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"Caminos de Hierro":El concurso visto por...

  Prólogo catálogo 1er "Caminos de Hierro"

 

"Entre el fotógrafo y el cinematógrafo"
      Santiago Amón     

Crítico de Arte

www.santiagoamon.net

 

Caminos de Hierro

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¿Son los trenes, de acuerdo con el verso manriqueño, como “ríos que van a dar a la mar,  que es el morir”? En puro argot ferroviario, los trenes “nacen y mueren” tras haber consumado su aventura en sentido “ascendente” y “descendente”. Acorde con la liturgia del andén, resuena (resonaba) la voz del jefe de estación en estos términos más o menos literales: “Tren rápido, ascendente, procedente de Gijón, muere en Medina del Campo”. O bien: “Tren expreso, descendente, procedente de Alcázar de San Juan, muere en Algeciras”. Y el tren va y viene a impulso de sí mismo, en alas de su propia “formación” (voz no menos ritual en el universo ferroviario), a remolque de su propia largueza. ¿Movimiento sobre movimiento? Conforme es trasladado a favor del rail, puede el viajero trasladarse por el interminable pasillo que constituye el engranaje mismo del trayecto. ¿Lo móvil, digo, dentro de lo móvil?. El problema de lo que se mueve dentro de lo que se mueve (que tantos quebraderos de cabeza nos costó en los años escolares) se resuelve a las mil maravillas en el recorrido que el viajero hace o puede hacer sobre el propio recorrido.

Invento portentoso fue el del ferrocarril, con toda la sacralidad que Federico García Lorca le atribuye (equiparable sólo a la del fogonazo del magnesio) y pone en manos taumatúrgicas de San Lázaro. “Después de resucitar, invento las estaciones de ferrocarril”, escribe el poeta granadino en su peregrina biografía de quien se puso a andar, por decisión divina, luego de muerto. Lo uno, a fin de cuentas (junto con la neblina del carbón y un vapor como de incienso),  es estrictamente inseparable de lo otro. ¡Todos, todos, los fotógrafos del mundo retrataron la ceremonial! ¡Placas y placas de magnesio pestañearon por los andenes el día mismo en que oficialmente inaugurada en París la estación de San Lázaro! Premonitor de la locomotora y de la estación a él dedicada en  la ciudad del Sena, nuestro buen santo “tuvo predilección – agrega García Lorca - por el silencio de otra órbita y se agachaba lleno de terror siempre que pasaba bajo un arco”.

¿El signo de una nueva liturgia? Todo, todo fue como profecía  o himno desenfadado al advenimiento de una nueva concepción arquitectónica en la que el ornamento sagrado abandonaba el  incienso catedralicio y venía a bañarse en el humo de las locomotoras. Allí, al amparo del progreso decimonónico (y al lado mismo de los hombres de la placa y el fogonazo de magnesio) allí, en los andenes de la estación de San Lázaro, se hallaba la plana mayor del “Impresionismo”. Todos los pintores del grupo pugnaban por trasladar al lienzo, punto por punto cromático, la sesión inaugural. Todos se esforzaban en llevar el caballete, coma por coma multicolor, el tacto indeleble de la neblina y de la carbonilla. Y uno de ellos (Claude Monet) hasta probó un titánico pulso o parangón entre la estación recién inaugurada y la mismísima catedral de Rouen.

La historia, sin embargo, venía de un poco antes. La historia del nuevo mundo al buen aire de la locomotora había sido tramada, años atrás, por un pintor británico. ¿Sus señas? Joseph Mallord William Turner, nacido en Maiden Line, Covent Garden, en 1715, y muerto en 1851. ¿Su ejercicio? Adueñarse del alma de la bruma, del espíritu de la niebla, y expandir a la redonda su alubión apenas perceptible. Canales venecianos y bahías  del Norte supieron de sus artes, y miles de bajeles divulgaron su fama. Y un buen día adivinó nuestro artista que, tierra adentro, cruzaba el páramo un navío sobre ruedas... y de él vino a nacer en la pintura la primera locomotora entre celajes y bocanadas de humo. ¡Vapor sobre vapor  surcando y diluyendo campiñas como mares!

El resto del relato hasta nosotros (después de Turner, los fotógrafos y los impresionistas) grato y fácil es el recuerdo. “Futuristas” se llamaron sus grandes impulsores. La pasión por la máquina, el cántico al motor, al engranaje en pleno y feroz dinamismo, desplazaron de su trono a la victoria de Samotracia. La fiebre del vértigo sacudió a toda Europa. No otra fiebre ni otro latido que los que hicieron conmoverse a una América en perpetuo litigio entre la empresa del ferrocarril y la comunidad de ganaderos... cuando el berrido del tren, en perpetua sucesión de si mismo, llega a confundirse con el bramar del rebaño en desbandada, y la campana de la locomotora remendaba el son de la que a los santos oficios  convocaba en la iglesia rural.

Valga, en fin, este largo paréntesis de resumen histórico y de prefacio a la poética y la plástica del tren. Son sólo datos someros para pergeñar la semblanza y la estampa fotográfica del ferrocarril, de la locomotora, con el suma y sigue de vagones (“de unidades”, de acuerdo con la liturgia ferroviaria) que el furgón de cola despide con un guiño de fuego. Una simple introducción de alcance exclusivamente plástico o tal vez una mediación entre el fotógrafo y el cinematógrafo con la inevitable e impertérrita conminación de John Wayne al fidelísimo representante del ferrocarril, más la angustia serenísima de un Gary Cooper  "solo ante el peligro" (un peligro dramáticamente cronometrado por el reloj de la estación), las hazañas de Buster Keaton, intrépido maquinista de "La General"... y el ir y venir  de la misteriosa Marlene Dietrich por el pasillo del "Shanghai Express".

Nace y muere el tren en puntos neurálgicos, de nombre compuesto y clara resonancia, que los niños cantaban en la escuela con el de los ríos y sus afluentes: Venta de Baños, Medina del Campo, Alcázar de San Juan... y entre nacimiento y muerte avanza el tren a impulso de su impulso, con un verdadero cambio de semblante a su paso por el medio rural y su llegada a la estación cosmopolita. En el primer caso dijérase que el tren lleva el sello agigantado  de la ciudad rodante y transitiva (“la ciudad que pasa” dijo de él el poeta), acomodándose en el otro supuesto a la escala urbana, esto es, asemejándose a las otras cosas que en la ciudad se fundan y residen. La ciudad se traslada en el tren a su paso por la campiña. Llegado a la ciudad es el tren el que se alberga bajo la solemne cúpula de la estación,  se achica ante el ladrillo  y el hierro de la arquitectura originaria, se aviene a la memoria ambiente de Gustavo Alejandro Eiffel y a su  fabril y febril concomitancia.

¿Siempre se aclimató el tren a la ciudad y la ciudad al tren? Sobresalto, alboroto,  desenfreno incluso pavor sufrió la ciudad de Madrid (¡la capital de España!) el día en que surgió el primer tren ante sus ojos, tal cual textualmente lo cuenta Fernández de los Ríos: “Un día, el 9 de febrero de 1851, al lado del convento de Atocha, apareció un monstruo que vomitaba humo, sembraba fuego, bramaba cien veces más fuerte que el león del Retiro, hacía llegar su silbido a medio Madrid, arrastraba cincuenta carruajes en el que cabía la carga de todos los Simones de Madrid juntos, y devoraba el espacio más que todos los tiros de mulas de Fernando VII desbocados. Aquél día, que fue el de la inauguración del ferrocarril de Aranjuez, comenzó la decadencia de las galeras, expulsadas por los ómnibus”.

Con antelación a este tren de Madrid a Aranjuez, se había inaugurado el ferrocarril de Barcelona a Mataró (el primero que vio la luz en España). No tengo a la mano la crónica del inicial suceso ferroviario, aunque la imaginación me dicta que el asombro debió ser parejo ante los habitantes de la Ciudad Condal al probado por los vecinos de la Villa y Corte. Todo un universo industrial, laboral y litúrgico acababa de llegar a la vida con el código de un nuevo lenguaje de luces y banderas; ámbito multitudinario, polifónico, abierto de par en par a toda una constelación de señales y orlado de miles y miles de pañuelos de despedida. Estación, estancia, estantía..., al albur de pasajeros y equipajes, con el eco del silbido y el rumor de cadenas y parachoques, el tráfago incesante de maquinistas, fogoneros, guardafrenos, guardagujas, factores, revisores..., y otras gentes del escalafón, que adornan sus gorras con dos ramas (plateadas, verdes o rojas) de simbólico laurel.

Nómina, orden y concierto del universo ferroviario, que va de la ordenanza laboral a la exaltación litúrgica, del esquema administrativo, al confín semántico, del campo, campo, campo..., a la ciudad, que la estación instituye en el seno de la ciudad misma. Largo es el tren como ningún otro vehículo, tanto por la suma y sucesión de sus vagones, de sus “unidades” (que el furgón de cola despide ente rubíes), como por la distancia, recta, sinuosa, descendente, ascendente, soleada, nubosa, árida, fértil, altiva, subterránea..., que del lugar de origen devora y devora hasta el punto de llegada. En el tren amanece y anochece. Como un vértigo surge la locomotora (más bella que la Victoria de Samotracia) sobre la faz del día, y la fila interminable de ventanas encendidas ilumina con fugaz y pertinaz fogonazo la densidad nocturna, llegándose a escuchar en lontananza el agudísimo verso de Miguel Hernández: “¡Detened ese tren agonizante/ que nunca acaba de surcar la noche!”.

Pugna el tren, día a día, por el fiel cumplimiento del horario. No, para las gentes del ferrocarril, no hay afrenta comparable al indicio de retraso; aquel indicio impreso en la negra pizarra que antes (antes de las llamadas señales electrónicas) quedaba abierta a pública lectura, debajo, justamente debajo, de la ritual campana anunciadora de salidas y llegadas. Consciente de la demora inevitable, de la tardanza ignominiosa, la propia locomotora avanza, a veces jadeante, anhelante, poco menos que desfallecida en el fiel cumplimiento del deber, como cabeza maternal que es de familia más que numerosa. Suyos y muy suyos son los empeños, anhelos, gritos y desmayos del poema de Miguel Hernández: "Rojo tren desmayado, enronquecido:/ agoniza el carbón, suspira el humo,/ y maternal la máquina suspira,/ avanza como un largo desaliento".

Algo así es el tren como la memoria de si mismo, la afirmación de si mismo, la convicción de si mismo, a favor de un trayecto siempre igual y siempre cambiante. La “repetición” temporal del itinerario y la “diferencia” cualitativa de las circunstancias (pasajeros incluidos) vienen a concretar en el engranaje del tren y de su andanza el sentido y el significado que el filósofo Deleuze atribuye a la vida. Si las horas, las luces, sombras y matices del día “se repiten” de sol a sol señalando su propia “diferencia”, no de otro modo la vida consiste en la repetición de un cómputo igual siempre a sí mismo y siempre cambiante. La hora que pasó, exacta en su cómputo, es esencialmente distinta de la que acaba de sonar y de la que luego sonará en el reloj de la estación..., y en el de la vida. De sol a sol repite el expreso su andadura sobre ruedas, y de mar a mar hace revolotear miles y miles de pañuelos de despedida, idéntico siempre a si mismo, y siempre, siempre diferente.

Por ojos del maquinista conoce el tren todos los accidentes de la ruta (estaciones solitarias, puentes, túneles, pasos a nivel, vías muertas, signos de franquía, señales de peligro, avisos de silbato...), y en el reloj del revisor va la cuenta, el traqueteo, el trepidar del trepidar, traviesa por traviesa de su corazón inquebrantable.

Su larga y densa memoria le lleva a recordar, al paso del desconsolado tren de mercancías, los amores y amoríos que en otro tiempo compartieron o soñaron el guardafrenos y la guardabarreras..., y el poeta Manuel Pilares, privilegiado oteador de andenes, acertó a llevar así al verso: “El tren de mercancías/ salió de la estación/, humo negro en la máquina/, luz roja en el furgón/. El guardafrenos iba/ en su airoso balcón/; llevaba en cada puente/ ojos de aviador/, llevaba en cada túnel/ orejas de ratón/ y en cada junta de raíl/ un andante reloj/. Y para las guardesas/ llevaba un verde adiós/ de verde banderín/ y de verde farol”.

Tal, me creo, es el panorama, el abanico abierto de par en par al ojo diurno y al nocturno magnesio de cámaras de postín y fotógrafos de campeonato. ¿Dónde se hizo la pátina del tiempo tan líricamente sepia como en la neblina y la carbonilla, en el incienso del andén, bajo la bóveda catedralicia de la estación ferroviaria? En tinta sepia se nos revela la lejana semblanza de Turner y los impresionistas, y la más próxima del futurismo, como en blanco y negro luce la impertérrita contaminación de John Wayne al fidelísimo representante del ferrocarril, la angustia serenísima de Gary Cooper, solo ante el peligro cronometrado por el reloj de la estación, la peregrina aventura de Buster Keaton, intrépido maquinista de “La General”, el devaneo invitante y misterios de Marlene Dietrich por el pasillo del “Shanghai Express”..., la peripecia de trenes y más trenes, guiño por guiño y fotograma por fotograma.

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