuentistas. El tren recorre las vías de la literatura de manera entusiasta, con visión industrial y de progreso, a veces cómplice, a veces camino de evasión, a menudo jocosa ("Entre los inventos mil / ninguno tan portentoso / como el ferrocarril"), y así continúa su marcha. Los tiempos han cambiado,  los accesorios que rodeaban el gran invento del siglo XIX se han modernizado en todos sus elementos, como también la propia narración y la poesía  han evolucionado. El tren expreso de Campoamor ya no es, como señalaba Jacinto Benavente, el breviario de amor del ferrocarril. La  velocidad y los nuevos medios se han apropiado de los individuos transformando sus hábitos y la manera de utilizar el tiempo, pero no han variado en nada ese motivo de inspiración que desde sus inicios ha sido el ferrocarril.

Ya han desaparecido aquellos vagones reales "divididos en un saloncito, un gabinete, retrete y tocador; el salón tapizado de raso azul celeste, con colgaduras de terciopelo del mismo color, ricamente bordadas; en los cuatro ángulos hay cuatro preciosos sillones, y en el medio un elegante diván circular, en cuyo centro se eleva un jarrón de plata sobredorada, guarnecido de topacios y esmeraldas; el gabinete es de maderas finas. En el lado que da frente al saloncito aparece un diván de tafilete encarnado; las otras dos divisiones corresponden al lujo y buen gusto de las que hemos descrito".  Esos opulentos esplendores han sido modificados y adaptados. Ya no podría cantar Miguel de Unamuno en su Rosario de sonetos líricos:

"Velan el sol con su humareda sucia,
Turbando el sueño de Isabel, los trenes."

Todo ha cambiado. La carbonilla, las literas, los bocadillos de tortilla española, los interminables túneles, se han transformado a lo largo del tiempo  en maquinarias aerodinámicas y veloces, llamativas y elegantes, a las que bien podrían adaptarse los versos de Gabriel y Galán:

Mirad como devora
la distancia en la audaz locomotora
que creó gallardísima y ligera;
mirad como perfora
la montaña que estorba su carrera.

Pero ese vértigo tecnológico ya no significa miedo, sospecha sobre el progreso, sino confianza en la capacidad del ser humano para ordenar su vida, sus espacios y sus tiempos. Todo ha cambiado menos la obsesión de los creadores, su deseo de cantar a los ferrocarriles. Se trata del “tren mansuelo de orden e ironía / que vas rezando el hilo del trayecto. / Tu eres cauce ejemplar de la poesía, / motivo a la presión del intelecto”.  Así lo señaló Gerardo Diego, y así es: cauce ejemplar de la poesía que este año ha motivado que 436 autores se hayan presentado al  prestigioso Premios del Tren “Antonio Machado” de Poesía, anualmente concedido por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. Siempre bajo la dirección de Carlos Zapatero Ponte, y después de distintas y escrupulosas lecturas por parte del comité de lectura seleccionador, un jurado compuesto por Emilio Lledó (de la Real Academia Española), Luis García Montero (Coordinador del comité de lectura de cuento), Jesús García Sánchez (Coordinador del comité de lectura de poesía), Álvaro Salvador (ganador del premio de poesía 2007), Joaquín Tejeiro (ganador del premio de cuento 2007), Manuel Nüñez Encabo (director de la Fundación Antonio Machado), Juan Miguel Sánchez García (vocal del patronato de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles) y Juan Altares (director de actividades culturales de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles) que actuó como secretario, se reunió el 30 de octubre en la sede de la propia Fundación, en el Palacio de Fernán Núñez de Madrid, para conceder los premios correspondientes al año 2008.

Por la calidad de los trabajos presentados al concurso siempre es difícil encontrar una obra que los miembros del prejurado y el jurado voten por unanimidad, siendo inevitable el debate y la discusión literaria sobre las obras presentadas, que en esta edición fueron 551. Después de distintas votaciones y numerosas controversias el primer premio en la modalidad de poesía, dotado con 15.000 euros, le fue concedido al poema  “Aquellas tardes”, presentado con el seudónimo de Real de catorce. Abierta la plica el autor resultó ser Marco Antonio Campos, poeta, narrador, ensayista y traductor, nacido en México en 1949 y autor de más de una treintena de libros publicados. Su obra ha sido galardonada en su país de nacimiento con distintos y reconocidos premios, así como en España y Chile. Un autor de reconocida trayectoria y con el que el Premio de los Ferrocarriles se consolida aún más.

El segundo premio, dotado con 5.000 euros, fue para Javier Vela por su poesía Último día de marzo. Gaditano nacido en Madrid en 1.981, hasta la fecha ha publicado cuatro libros de poesía. Se le concedió el Premio Adonais en 2004. Además de estos dos merecidísimos premios, también se concedieron cuatro accésit a las obras presentadas por Ängela Álvarez Sáez de Madrid, Juan Antonio Bernier de Córdoba, Blas Muñoz Pizarro de Valencia y Juan José Vélez Otero de Sanlúcar de Barrameda de Cádiz.

Y si profundamente disputados fueron los Premios de Poesía, tanto que algunos de ellos estuvieron por momentos cercanos al galardón, lo mismo ocurrió en la modalidad de Cuento. Se presentaron 1.139 trabajos, un número notable que evidencia, si sumamos las 551 obras poéticas, que esta convocatoria ha contado con el respaldo de 1.690 propuestas, procedentes de 32 países. El jurado fue el mismo, y procedió a conceder los premios narrativos inmediatamente después que los poéticos, el mismo día y en el mismo lugar.

El Premio de Cuento, igualmente dotado con 15.000 euros, lo obtuvo el escritor madrileño Benjamín Prado con su obra “El viaje”, presentado con el lema Dylan. Prado es autor de más de media docena, de novelas la última de las cuales, Mala gente que camina, ha obtenido un extraordinario éxito de crítica y de público. Su último libro de poemas, Marea humana, fue el ganador del premio Fundación de la Generación del 27.  En el año 2.004 ya había ganado el de los Ferrocarriles en la modalidad de poesía.

El segundo premio, dotado con 5.000 euros fue para el escritor y compositor argentino Diego Paszkowski con su cuento “Una enorme tela de araña”. Es profesor de la Universidad de Buenos Aires, está a cargo del Taller de Escritura para jóvenes y dirige varias colecciones de cuento en su país. Ha ganado, entre otros premios, el que convoca el diario La Nación en Buenos Aires.

Los autores finalistas premiados con accésit fueron Miguel Barreras Alconchel, de Zaragoza; Pilar Clemente Arellano, de Barcelona; Juana Cortés Amunárriz, de Hondarribia, Guipúzcoa, y María Ángeles Torrejón Vázquez de Sagunto, Valencia.

Todas estas composiciones literarias se suman a la tradición, a la hermandad establecida entre la literatura y el ferrocarril. La creación literaria busca lugares, escenarios en los que las experiencias de los individuos coincidan con la realidad colectiva, para que la vida cotidiana, el deseo o el miedo personal, la ilusión o la desesperación, se abracen con la historia social. Y pocos escenarios hay como el tren para que los personajes se encuentren con el mundo, con las ciudades, los campos, la tecnología, las modas, los acontecimientos y los equipajes.

Hay otro aspecto que merece ser destacado. El tren, como escenario, posibilita en la amistad entre desconocidos. Ocurre lo contrario que en los paisajes de la multitud, en los que, como afirmaba Baudelaire, se produce una reunión de soledades. Gente aglomerada, anónima, se aprieta sin nada que decirse y forma una inmensidad desolada. En los vagones del tren, los desconocidos se sientan y convocan un extraño deseo de intimidad. Los viajeros tienden a contarse su vida. La literatura es también un diálogo entre soledades, la coincidencia de un autor y un lector en un viaje único. Parece lógico, pues, que un escenario como el tren, que provoca la unión de la experiencia singular y la historia colectiva, y que facilita la intimidad entre desconocidos, se convierte en una repetida invitación a la literatura. Sus posibilidades, siempre renovadas, se demuestran cada año en los Premios del Tren.

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