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Premios del Tren de Poesía y Cuento:Prólogos y otros textos
  Premios del tren 2010
 
   Índice de prólogos
 

 Presentación "Premios del Tren 2010"

El tiempo, el tren, la poesía
Luis García Montero y Jesús García Sánchez

 

En la edición del último año de los poemas y cuentos ganadores del Premio que anualmente convoca la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, recordábamos la cercanía que nuestro Premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre mantuvo con los trenes. El poeta llegó incluso a trabajar en las oficinas de Renfe. Este año queremos recordar a otro de los poetas considerables que también ejerció funciones importantes en el mundo ferroviario. Vicente Wenceslao Querol fue Secretario General de la  Sociedad de los ferrocarriles de Almansa a Valencia y Tarragona y, ya en Madrid, alcanzó a ser jefe de tráfico de M.Z.A. Querol fue un poeta que sobresalió durante el período realista, postromántico, de gran poder evocativo y sugerente. No es extraño que llamase su atención el paso del tren por los paisajes naturales de España:

Miradle; rebramando el monstruo fiero
sueltas al viento sus nevadas crines,
con ímpetu altanero
salva de Edeta Alegre los confines.     
   
Ya por los valles cóncavo retumba
su estridente rugido;  
ya en las llanuras castellanas zumba,
y entre el fragor sonoro
de sus miembros de hierro, álzase erguido
el hombre y rige sus tirantes de oro

La inquietud y la fascinación por el invento moderno palpita todavía en los versos de Querol. Son muchos los poetas, novelistas y pintores que, desde los inicios del ferrocarril, han cantado de diversas maneras a ese monstruo de hierro que surcaba los campos, atravesaba las montañas y saltaba entre los ríos. De su belleza y de sus novedades, de sus virtudes y maravillas, dan cuenta los poetas. El tren aparece en el arte, pero casi siempre desde el exterior, como espectáculo que recorre un paisaje o abre nuevas perspectivas, a través de la velocidad de sus ventanillas, sobre la Naturaleza. Pocos poetas, sin embargo, han prestado atención a los propios viajeros, con sus expectativas y sus problemas. Se llegaron a contar, eso sí, algunas historias sentimentales despertadas en el viaje, como ocurre en El tren expreso de Campoamor. Pero los detalles sociológicos del propio viaje, los detalles que afectaban a la vida cotidiana, quizá porque se suponían conocidos en la época,  quedaban en silencio. Y no está mal recordar los contextos.
Son muy escasas las creaciones en las que se nos hace saber que, en los primeros años, al tiempo que el viajero compraba el billete para el viaje, había de procurarse también una manta de lana y una gorra para el trayecto, además, y según las crónicas de la época, de un paraguas, un bastón y un sable. El tren era un modo de locomoción bastante peculiar que hasta pasados los años no irrumpió en la sociedad como un medio seguro, rápido y cómodo. Las aventuras sentimentales se desarrollaban en un escenario de riesgo, en una selva de peligros y libertades. Las diferencias sociales entre los viajeros caracterizaban y matizaban las formas de hacer el viaje.  Los cestos, capachos y macutos definían la atmósfera de los pasajeros humildes. Las maletas eran propiedad de vecinos más acomodados, aunque entre ellas se evidenciaban jerarquías, útiles para detectar la verdadera posición del viajero. No era lo mismo llevar maletas de madera atadas con fardos, de cartón o de fibra.
Los tiempos siempre cambian, evolucionan junto al tren. Estas diferencias ya no son visibles. Todas las maletas son parecidas, preferimos esconder el dinero y las distancias, quizás porque las llevamos más dentro de nosotros que nunca. Todas las maletas se parecen, nos homologan, sobre todo en la ignorancia de quién detenta el poder. Con las nuevas velocidades que marcan los trenes, ha aparecido incluso un nuevo tipo de viajero, el viajero sin equipaje. Además,  a todos nos iguala el sonido del teléfono móvil en los trenes.
Viajar en tren, hacer un viaje, era en el pasado una especie de aventura con tintes románticos, que había que preparar con detalle y paciencia. Los trayectos se demoraban largas horas y resultaba inevitable que en el interior se produjese un ambiente amigable y cordial, que posibilitaba con frecuencia meriendas compartidas, confesiones mutuas y nuevas amistades. La intimidad entre extraños es una buena atmósfera para la literatura. Los tiempos eran prolongados y había horas suficientes para la conversación. Decíamos antes que no eran muchos los poetas que se preocupaban por atender al tren desde su interior sociológico. Pero sí hay claras huellas de la intimidad del viajero. La intimidad compartida con otros, o la intimidad como refugio último de la conciencia individual. Otro Premio Nobel español, Juan Ramón Jiménez,  retrató en sus poemas el ferrocarril. Desde su interior, escribe este poema lleno de sentimentalismo, delicadeza y melancolía, que acaba con una añoranza de la intimidad compartida:

El tren arranca, lentamente. El pueblo viejo
tiene en sus grandes casas, sucias y silenciosas,
una opaca, doliente y suave claridad,
perdido entre las gasas azules de la aurora.

Se ven calles sin nadie, con las puertas cerradas,
un reló da una hora desierta y melancólica,
y, en una pared última, cerca del llano verde,
vacila, polvorienta, una triste farola.

Llovizna. Algunas gotas mueren en el cristal.
Los molinos de viento son vagamente rosas.
Huye más el paisaje… Y la ciudad se pierde
allá en el campo inmenso, que un sol difícil dora.

… Desde el lecho, abrazados, sin nostaljia y sin frío,
fundiendo en una sola las ascuas de sus bocas,
dos amantes habrán oído, como en sueños,
este tren lento, largo de cansancio y de sombra.

Cada cual ve e imagina una cosa distinta desde la ventanilla del tren. Los paisajes de la realidad responden al corazón, aunque las condiciones concretas de la perspectiva tienen también su importancia. Los pasajeros más afortunados, que ocupaban una localidad junto a una de las ventanillas del vagón, podían observar  los campos de labranza y cómo los trabajadores dejaban a un lado los aperos para saludarles. Los habitantes de las casitas cercanas a las vías, se asomaban a sus ventanas y a sus puertas para observar a los viajeros, para despedirles, como si el trayecto fuera hacia el fin del mundo. Necesitaban descifrar qué misterio había en aquella máquina que movía a su espalda tantos vagones. En las estaciones de partida, los viajeros ya habían sido despedidos con ojos llorosos y pañuelos al viento. Luego, en el trayecto, las ovejas y los perros huían despavoridos, mientras las vacas, tan pánfilas ellas, observaban con cierta displicencia lo novedad del humo y el estrépito.
Y no podemos olvidarnos de los vendedores ambulantes, que se habían acumulado en los pasillos de los vagones, ofreciendo cacahuetes, agua fresca o apuestas para las rifas que se celebraban entre estaciones. Se podía aprovechar las paradas para tomar un vaso de leche o a comprar algunas naranjas. Pero no hacía falta bajarse del tren para reponer fuerzas. Los más prevenidos ya tenían extendido en las rodillas un mantel con la correspondiente tortilla de patatas y su consabido ¿Ustedes gustan?  - Que aproveche, gracias. Unos comen, otros juegan, otros leen, otros duermen, y los menos afortunados con la dichosa carbonilla en los ojos. Lo peor es la molesta manera de quitarse la carbonilla: ay, todos los viajeros ven la carbonilla en el ojo ajeno, todos tienen un sistema para combatirla y todos acaban metiendo el pico de un pañuelo y soplando como búfalos en el ojo de los afectados.
Pero todo merece la pena cuando se llega a destino y el viajero se encuentra con el bullicio de la bienvenida. Y si no hay rostros familiares, se puede disfrutar del espectáculo, de la gente que entretiene su tiempo libre y se acercarse a las animadas estaciones de ferrocarril, llenas de vida. No está mal pasar el día observando cómo son los viajeros, cómo llegan, qué se esconde en sus equipajes… O quizás se trata sólo de soñar con las distancias, con las ciudades lejanas. Son escenas de otro tiempo, en el que la velocidad era una noticia tímida, pese a las apariencias y los primeros miedos. Se trataba de la velocidad justa para unir los distintos lugares de la geografía española, pero sin borrar y convertir en una abstracción los kilómetros. Para el pasajero en avión, el paisaje es una realidad virtual, una inexistencia. En la época del poeta Emilio Ferrari, podía verse:

Tierras, tierras y más tierras sin relieves ni accidentes;
un tapiz desenrollado, sin cesar, a nuestros pies,
una tela ajedrezada de cien tonos diferentes,
desde el verde de las cepas hasta el áureo de la mies.

Las nuevas formas de vida, las nuevas tecnologías, los nuevos logros que la ciencia nos ofrece, intentan demostrarnos que todos somos iguales. Poco a poco nos hemos acostumbrado a que el placer de viajar se convierta en un recuerdo histórico. Ahora no viajamos, sino que nos trasladamos de un lugar a otro. Así es. El milagro del tren quizá sea que consigue unir todavía la alta velocidad, consigue avanzar en la carrera de la modernidad, sin perder la mirada de las tierras, la compañía de las verdes cepas, la sensación del viaje. Desde las ventanillas del AVE aún se ve algún saludo desde los campos.
A la edición de 2010 de los Premios del Tren Antonio Machado de Poesía y Cuento, se han presentado 519 y 922 trabajos originales, una cantidad muy notable que da fe de que son unos premios en auge. Junto a la cantidad, debemos destacar la calidad de muchos originales. Formaron parte del jurado en esta edición José Manuel Caballero Bonald, Jorge Galán (ganador de los Premios del Tren 2009 de Poesía), Luis García Montero (Coordinador del comité de lectura de Cuento), Jesús García Sánchez (Coordinador del comité de lectura de Poesía), Luisgé Martín (ganador de los Premios del Tren 2009 de Cuento), Manuel Núñez Encabo (Director de la Fundación Española Antonio Machado), Juan Miguel Sánchez García (Vocal del Patronato de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles) y Juan Altares Lucendo (Director de Actividades Culturales de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles) como Secretario.
Muchas voces siguen uniendo al tren con la literatura. 1201 autores, procedentes de 31 países, han presentado 1441 trabajos, de los que 39 están escritos en catalán y 3 en gallego. El carácter internacional del premio se consolida año tras año, destacando el número de creaciones recibidas de Cuba, Argentina y México. Los Premios del Tren están abiertos a todos los escritores que presenten trabajos literarios de corta extensión que incluyan de alguna forma al ferrocarril en su argumento.
La dotación del Primer Premio en ambas modalidades asciende a 15.000 euros, un segundo premio de 5.000 euros y 500 euros a cada uno de los restantes seleccionados. La dotación total de los Premios del Tren 2010 asciende a la cantidad de 44.000 euros.
Las deliberaciones del jurado para señalar los trabajos ganadores han sido difíciles y complicadas, y no sólo en las sesiones últimas, pues pudimos comprobar que muchos y excelentes poetas y cuentistas no pudieron acceder a las lecturas finales porque la competencia ha sido extraordinaria. Muy pocas veces es posible la unanimidad en una valoración literaria. Pero entre las páginas que el lector tiene en sus manos, encontrará sin duda muestras de excelente calidad. Y esto es prueba de que la literatura en español goza de excelente salud y de que los Premios del Tren están muy consolidados.
El poeta ganador fue Felipe Benítez Reyes, poeta gaditano de primer nivel, que como novelista y poeta ha ganado, entre otros, el Premio Nadal, el Premio Ateneo de Sevilla, el Premio Fundación Loewe, y también el Nacional de Literatura. Como segundo clasificado, quedó el poeta granadino Daniel Rodríguez Moya, periodista experto en poesia latinoamericana, ganador del Premio García Lorca y actual director del Festival Internacional de Poesía de Granada.  Los accésits correspondieron a Enrique Baltanás, ganador entre otros del Premio Luis Cernuda; Raquel Lanseros, accésit del Adonais, Premio Unicaja de Málaga y Antonio Machado de Baeza; Josep M. Rodríguez, que también mereció el Emilio Alarcos de Poesía, y Eduardo Verdú, columnista habitual de el diario “El País” y Premio M. Zurita de Poesía. Seis poetas extraordinarios que hemos tenido la suerte de que hayan participado en esta convocatoria y que engrandecen con su obra el historial de los Premios del Tren.
En la categoría de cuento el Primer Premio fue para Vicente Molina Foix, narrador ampliamente conocido, que ya había sido ganador de los Premios Barral, Azorín, Herralde, Salambó y Nacional de Literatura. El Segundo Premio lo obtuvo la escritora Marta Sanz con otro historial literario lleno de galardones: Vargas Llosa de Cuento, Premio Ojo Crítico, finalista del Nadal, etc. Los accésits fueron para Andrés Barba que ya había ganado el Anagrama de ensayo o el Torrente Ballester, autor de una obra ya traducida a ocho idiomas. Abilio Estévez, escritor cubano nacionalizado español, Premio de la Crítica en Cuba, Premio al Mejor libro Extranjero en Francia, etc. Sus novelas están traducidas a 12 idiomas. Cristina Mejías Irigoyen también galardonada en diversos concursos literarios, y Félix Palma novelista de amplia producción y con numerosos premios conseguidos entre ellos el Ateneo de Sevilla. Su obra está publicada en 30 países.
Con esta notabilísima concurrencia, fácil es comprender que la concesión de los premios fue especialmente difícil. Pero esta dificultad, como hemos dichos, es la consecuencia de que la salud de los Premios del Tren “Antonio Machado” tanto de poesía como de cuento, es envidiable. Siguiendo la larga trayectoria marcada por el Premio de Narraciones Breves “Antonio Machado”, instituido por Renfe en 1975, y organizado desde 1985 por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, la próxima convocatoria de los Premios del Tren se convocará en el mes de marzo de 2011.

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