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Premios del Tren de Poesía y Cuento:Prólogos y otros textos
  25 años narraciones breves "Antonio Machado"
 
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 25 años narraciones breves "Antonio Machado"

La Fundación de los Ferrocarriles Españoles ha editado los relatos ganadores a lo largo de los 25 años de historia del Premio de Narraciones Breves "Antonio Machado". La presentación del libro corre a cargo del Premio Nobel Camilo José Cela, cuya presencia como presidente del Jurado del Premio durante más de una década ha garantizado la elevada calidad literaria alcanzada en todas sus ediciones. La obra también incluye la historia del Premio, realizada por el crítico literario Rafael Conte.

El cuento español en libertad
Rafael Conte

 

No nos engañemos, no hay ninguna relación profunda entre la literatura y la democracia por lo que el título de estas líneas puede ser considerado abusivo en cierto modo, si no hacemos esta salvedad de aplicarlo a la época a la que nos referimos, tras comprobar que todos estos cuentos que aquí se reúnen han sido escritos, premiados y publicados durante el primer cuarto de siglo de la actual democracia española. Escribir nunca es fácil, y aunque es posible que sea más fácil escribir con libertad que sin ella, quizá es también más que probable que la libertad de toda obra literaria sea ajena a la circunstancia en la que se haya escrito, y que en el fondo se trate de algo que se tiene que ganar a pulso desde su propio interior, desde las profundidades mismas de su necesidad interna: la escasa libertad en la que vivió Cervantes nada tiene que ver con la asombrosa libertad de la que goza "El Quijote".

Pues, además, las relaciones de esta tierra llamada España con la literatura que sus habitantes han producido y producen a lo largo del primer milenio de existencia de su incomparable lengua han sido bastante conflictivas siempre, y esos conflictos son todavía más complicados cuando hablamos de este género literario que denominamos "cuento", el apelativo que al final hemos aceptado para referirnos al relato breve en prosa, para distinguirlo del largo (la novela y la novela corta), o del texto escrito en poesía o del destinado a ser representado en un teatro, hoy bastante de capa caída como literatura propiamente dicha. Entre los primitivos "apólogos", "ejemplos" o fábulas, que podían escribirse en verso a veces, cuyos orígenes fueron orientales entre nosotros (el "Panchatantra"), de donde surgieron los escritos de don Juan Manuel y Juan de Timoneda hasta las novelas cortas "a la italiana", que Cervantes llevó a su perfección llamándolas "ejemplares", en España ha habido ejemplos gloriosos de todas esas manifestaciones de relatos breves. Entre nuestros clásicos también, los casos de Lope de Vega (las "Novelas a Marcia Leonarda"), de Tirso de Molina (en "Los cigarrales de Toledo") o de la prefeminista María de Zayas (en su "Sarao o entretenimiento honesto") constituyen otras de las mejores muestras de nuestra novela corta, de este género que se revalorizaría después en los tiempos postrománticos cuando autores como Bécquer y Fernán Caballero las llamaban "leyendas" o "costumbres" aún, hasta llegar a finales del siglo XIX para que ya se transforme y empiece a ser conocido como el "cuento literario", que en verdad fundó entre nosotros -y con cuánta fecundidad y amplitud- doña Emilia Pardo Bazán, autora de unos cuatrocientos, que ya no eran "relatos" ni "novelas cortas" más o menos disfrazadas, sino que desplegaban todos los subgéneros temáticos habituales del cuento propiamente dicho, desde los de aventuras a los costumbristas, de los amorosos a los policíacos ("El clavo") y hasta satíricos, para llegar a la cumbre del género que se desplegó con infinita sabiduría en la obra de Leopoldo Alas "Clarín", que llevó el género a su perfección.

Aun así, el realismo narrativo español de finales del XIX prefirió la novela al cuento, salvo el caso de "Clarín" (acaso porque no era de profesión un narrador, sino un crítico que escribía cuentos y dos novelas, como por feliz azar) tal vez porque las condiciones del primer mercado literario moderno eligió dicho género porque era el que mejor se adaptaba al molde del libro para su mejor florecimiento. Y desde entonces el "cuento" ha sido desplazado de nuestro mercado en una costumbre que ha llegado hasta nuestros días y que ha resultado nefasta para el género. El "cuento" en sí se vierte mejor a través de periódicos y revistas, aunque luego puedan reunirse en volúmenes conjuntos que pueden dar lugar aparentemente a "libros" pero que ya no son idealmente lo mismo, y los lectores ya no los consumirán de la misma manera. Una novela puede ser una "obra" en sí, unitaria, única y redonda (o que debe querer serlo en todo caso) y que además puede verterse y comunicarse (venderse) muy bien en forma de libro, mientras que un conjunto de cuentos no se vierte de la misma manera en el mismo molde, en todo caso se tratará de un conjunto de cuentos, que aunque puedan ser magistrales no dejarán de ser una reunión de "obras" distintas y no "una obra" en sí. Los cuentos no se comunican como una "obra", sino como cada cuento en sí, se comunican mejor uno a uno, en una revista, en un periódico, o en un folleto; su reunión, en todo caso, será una colección, una recopilación, un "falso" libro, ya que no es una obra, sino una antología de varias, aunque sea de diversas obras de un mismo autor, en el mejor de los casos (y si ha sido realizada por el escritor mismo, no por antólogos exteriores -"postizos" a la obra- que siempre "rebajan" su nivel "unitario", por bien cualificados que estén en sus respectivas especialidades).

Los postnaturalistas, a partir de Blasco Ibáñez (entre quienes cuento a los sacrificados escritores "revolucionarios" de preguerra, sobre todo los anarquistas, enamorados del género, al que "didactizaron" en exceso quizá) se despeñaron en mediocres novelas cortas, los vanguardistas se limitaron a servirse de él para sus experimentos, los del 98 apenas lo cultivaron -excepto el impávido Azorín, que los derrochaba en sus artículos- y salvo algunas incursiones sueltas de Miró, Gómez de la Serna y Pérez de Ayala, el cuento español no resucitaría hasta bien pasada la guerra, en los difíciles tiempos franquistas, cuando gente como Camilo José Cela, Ignacio Aldecoa o Medardo Fraile devolvieron al género sus cartas de nobleza (y entre otras cosas, Cela los transformaba en "apuntes carpetovetónicos", estampas y colaboraciones en la prensa). La generación mal llamada "realista" de mediados del siglo XX produjo una gran variedad de cuentos y cuentistas de tanta calidad que llevó al género a una pequeña edad de oro a la que sin embargo no se le ha prestado en mi opinión la atención debida, quizá por las dificultades habituales que el cultivo del cuento comporta para su normal difusión y penetración en el mercado, como ya he indicado. Tan es así, que, cuando se produjo entre nosotros el "boom" de la narrativa latinoamericana, que tanto influyó en los cambios generacionales de los nuevos lectores, el esplendor de sus grandes novelas largas oscureció la enorme floración de cuentos que nos llegaban de aquel continente, salvo los casos de Borges y Cortázar, desde luego, que, sin embargo, influyeron más entre los novelistas que entre los cuentistas propiamente dichos.

Pues además, en aquellos difíciles años del régimen anterior, donde la censura previa campaba por sus respetos desde el principio -estaba vigente la ley de Prensa de 1938, esto es, una ley de guerra, que ni siquiera la reforma de Fraga de 1966 pudo sustituir, pues en cierto modo la prolongó con su tristemente célebre artículo 2- se dio en España una buena floración del cuento literario, destacando autores como -al lado de los ya citados Cela, Aldecoa y Fraile- Rafael Sánchez Mazas, Alvaro Cunqueiro, Tomás Borrás, Samuel Ros, Miguel Delibes, la dimisionaria Carmen Laforet, Sánchez Silva, Zamora Vicente, García Pavón, Rafael Azcona (antes de pasarse al cine con los espléndidos resultados que se conocen), Juan Perucho, Julián Ayesta, Manuel Pilares, Lauro Olmo, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Francisco Umbral, Jesús Fernández Santos, Jorge Ferrer-Vidal, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan García Hortelano, Juan Benet, Fernando Quiñones, Juan y Luis Goytisolo, Jesús López Pacheco, Daniel Sueiro, Ricardo Doménech, Isaac Montero, Andrés Berlanga (y véase la antología "Cuento español de postguerra", de Medardo Fraile, o la anterior y más clásica de Francisco García Pavón en Gredos, varias veces reeditada y ampliada). Y a su lado, aunque lejos y en el exilio, también hemos podido rescatar al final grandes cuentos de Max Aub, Ramón J. Sender, Francisco Ayala, Manuel Andújar o Rosa Chacel. Como se ve, gracias al cielo, la literatura nada tiene que ver con la democracia y su floración no depende de la situación social o política de la que surge, a pesar de que algunos de los citados -no muchos- surgieran del bando de los vencedores.

Lo que sucedió es que, el mercado siendo lo que es, configurándose sobre todo contra el género "cuento" y decantándose en favor de la novela, muchos de estos escritores han pasado a la historia más como novelistas que como cuentistas propiamente dichos. Por ello el mundo del cuento se fue convirtiendo lentamente en una especie de mercado semiclandestino, oculto, poco conocido del gran público, que funcionaba a través de pequeñas revistas y editoriales más o menos efímeras o volanderas, del que muchos de estos autores sólo salieron pasándose a la novela, y no creo que se les pueda condenar por ello, ni mucho menos. Y sólo me queda decir para concluir este apartado, que la tendencia dominante en esta floración de cuentos fue la del realismo de la generación del medio siglo, que fue la que se impuso de manera mayoritaria, al menos hasta principios de la década de los setenta.

Tampoco la llegada de la democracia cambió de repente las cosas. La muerte de Franco y la lenta y cuidadosa transición democrática provocó un estallido mercantil escasamente provechoso desde el punto de vista literario, desde luego. La desaparición de la censura supuso una invasión del ensayo político, que si al final ha tenido consecuencias científicas evidentes lo ha sido al correr de los años, no de buenas a primeras, pues aquella producción editorial ha sido bien enterrada con el paso de los años. La libertad del mercado intentó explotar una serie de subgéneros -el erotismo, el feminismo, lo policíaco- que fueron cayendo lentamente en el vacío, y que curiosamente no floreció en otros terrenos similares, como la fantasía, la ciencia-ficción o la pornografía propiamente dicha. Frente al gran público el gran triunfador editorial de aquellos primeros años fue un eficaz narrador tan conservador, levantino y "light" como Fernando Vizcaíno Casas, mientras se frustraban las grandes esperanzas que se habían abierto de encontrar como por milagro o arte de magia alguna obra maestra oculta y perseguida al abrir los cajones secretos que se supone tiene que comportar la historia. La nuestra no tenía ninguna, ya que no en balde el dictador había muerto en su cama.

Pasamos literariamente de la opresión a la libertad y en principio no nos sirvió para nada. Y allí intervino precisamente la creación en 1976 de este benemérito concurso, el "Antonio Machado" de relatos ferroviarios, (o relacionados con el tren), que contó desde el principio y hasta hoy, con el patrocinio de Renfe y de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles después y hasta ahora mismo, cuando no sin cierta nostalgia estamos celebrando al mismo tiempo su XXV aniversario y no tanto su desaparición como su transformación, pues este mismo premio, nacido al calor de la nueva democracia, recogió la buena tradición anterior, en la que, desde los tiempos de la dictadura, España había conocido tal cantidad de buenos cuentos y cuentistas, bastante más unitaria, orientada y fecunda que la ofrecida por el resto de nuestros géneros literarios, aunque nadie lo supiera, dada la inconsistencia y clandestinidad de su mercado. Hay que saber desde el principio y ya es hora de que se vaya haciendo constar con la contundente claridad que se precisa, que el cuento español era lo más importante que nos había legado la literatura española inmediatamente anterior, y que la situación del género cuando se fundó este premio heredaba una historia fértil y confusa a la vez, pero de una gran riqueza tradicional, aunque viniese enfrentado a graves dificultades para el futuro, un futuro que, hoy, ya forma parte de nuestro pasado.

El nombre con el que fue bautizado -a iniciativa de la inolvidable Josefina Carabias, una de las primeras personalidades que apoyó esta iniciativa, quien promovió la idea por el centenario del poeta que entonces se celebraba- no era quizá el más adecuado, pues don Antonio Machado, pese a las tenaces incursiones en el tema del tren y del viaje que integra en sus grandes poemas, no era precisamente un narrador, sino uno de nuestros más grandes poetas, lo que ha empujado hoy a la Fundación de los Ferrocarriles Españoles a dividir el premio entre estos dos géneros del cuento y el poema, por lo que el premio "Antonio Machado" se reservará a partir de ahora a la poesía, mientras otro dedicado a la prosa galardonará a los narradores a partir de ahora. Del clásico y actual premio ferrocarrilero "Antonio Machado", saldrán sus dos ramas naturales, una para premiar a los poetas y otra para los prosistas, que llevará el nombre de nuestro premio Nobel Camilo José Cela, de tan gran estirpe ferroviaria y el máximo colaborador de este premio en los últimos lustros, a tal señor tal honor.

Bien, el primer premio "Antonio Machado" de relatos ferroviarios se concedió en 1977, estaba dotado con la cantidad de 300.000 pesetas para el galardonado, contaba con tres "accésit" de 75.000, y al mismo se presentaron 203 originales; formaban el jurado el académico Gonzalo Torrente Ballester, con los escritores José Luis Castillo Puche, Juan Luis Cebrián, el humorista Antonio Fraguas "Forges" y Santiago Arauz de Robles que actuó como secretario. Fue premiado el periodista y escritor asturiano Mauro Muñiz, rebelde hasta contra su propio progresismo, por el cuento "El tren de las tres", de raíces perfectamente realistas y hasta líricas y costumbristas, que surgían de la tendencia predominante en el cuento español de los años anteriores. Entre sus competidores que llegaron a la final, estaban Omar Amés, Jesús Fragoso del Toro, Salvador García Jiménez, José Luis Martín Descalzo, Angel Palomino, Juan José Plans y Fernando Vizcaíno Casas, no estaba tan mal el muestrario. (Y haciendo un inciso hasta ayer mismo, saltándonos los veinticinco años de nuestra historia, diré que al premio de este último y presente año, acudieron 1.125 originales, cuyo galardón comportaba un millón de pesetas al ganador, un "accésit" de 400.000 pesetas y ocho finalistas de 50.000 pesetas; lo ganó el narrador y cineasta Nino Quevedo con un cuento ("Fuera de combate") perteneciente a la misma tendencia del realismo social, mientras entre los finalistas se encontraban gente tan afín como José Julio Perlado y Victoriano Crémer. Una muestra de fidelidad que parecería indicar que no habían cambiado mucho las cosas desde el principio al final. ¿No les parece?

Pero no corramos tanto, que nos podemos atragantar. Lo cierto es que la floración del cuento literario español subió de tono con la llegada de la democracia, por una serie de motivos que voy a enumerar: En primer lugar, la democracia llegó pronto a los municipios y provincias, a las autonomías después, las actividades culturales se multiplicaron por doquier, empezaron a surgir concursos por todas partes y a múltiples niveles, se incrementaron las universidades y sus departamentos de literatura, se fundaban escuelas de letras, aparecieron muchas revistas nuevas (que son el verdadero caldo de cultivo para la creación y difusión del cuento literario) y a imitación del "Antonio Machado" (y del entonces vigente de las "Huchas" de Oro y Plata de las Cajas de Ahorro, que luego desapareció y no se ha podido todavía recuperar hasta ahora mismo, soy testigo del último intento de su recuperación) se multiplicaron toda suerte de concursos y galardones que corrieron diversas suertes muy diferentes entre sí. Y, al lado de eso, el caldo de cultivo de los amantes y aficionados al cuento literario llamó la atención de las editoriales privadas, que se unieron a las iniciativas anteriores de los poderes públicos y empresas institucionales -que siempre fueron por delante en este tema, no se olvide- y empezaron a su vez a publicar cuentos, aunque sobre todo a través de antologías (últimamente proliferan mucho las colectivas y temáticas, qué horror) y algunos que otros libros de cuentos y relatos, aunque siempre de manera más bien desanimada, no lo olviden, pues prefieren publicar cuentos no por autores individuales sino a través de agrupaciones temáticas -de mujeres, eróticos, fantásticos o de fútbol- que descubrir a un buen cuentista en solitario, siempre arrumbado en su rincón.

Pero bueno, tampoco hay que exagerar, pues hay buenas antologías elaboradas no por editores sino por críticos o especialistas que se han ido colocando al lado de aquellas dos primeras ya citadas de Francisco García Pavón y Medardo Fraile, y que han gozado de cierta repercusión en los últimos tiempos, como son las de Fernando Valls (Austral) otra del mismo Valls y Masoliver Ródenas en Anagrama (los "Cuentos que cuentan"), otra de Ángeles Encinar y Anthony Percival (Cátedra) y los "Cien años de cuentos" que José María Merino ha publicado en Alfaguara y las de Óscar Barrero y José María Martínez Cachero en Castalia. Siendo asimismo obligatoria la cita con la excelente y guadianesca revista "Lucanor" y la editorial Hierbaola de Pamplona, inspiradas por Jose Luis González y José Luis Martín Nogales. Y las listas propuestas por cada antólogo se multiplican hasta el infinito, surgen nuevos cuentistas más jóvenes y abiertos a múltiples tendencias, que se adelantaron y se siguen adelantando, no se olvide, a los "nuevos novelistas" que florecen como hongos y copan las listas de libros más vendidos, quizá a costa de rebajar sus exigencias artísticas, cosa que nunca hacen los verdaderos cuentistas, a quienes les ha bastado al parecer con ser sus auténticos precursores. Ya no hay tendencia dominante, aparecen la fantasía, el humor y la ironía, el culturalismo y la metaliteratura y se conservan bien la experimentación y las vanguardias, y pasemos a recoger algunos de los nuevos nombres que están tomando el relevo: José María Merino, Luis Mateo Díez, Antonio Muñoz Molina, Juan José Millás, Javier Tomeo, Álvaro Pombo, Soledad Puértolas, Juan Eduardo Zúñiga, Pedro Zarraluki, Enrique Vila-Matas, Javier Cercas, Luis Magrinyà, Antonio Soler, Eloy Tizón, Antonio Pereira, Gonzalo Suárez, Cristina Fernández Cubas, Manuel Longares, Gustavo Martín Garzo, Manuel de Lope, José Antonio Millán, Felipe Benítez Reyes, Juan Manuel de Prada, Ignacio García-Valiño o Juan Bonilla, y perdón por las ausencias, que son inevitables en tanta y tan fértil floración.

El cuento español está en plena forma y no cabe duda que el premio "Antonio Machado" al que hoy rendimos homenaje y despedimos a la vez, a la espera de su inminente reflotación -como un nuevo Ave Fénix que renace de sus propias cenizas- ha jugado algún papel en este buen camino. En primer lugar por haber sido el precursor, el primero que a lo largo de su decurso temporal ha hecho coincidir su existencia con la de su propio país en democracia. En segundo lugar, por su triunfo creciente en cuanto al número de personalidades convocadas, tanto en sus jurados -en los que los ejecutivos de Renfe y de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles han ido cediendo paso a hombres y mujeres del mundo de la cultura y de la literatura- como en el de los escritores que han ido acudiendo a sus sucesivas convocatorias en cantidades progresivamente crecientes, aunque con los debidos altibajos, claro está, los cuentos son como los vinos, sus cosechas nunca son iguales, ha habido años en los que se han presentado hasta más de tres mil cuentos, y el total de los que han pasado por las lecturas de jurados y preseleccionadores supera los cuarenta mil. Y por último, habrá que contar para explicarse su éxito, más que con los lógicos y naturales aumentos de la cuantía de los galardones (que de todas maneras tampoco ha sido para tanto, de 300.000 a un millón de pesetas es un aumento inferior al del nivel de vida en un cuarto de siglo), en el espíritu de absoluta y total libertad que ha presidido sus trabajos y la toma de sus decisiones. Una libertad que hasta ha respirado su carácter de premio "itinerante", pues por su condición de concurso "ferroviario" ha ido de estación en estación recorriendo múltiples lugares de nuestra geografía nacional, de Madrid a Aranjuez y su "tren de la fresa", de Valladolid a Valencia o algunas veces más a la Fundación Camilo José Cela y su Museo Ferrocarrilero "John Trulock" de Iria Flavia en Galicia; y una libertad además que hasta ha llegado a flexibilizar al máximo el tema de lo "ferroviario" como condición inexcusable para poder presentarse a este concurso, pues basta con una mínima referencia para que los jurados la consideren cumplida, como he podido comprobar personalmente en la única ocasión en la que he tenido el honor de formar parte del jurado, que ha sido precisamente la última, como si fuese mi entrada y salida a la vez de esta maravillosa estación en el transcurso de mi existencia.

También ha habido muchas bajas en este cuarto de siglo de tren y literatura que este concurso ha integrado en su seno, y eso hasta entre algunos de los miembros de los jurados, Gonzalo Torrente Ballester, Elena Quiroga, Carmen Conde, Francisco Yndurain, Luis Rosales, Manuel Halcón, José García Nieto, Fernando Quiñones, Felipe Mellizo, hasta las más recientes como la del académico Manuel Alvar o la del escritor Mariano Tudela (La Coruña, 1925-Madrid, 2001) el autor, entre otros libros, de "Torerillo de invierno", "Nueva tierra de promisión" y "El amargo sabor del recuerdo", que nos dejó hace pocos días, y que fue quien durante muchos años coordinó los jurados de preselección y decisión final, y quien ya en la última convocatoria no pudo asistir a la sesión final, con lo que me perdí la oportunidad de darle el último abrazo, y a quien estas líneas pretenden ofrecer un emocionado recuerdo en homenaje a su larga y fecunda labor siempre bien hecha, que descanse en paz. Sin olvidar tampoco a quienes figuraron también a la vez entre los jurados y los premiados (pues lo segundo comportaba lo primero al año siguiente), como Francisco García Pavón, un clásico del género en nuestro país, que también llegó hasta aquí con toda justicia. Veinticinco años son muchos para que las vidas no vayan ardiendo y consumiéndose al compás de todas estas múltiples actividades, todo sea por el bien de nuestro país, que debe contar para conseguirlo de verdad con el bien y la prosperidad del tren y de su literatura al mismo tiempo; y en su función, el premio "Antonio Machado" de relatos breves de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles ya puede mostrar también una nutrida lista de sus primeros caídos por España, su tren y su literatura.

Bien, sólo queda recordar someramente la sucesión de premios, que son más de veinticinco, pues aunque uno de ellos quedó desierto (el duodécimo, en 1988) se ha incluido a su primer finalista, la escritora mexicana Leticia de Legarreta, mientras que en otra ocasión (la vigésimo segunda, en 1998) en la que se cumplía el sesquicentenario (los 150 años) de la introducción del ferrocarril en España, se concedieron dos premios, uno el "Antonio Machado" propiamente dicho, y otro el extraordinario de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, dotados ambos con la misma cantidad del millón de pesetas. Por último, advierto que no voy a repetir aquí la primera y última convocatorias a las que ya me he referido anteriormente; y también de que todo este material lo he recogido de una preciosa edición que la Fundación publicó en forma de maletín conjunto como para regalo, con los 25 tomitos que recogen cuidadosamente, detrás de los primeros premios, los cuentos seleccionados cada año, que proporcionan muchas sorpresas.

Sólo añadiré a lo dicho sobre la primera convocatoria ganada por Mauro Muñiz, que el desgraciadamente desaparecido Gonzalo Torrente Ballester colocó un espléndido prólogo a su edición, sobre su divertida y erudita concepción de las relaciones en las letras españolas de su literatura y el tren, que no debería desaparecer de nuestras memorias. En la segunda resultó ganador el escritor argentino Adolfo Luis Pérez Zelaschi, por su relato "Deolindo, el de Puntarrieles", a quien acompañaron en la selección autores como Jesús Fragoso del Toro, Francisco García Pavón, Alfonso Paso y Juan José Plans. En la tercera triunfó el ya citado Francisco García Pavón por "El tren que no conduce nadie", al que flanqueaban Domingo Manfredi Cano, Juan José Plans, Pedro Quintanilla Buey, José María Requena y Rodrigo Rubio. En la cuarta fue vencedor José María Rincón con "Rosa la Cordera", al lado de Salvador García Jiménez, Mary Carrillo, Ramón Eiroa, Agustín García Calvo, José Julio Perlado y Fernando Vizcaíno Casas. La quinta fue para Susana Gómez de la Serna, sobrina del gran Ramón, que venció con su relato "Viaje por una terraza" a los de Pedro Crespo, Manuel Arce, José Javier Aleixandre, Alfonso Lindo, Alfonso Martínez Garrido y Pedro Quintanilla Buey. Y fue este último quien se impuso con "El pájaro" a Marina Mayoral, José María Requena o Carlos Sánchez-Pinto entre otros, como se ve en estas listas los nombres acuden, ocurren, reinciden y hasta repiten, unos consiguiendo al final el galardón y otros no, aunque no faltan los inasequibles al desaliento, desde luego.

El premio fue en su séptima convocatoria para Domingo Manfredi Cano, con "Tú, Guiomar", sobre otros relatos de José Mª Requena, Carlos Sánchez-Pinto (con dos), el chileno Luis Sepúlveda y Dolores Soler-Espiauba. En la octava apareció Jorge Cela Trulock, el hermano menor de nuestro premio Nobel (que todavía no lo era, pues le faltaba un lustro para ello, y aquel año de 1984 no formaba parte del jurado, al que se había incorporado en 1982 pero al que no regresaría hasta 1989, para presidirlo ya de manera indefinida hasta la última convocatoria, lo digo para evitar esas suspicacias que suelen ser más calumnias que sospechas en estos miserables tiempos) que lo ganó con "Tatatlán, tatatlán", frente a José Javier Aleixandre, Andrés Berlanga, Pedro Crespo, Jesús Fragoso del Toro, Ana María Navales, Rodrigo Rubio, Marcial Suárez y Dolores Soler-Espiauba. "Eleonor Mermelada perdió el mixto a Cienfuegos", de José Antonio Panero Martínez, se impuso en la novena edición a Sonia García Soubriet (hija de Francisco García Pavón), José Javier Aleixandre, Pedro Crespo, José Julio Perlado, Lauro Olmo, José María Requena y Luis Sepúlveda. La décima la obtuvo Álvaro Labrador con "Un tren de verano", que compitió con José Gerardo Manrique de Lara, Elvira Daudet, los dos grandes cuentistas que son Jorge Ferrer-Vidal y Alfonso Martínez-Mena, Rodrigo Rubio (más novelista que cuentista y que fue premio Planeta en su día) y a un "nuevo" tan interesante como el poético y penetrante Eloy Tizón.

La cosecha de 1987 fue excepcional, con José Gerardo Manrique de Lara como ganador con "El tren de los desterrados", sobre otros buenos relatos de Eduardo Mendicutti, Javier Alfaya, Fernando Quiñones, y los habituales Aleixandre, Ferrer-Vidal, Martínez-Mena, Quiñones, Rodrigo Rubio y Carlos Murciano. Por el contrario la duodécima edición de 1988 fue la declarada desierta, aunque brillaron los cuentos de la citada Leticia de Legarreta y Jaime de Armiñán. La decimotercera -a la que se presentaron más de tres mil cuentos y al galardón se instaló en el millón de pesetas- fue para el buen narrador Jesús Torbado, por "La voz del centurión", que destacó sobre Pepa Roma y Julio M. de la Rosa. Y a la siguiente le llegó la vez a nuestro máximo triunfador, Francisco Umbral, con "Tatuaje", que se impuso entre otros al mismo e insistente Luis Sepúlveda. La decimoquinta edición fue para el poeta, helenista, humorista y autor de canciones Ramón Irigoyen, con "Curación milagrosa", en lucha con quien luego sería el autor del filme "Barrio", el buen cineasta Fernando León de Aranoa, la escritora María Antonia Velasco y el joven Manuel Enrique Mingote. Al final, el insistente Alfonso Martínez-Mena se llevó el gato al agua en la décimo sexta convocatoria de 1992 con su relato "Un tal Vidal Champfleury", al lado de Manuel Enrique Mingote, el cubano Jesús Díaz y el antiguo premio Nadal Germán Sánchez Espejo.

Tras tantos años de silencio, antes de volver a la novela y entrar en la Real Academia Española, Ana María Matute afinó sus buenas armas de narradora ganando el decimoséptimo "Antonio Machado" con su relato "De ninguna parte", que ya nos puso la miel en los labios, y que se impuso a Meliano Peraile (dos textos), Luis Blanco Vila, Ferrer-Vidal, Leticia de Legarreta y Fernando León de Aranoa otra vez. Un cuentista de siempre como el conquense Raúl Torres se llevó el premio en 1994, en su convocatoria decimoctava con "El caracol del jardín misterioso", en reñida lucha con Carlos Murciano, Felipe Benítez Reyes, Pilar Trenas, José Antonio Valverde y por vez primera un cuento escrito en catalán por Maurici Pla, pues a partir de esta convocatoria se admitieron ya relatos en los otros tres idiomas españoles. Francisco A. Pastor en competición con José María de Quinto, Víctor Alperi, Juan Manuel de Prada y el buen narrador argentino Norberto Luis Romero, se llevó la siguiente edición con "Los mosquetones ebrios". Y en su vigésima convocatoria, en 1996, el premio recayó en "El trenes" del periodista Antonio D. Olano, compitiendo con Carlos Murciano, Martínez Garrido, el catalán Maurici Pla, el madrileño Nino Quevedo y el argentino Norberto Luis Romero por segunda vez.

"Ultima y primera estación", del biólogo, cantor de la Alcarria y erudito Francisco García Marquina, fue el ganador del premio en 1997, acompañado por la estela de Juan Luis Fajardo, José Julio Perlado y Nino Quevedo de nuevo, y con un texto en gallego de Martínez Perteiro. La vigésimo segunda convocatoria fue doble, como ya he avanzado antes, y los premiados fueron Blanca Riestra con "Isla decepción" en el galardón del sesquicentenario ferroviario mientras el "Antonio Machado" fue para el argentino José Andrés Rivas con "Elizabeth que venía en el nocturno de las diez y cuarto", compitiendo con su compatriota Norberto Luis Romero otra vez. Pero que fue quien triunfó en 1999 con "La tabla del seis", frente a Ignacio García-Valiño, el diplomático paraguayo Salvador Meden Peláez y otro catalán, Miquel Angel Vidal i Pons. Y, finalmente, fue Salvador Meden Peláez" quien obtuvo en el año 2000 la vigésimo cuarta edición con "El juego de damas", compitiendo con Ignacio García-Valiño y Nino Quevedo, que como ustedes saben y como si cerrara el círculo, fue el ganador de la última edición. Con lo que colorín colorado esta enumeración se ha acabado y ya era hora.

Pero, al menos, se habrá podido ver -y sentir- que este premio es como un ser, como algo vivo, una especie de organismo viviente, que nace como una existencia autónoma, suficiente y hasta endogámica (¿por qué no, en un territorio tan fértil como casi virgen todavía?), que ha funcionado como una especie de cuerpo inmaterial, con sus células que nacen autosuficientes y casi en sí y de sí mismas, se desarrollan y mueren interiormente, con sus grandes corrientes internas de agua, aire, sangre y semen, con sus afluentes, estuarios y lagunas que se intercomunican, sus coincidencias, estirpes, repeticiones y reincidencias con y entre otros concursos, "nadales", "planetas", "cervantes", academias, un premio Nobel de Literatura que por aquí se pasea, y otras instituciones de todo tipo. El cuento español está vivo y vive en libertad, y ante tanta fecundidad, se ve con toda claridad que el premio "Antonio Machado" de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles ha contribuido como nadie a todo ello, y ha marcado así, de manera bastante decisiva la evolución del cuento literario en España durante el último cuarto de siglo, interviniendo en ella como precursor, testigo y promotor de manera contundente en este, que es el mejor de los jardines que las letras españolas de nuestro tiempo han podido ofrecer a estos tan movedizos, confusos y caóticos tiempos de la cultura universal en estos difíciles principios del tercer milenio, que tan bien ha cerrado el anterior como puede felizmente abrir ofreciendo sus promesas hacia adelante, borrón y cuenta nueva, el balance ha sido el más positivo de los posibles, sigamos por lo tanto mirando hacia adelante y que todos lo veamos.

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