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Premios del Tren de Poesía y Cuento:Prólogos y otros textos
  Premios del tren 2011
 
   Índice de prólogos
 

 Presentación "Premios del Tren 2011"

Premios Antonio Machado
Luis García Montero y Jesús García Sánchez

 

En el mes de octubre se entregaron en Madrid, en el incomparable marco del edificio palaciego de elegante estilo neoclásico de Fernán Núñez, los premios del Tren “Antonio Machado” de Poesía y Cuento, siguiendo la larga trayectoria marcada por el Premio de Narraciones Breves, instituido por Renfe en 1977 y que desde el año 1985 organiza y planifica la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. En 2002, año en el que cumplía 25 años, ya en sus bodas de plata, se convocó desdoblándose en dos galardones desde entonces: Poesía y Cuento.  Que un premio literario pueda subsistir durante tantos años, y siempre en primera línea, no puede ser producto de la casualidad; sólo es posible tan larga supervivencia si los factores que lo sostienen son claramente profesionales, sus objetivos meramente literarios y sus fines exclusivamente benefactores. La infraestructura de un concurso literario al que año tras año se presentan más de mil trabajos, sería muy complicado de controlar si sobre ella no estuviera la generosidad y el temperamento sumamente benigno y experimentado, tanto como inteligentes y críticos, de ese equipo de profesionales que dirige de manera afectuosa y considerada Juan Altares. De el depende que tantos cientos de trabajos presentados al certamen puedan ser evaluados de manera justa y absolutamente objetiva;  de que cada uno de los seis seleccionadores, todos con un amplio currículum desarrollado en el mundo de las letras y con probada experiencia, expongan sus razones sobre los trabajos y de hacernos comprender que la larga vida del premio es debida principalmente al orden, la seriedad y la ecuanimidad. Eso es lo que exige y eso es lo que intentamos ofrecerle. Y así, con estas premisas fundamentales, hemos conseguido entre todos que los Premios del Tren estén considerados como uno de los más importantes y reconocidos del mundillo literario tanto en España como en Hispanoamérica. Así lo atestiguan los numerosos poemas y cuentos que llegan para competir en cada una de las convocatorias, además de la nómina de escritores de reconocida solvencia que a ellos concursan.

La concesión de los Premios coincide con la conmemoración del primer trayecto peninsular sobre raíles, el día 28 de octubre de 1848. La historia del tren es nuestra historia, nuestra vida ha crecido alrededor de sus estaciones y hasta dentro de sus vagones, en sus departamentos y en sus pasillos. Soñando que las estaciones se quedan con nosotros, mientras las locomotoras llegan, se detienen brevemente y marchan hasta desaparecer por el horizonte. Y si los andenes y vagones, su velocidad y sus vías paralelas, que dejan de serlo en la distancia,  han sido motivo continuo para nuestras fantasías, la realidad nos enseña que además, el tren, ha sido el utensilio, el aparato que más ha colaborado para el desarrollo de las naciones.

Es evidente que una novedad tan llamativa, tan ruidosa, tan espectacular en todos los sentidos no podía dejar indiferente a nadie, y mucho menos aún a los escritores, poetas o novelistas. No son pocos los que opinan que la historia de la humanidad se comprende mejor leyendo a los creadores, que la microhistoria que desarrollan en sus obras es más válida para interpretar cualquier período histórico, que su visión de la realidad es más ajustada.  Las consecuencias  que la entrada de los ferrocarriles ocasionaron, con todos sus problemas y todas sus virtudes, tenían que ser motivo de polémica y asunto sumamente complicado y dispar. Si los terratenientes estaban convencidos de que la llegada del monstruo les causaría considerables pérdidas, si había quien aseguraba que la construcción de aquellas monstruosas torres eléctricas y aquellos caminos de hierro que parecían  el camino al infierno eran el principio del fin de la estabilidad, las mentes más lúcidas consideraban que para el progreso eran necesario esos sacrificios.

            Leopoldo Alas “Clarín” en su cuento “Adiós Cordera” utiliza el tren como medio desestabilizador de una familia de paisanos, porque es el vehículo que se lleva la vaca de una familia humilde; el símbolo del mundo enemigo que les arrebataba, a ellos, modestos aldeanos, a su compañera para llevarla al matadero de la misma manera que poco después se llevaría al hermano mozo para servir en la guerra: el campo, la vida placentera que se encuentra invadida por el progreso inevitable. No llega Leopoldo Alas a considerar el tren como un enemigo de la humanidad, pero tampoco advierte que los nuevos aires de prosperidad y desarrollo llegarán de su mano. En otro de sus relatos, que se desarrolla en el interior de un vagón de ferrocarril, simboliza el tren como medio de huida de una vida insatisfecha, de abandono de un pasado y, quizás como punto de partida de un futuro. Mucho más perspicaces fueron los escritores franceses, Émile Zola lo considera como un invento primordial y extraordinario,  mientras Victor Hugo encuentra en el ferrocarril el anticipo de una nueva civilización, el preámbulo de un nuevo mundo que será capaz de articular, como así ocurriría, todas las esquinas de las naciones.

Distintas maneras de considerar los beneficios o los perjuicios de esa extraordinaria y grandiosa novedad  que significaba la llegada de este nuevo medio de locomoción que podía asustar a los paisanos o de llenarlos de orgullo; de observar la novedad con indiferencia, como de intranquilizar a las comunidades o como incierta búsqueda de la prosperidad. Y aquí es necesario mencionar a uno de los genios de la novela del siglo XX, Thomas Mann, que en esa inolvidable y majestuosa novela que es “Los Buddenbrooks”, no deja lugar a duda alguna: la llegada del ferrocarril es imprescindible para el desarrollo comercial de su condado y de ninguna manera pueden quedar marginados, hay que procurar de todas las maneras posibles que el tren estacione allí, es necesario que las conexiones con el puerto de Hamburgo se agilicen y sólo es posible de esa manera. El tren no sólo es el símbolo del progreso, es el medio esencial para el desarrollo y la prosperidad.

Los viajes en ferrocarril en el marco de la literatura española han sido materia ampliamente utilizada, aunque de muy distintas formas y maneras, cosa muy lógica porque los tiempos cambian y con ellos los efectos  y también las miradas. Durante los primeros años en los que los raíles comenzaban a poblar los caminos en España, los novelistas se recreaban narrando sus peripecias con sorpresa, con curiosidad, como simple medio para una narración, como materia novelable o como novedad imprevista pero, hasta cierto punto admirable. Ya a finales de siglo, con los componentes de la llamada Generación del 98, olvidado el desconcierto y la inquietud que había provocado en sus inicios, les llama la atención este vehículo que les proporciona un lugar para sosegarse, para meditar, para examinar ese paisaje de España que tanto les apasiona y les llama la atención, que les convoca al ensimismamiento y a la reflexión y que inevitablemente les conduce a ese pesimismo que formaba parte del espíritu en el que vivían, en el que estaban sumergidos.   

Pero es con la llegada de las vanguardias literarias que el concepto del viajar en tren  se transforma en un concepto menos espiritual y más virtual. Con la llegada de otros medios de comunicación como los automóviles y el avión el concepto del viaje ya no es el mismo. La velocidad que imponen estos nuevos medios, sin duda superior a la que ofrece el tren, es motivo frecuente en las nuevas poéticas que se van imponiendo, desde los futuristas italianos que capitanea Marinetti. Pero la belleza que les ofrece las imágenes de las locomotoras, el vapor que desprenden, el hilo de nube blanca que se desliza con su paso no son reemplazables por su indudable atracción, como tampoco lo son el molesto hollín que desprenden sus máquinas, o aquellos entrañables jefes de estación con  sus banderillas señalizadoras y sus inconfundibles y atractivas gorras. Escribía Marcel Proust en “Sodoma y Gomorra” que  “desde que existe el ferrocarril la necesidad de no perder el tren nos ha enseñado a contar los minutos, mientras que en el mundo de los antiguos romanos, en el que, además de que la astronomía era más elemental, la vida era menos apresurada, apenas existía la noción, no ya de los minutos, sino ni siquiera de las horas fijas”. Ni el avión ni los automóviles podrían desplazar la importancia del ferrocarril de la vida cotidiana, como tampoco pudieron triunfar en el imaginario de los poetas. Como tampoco todo lo que le, rodea con cada de sus particularidades que le hacen tan nostálgico y tan distinto. Rafael Alberti llama a las locomotoras “férreas amazonas”; Francisco Ayala se refiere a su gracilidad y presteza así: “los trenes –despeinados, heridos- se doblaban contra un costado. Abrían gritos de espanto. Desgarraban el paisaje”, y a las siempre tan añoradas estaciones Gerardo Diego escribía que eran como un nido de trenes.

La nómina de escritores y poetas que han cantado el tren es interminable, pero este año desde este Premio del Tren queremos recordar a uno de los poetas más auténticos y necesarios que tuvo la poesía española desde mediados del siglo pasado. Gabriel Celaya nació en 1911 y este año es el centenario de su nacimiento en Hernani, Guipúzcoa, ciudad en la que también reposan sus cenizas junto a las vías del tren, en un bosquecillo.  En uno de sus más celebrados poemas, “A solas soy alguien”, emplea tren  para conseguir una lograda asonancia y una melodiosa sonoridad eufónica, pero no sólo eso porque también lo muestra como símbolo de la modernidad que en forma de anuncios y luminosidad artificial se amontonan por las avenidas, por las calles de las ciudades. Como sentido homenaje a quien ha sido una pieza importante en nuestra poesía reproducimos este poema:

A SOLAS SOY ALGUIEN

A solas soy alguien.
En la calle, nadie.

A solas medito,
siento que me crezco.
Le hablo a Dios. Responde
cóncavo el silencio.
Pero aguanta siempre,
firme frente al hueco,
este su seguro
servidor sin miedo.

A solas soy alguien,
valgo lo que valgo.
En la calle, nadie
vale lo que vale.

En la calle reinan
timbres, truenos, trenes
de anuncios y focos,
de absurdos peleles.
Pasan gabardinas,
pasan hombres “ene”.
Todos son como uno,
pobres diablos: gente.

En la calle, nadie
vale lo que vale,
pero a solas, todos
resultamos alguien.

A solas existo,
a solas me siento,
a solas parezco
rico de secretos.
En la calle, todos
me hacen más pequeño
y al sumarme a ellos,
la suma da cero.

A solas soy alguien
valgo lo que valgo.
En la calle, nadie
vale lo que vale.

A solas soy alguien,
entiendo a los otros.
Lo que existe fuera,
dentro de mí doblo.
En la calle, todos
nos sentimos solos,
nos sentimos locos.

A solas soy alguien.
En la calle, nadie.

En el mes de marzo se había convocado la décima edición de los Premios del Tren “Antonio Machado” de Poesía y Cuento. El plazo de presentación de originales permaneció abierto hasta el día 10 de junio. Cerrado el plazo dicho día se habían presentado 1.282 obras, de las cuales 482 participaban en el Premio de Poesía y 800 en el Premio de Cuentos. Como muestra de la universalidad de este concurso literario hay que observar que desde 29 países han remitido trabajos al certamen, cifra muy significativa, como también lo es que 26 estuvieran escritas en catalán y 6 en gallego. Curioso es que en la presente convocatoria ninguno de los recibidos estuviera redactada en euskera.

La dotación para cada una de las dos modalidades del Primer premio asciende a 15.000 euros, con un segundo premio dotado con 5.000 euros y cuatro accésit que reciben cada uno 500 euros.

Del jurado de esta edición han formado parte Rosana Torres, periodista del Diario El País; Luis García Montero y Jesús García Sánchez como representantes del Comité de lectura; Felipe Benítez Reyes y Vicente Molina Foix, como ganadores de la convocatoria del año anterior, 2010, en poesía y cuento respectivamente; Manuel Núñez Encabo, director de la Fundación Antonio Machado; Juan Miguel Sánchez como representante del Patronato de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, y Juan Altares, director de Actividades Culturales de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, que actuó como Secretario del jurado.

Cuando se presentan cerca de 500 poemas para un solo premio, la elección siempre es muy complicada, pero si como ocurre desde hace años que la calidad de los poetas presentados es notoria, aún es más complicado. Desde hace años la calidad de los concursantes es muy alta, y aunque por ello las dificultades para ser justos y equitativos son mayores, la satisfacción también lo es porque eso demuestra que las cosas se están haciendo bien; que la confianza en la honestidad de quienes en sus manos tienen estas decisiones, a veces tan difíciles, es considerable. Los trabajos ganadores siempre se publican, los seis que quedaron finalistas en cada modalidad, y esto aún nos hace ser más exigentes porque a la vista de todos ustedes quedan nuestras decisiones finales. En el Premio de Poesía  el primer premio recayó en Raquel Lanseros, poeta que a pesar de su juventud, ya ha merecido diversos y prestigiosos premios en el ámbito nacional, con obras editadas en Colombia, Perú, México, etc., por el poema “Cayo Hueso – Dublín”. Sin duda Lanseros es una poeta muy interesante, que representa de manera excelente la buena salud con la que cuenta la poesía española actual, y con la que sin duda hay que contar. Poco menos hay que decir de Juan Carlos Abril que quedó como segundo premio, y que también ha publicado ya varios libros con amplia resonancia en los medios literarios por su cuidado vocabulario y su tino poético tan limpio y preciso, con su poema “Un moderno dragón”. Dos premios merecidos, pero que estuvieron peleando por los galardones hasta el final con otros cuatro que bien podrían haber cambiado las tornas. No era sencillo dejar en el camino a poetas como Emilio Quintanilla Buey (“Crisol de ausencias”) de tan amplio recorrido y reconocimiento, con más de una veintena de premios en su haber; o a Aurora Guerra Tapia (“Meteoro en la huella”) que presentó un poema lleno de precisiones lingüísticas y de sugerentes imágenes; o a Adolfo Cueto (“Ventanillas”), poeta de la misma generación que los dos ganadores y que poco tiempo antes había recibido el prestigioso Premio de Poesía Emilio Alarcos. Es la primera vez que el Premio de Poesía Antonio Machado recae en una mujer, como también lo es que hayan sido tres mujeres y tres hombres los finalistas. Desde Colombia nos llegó “Polifonía sobre rieles” de Consuelo Hernández, que ha publicado diversos libros en Colombia, Venezuela y ha sido editada en varias ocasiones en Estados Unidos en ediciones bilingües. Todos estos poetas tienen reconocida consideración y desde el Premio del Tren no podemos menos que congratularnos por haber recibido sus trabajos y de felicitarles por sus obras.

Y si brillante ha sido la concurrencia para el Premio de Poesía, de espectacular podemos decir que ha sido la de Cuento. Dos de los más interesantes escritores de la actualidad en España se han presentado al mismo. Es un verdadero honor para el premio que autores como Eduardo Mendicutti y Abilio Estevez  hayan considerado la posibilidad de acudir a este certamen. Mendicutti se alzó con el galardón con el cuento “El último vagón” y Estevez mereció el segundo premio con “Colina de Ettersberg”. Difícil decisión la que tuvieron que tomar los miembros del jurado, tan disputada hasta el final. Son dos brillantes escritores, de reconocido prestigio y totalmente consolidados dentro de la literatura que hoy se escribe en español. Eduardo es andaluz y Abilio de Cuba. Las dos orillas  De entre los 800 cuentos que se habían presentado, además de los de  estos dos estupendos cuentistas, se seleccionaron “Tú la llevas” de Miguel Barreras Alconchel; “El último tren” del también reconocido poeta Javier Bozalongo;” Memoria de los ferrocarriles” de Miguel Ángel González y “La Carolina en mente” de Ignacio Jaúregui Presa, todos ellos, los cuatro, magníficos cuentos, brillantes narraciones que nos demuestran que si la salud de la poesía española actual es excelente, no es menor la de los cuentistas. Así lo pueden ustedes comprobar leyendo este libro que les ofrece la Fundación de los Ferrocarriles Españoles.

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