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"Caminos de Hierro":El concurso visto por...

 

  Prólogo catálogo 4o "Caminos de Hierro"

 

"El camino compartido"
      Feliciano López Pastor     

Fotógrafo

felicianolopezpastor.blogspot.com

 

Caminos de Hierro

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Tenía seis años y esperaba, como de costumbre, ver a mí abuelo, que como cada tres días, subía la ligera cuesta que se extendía desde la calle Francisco Silvela hasta su casa.

Aquel día, como todos, apareció con su pequeño maletín en una mano y  en la otra la gorra de su uniforme de mozo de coches-cama. Pero aquel día, a diferencia de otros, me regaló una pequeña cámara fotográfica metida en una tosca funda de cuero. Era una cámara fotográfica negra, de baquelita, incluso llevaba impresa (de molde) la marca: “Baby Brownie Special”, cámara de formato medio (tan de moda ahora) y que por único automatismo aparecía su disparador, que producía un sonido que se asemejaba más al de aquellos interruptores que colgaban de las cabeceras de las camas (más conocidas popularmente por “peras”), que al de una cámara fotográfica.

Ni qué decir tiene que la cámara me fue secuestrada (como era lógico), para devolvérmela unos años después, cuando la curiosidad iba más allá de experimentar una y otra vez con el ruidito, tan familiar, del disparador. Desde aquel día en que esperaba a mi abuelo y éste me regaló la “Baby”, he asociado casi mecánicamente Fotografía y Tren, como si se tratara de dos partes de una misma cosa. Quizá por aquello de que los recuerdos infantiles se caracterizan por la fuerza e intensidad con que se mantienen en nuestra memoria, o simplemente porque creo en esa relación.

Sin embargo, una reflexión más sosegada sobre éste hecho mecánico, al igual que una aproximada comparación de fechas y evoluciones entre los dos, me confirman la existencia de más elementos comunes que el de la simple anécdota, del abuelo y la cámara de baquelita.

Empezando por el nacimiento oficial de ambos, que al margen de todos los protocolos previos (tan necesarios e indiscutibles al mismo tiempo) se producen con contados años de diferencia. La primera locomotora, la Rocket de Stephenson, antecede en escasos años al invento de Nicephore Niepce sobre la impresión de material sensible en cámara oscura. A partir de aquí las coincidencias se siguen sucediendo, según comienzan las vertiginosas carreras por desarrollar y aplicar, a condiciones concretas, estas dos nuevas herramientas de la humanidad. Las evoluciones técnicas, junto con los reconocimientos oficiales, se suceden casi de igual manera.

Curiosidad y respeto (cuando no miedo) son los sentimientos que manifiestan sus primeros observadores, y tanto el uno como la otra (Tren y Fotografía), movilizan a las gentes en torno a ellos como si se tratara de grandes dioses a los que hay que honrar y venerar. 

Ver cómo llega un tren, cuanto menos tocarlo y esperar a que haya desaparecido; ser captado por una cámara fotográfica aunque nunca se vaya a ver el resultado; son como reverencias y reconocimientos característicos que se van sucediendo en cada lugar, pueblo o aldea por los  que pasa un tren, o en cada lugar, barrio, pueblo o aldea por el que pasa un fotógrafo; manifestaciones que se suceden durante la segunda mitad del siglo pasado y que seguirán persistiendo muchísimo tiempo después.

Pero no sólo esa atracción, la aparición de ambos produjo grandes cambios. Por el Tren crecieron a mayor velocidad aquellos pueblos o villas cuyos términos municipales fueron atravesados por las reconocibles nubes blancas que desprendían las locomotoras de carbón. Cabezas de partido de “rancio abolengo”, veían desplazar su importancia por otros pueblos que adquirían, gracias al Tren, una irreversible importancia económica y una nueva referencia regional.

Por la fotografía, debido a una rápida transformación de buen número de pintores realistas en fotógrafos, se facilitó la introducción con gran celeridad del fenómeno social del retrato fotográfico, y esto unido al acortamiento de los tiempos y a una reducción de los costes (por la obtención de positivos sobre el papel emulsionado), permitió llegar a amplias  capas de la sociedad de la época.

Ejerciendo Tren y Fotografía un papel similar entre personas con lazos  familiares o de amistad, pero ubicados en distintos y lejanos lugares. Nacimientos, bodas y otras solemnidades, incluidas las ceremonias funerarias (tan de moda en una época la fotografía de difuntos), podían ser presenciadas  “in situ” o “a posteriori”, gracias a ambos.

De los primeros 29 kilómetros de vía férrea que unían Mataró con Barcelona en 1848, hasta los 12.600 kilómetros de principios de siglo, hay un creciente interés del Estado, que va incrementando su presencia en este medio de transporte.

En paralelo la fotografía es utilizada masiva y sistemáticamente en todo el proceso de cualquier obra pública (incluidos los nuevos trazados ferroviarios). Este reconocimiento práctico lleva a una nueva profesionalización de un tipo de fotografía (esencialmente documentalista), y se produce también un relativo intervencionismo de los estados cuando la fotografía adquiere importancia estratégica (fotografía de guerra, microfotografía, etc.). Invirtiendo éstos, grandes cantidades en estas especializaciones, así como también en la conservación de la imagen (papel o negativo).

La carrera por la velocidad ha afectado por igual a Fotografía y Tren. En la fotografía los grandes y pesados formatos empiezan a ser sustituidos, allá por los años 50, por el formato pequeño de 35 milímetros, de rápido y cómodo manejo. Ya no existe el trípode (salvo excepciones), los enfoques son rápidos y más aún cuando hace acto de presencia el enfoque por prisma partido. El fotómetro deja de ser un collar pesado y que va golpeándose con todo lo que se encuentra a su alrededor, arriesgando en cada instante su fiabilidad, al aparecer integrado (con mayor o menor acierto) en el cuerpo de la cámara.

En cuanto al tren, los intentos por conseguir mayores velocidades tienen en nuestro país su expresión más clara en el Talgo, que aparece en los años 50 (más velocidad y menos peso). Incluso en 1968, unos meses después del “mayo francés”, se inicia el servicio Madrid-París sin trasbordos.

Hace algunos años unos bien informados compañeros de trabajo me insinuaron que cuándo iban a cambiar la cámara fotográfica por la de video, asegurándome que la fotografía tenía el tiempo contado. Hoy el tiempo ha aclarado esas supuestas dudas entre Video y Fotografía, el futuro persiste sin ambigüedades.

Nuestro compañero de viaje, el Tren, también debió pasar por parecidas ideas, y hoy parece más claro que nunca, que cualquier apuesta al futuro viajará con él.

Todo este conjunto de coincidencias históricas (o por lo menos aspectos de parecida y personal interpretación), no pueden ser debidas única y exclusivamente al desarrollo tecnológico general. Sería excesivamente triste y frío pensar en la irreversibilidad de lo técnico, al margen del aspecto poético que hay en cualquier creación más personalizada.

Por ello, la aparición del concurso Caminos de Hierro no puede ser sino la síntesis superadora que confirma toda esta breve historia. No causándome en su día ninguna extrañeza por su publicación, únicamente recuerdo que me trajo a la memoria aquella imagen del abuelo subiendo la cuesta con su pequeño maletín, su gorra de mozo de coche-cama y un extraño y pequeño paquete, que luego fue mío y que todavía conservo.

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