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"Caminos de Hierro":El concurso visto por...

  Prólogo catálogo 20o "Caminos de Hierro"

 

"Después de veinte años"
Alejandro Castellote

Comisario de fotografía

 

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La historia de los concursos discurre en paralelo a la propia historia de la fotografía y se nutre también de la evolución del medio a lo largo de sus casi ciento setenta años de vida. Sin embargo, la proximidad con el interés eminentemente plástico que ha caracterizado muchos de estos certámenes ha propiciado una tendencia constante al pictorialismo, que ha ido incorporando todos los procedimientos técnicos y químicos disponibles en el mercado. La última edición del concurso "Caminos de Hierro" no es ajena a esta inercia; basta hacer un recorrido superficial por las fotografías seleccionadas en la exposición para comprobar la importancia cuantitativa de las tecnologías de tratamiento digital de las imágenes. La poderosa impronta formal de estas intervenciones se corresponde con el uso masivo que estos instrumentos han experimentado en la última década, y subrayan la fascinación que estas técnicas han ejercido sobre los fotógrafos. Hasta el punto de que algunas de las imágenes parecen concebidas para ilustrar la destreza de los autores en su manejo. También los espectadores nos contaminamos de la sorpresa visual -y a veces de la novedad- propuesta en estas obras de ejecución cibernética y tendemos a olvidar que la relación con una obra de arte, en el soporte que sea, se establece fundamentalmente a partir del contenido. La superficialidad que supone hacer depender la originalidad de una propuesta artística en base a las herramientas técnicas que se han utilizado, anticipa casi siempre el escaso interés del contenido.

Tal vez éste sea uno de los peligros que ronda con mayor asiduidad a la concursística. Vincular un premio a la sorpresa visual que una obra sea capaz de suscitar, aumenta las posibilidades de recibir candidaturas cuyo único mérito creativo procede de la espectacularidad de las herramientas usadas para realizarlas. El riesgo de banalidad se multiplica si las bases del concurso se circunscriben a la presentación de una sola imagen por autor, complicando asimismo la capacidad del jurado para dirimir si las obras responden al universo personal de un fotógrafo o son fruto de la casualidad. Considerando la ya larga trayectoria de "Caminos de Hierro" y el elevado número de participantes que cada edición envían sus obras desde un buen número de países, parece aconsejable elevar el listón de calidad de la muestra y los premios modificando algunas de las bases que figuran en la convocatoria. La simple elevación del número mínimo de obras que deban ser presentadas a concurso redundará inmediatamente en el nivel de los participantes, ya que se reducen las posibilidades de que una imagen fruto de la casualidad se haga merecedora de los primeros premios. Cuanto mejor sea el nivel de los ganadores, mayor será el prestigio del concurso.

Puede argumentarse que el azar tiene a veces una gran importancia en la génesis de una obra fotográfica, pero si examinamos a los autores que habitualmente vinculan la construcción de sus imágenes a la contingencia de elementos total o parcialmente ajenos a su voluntad, veremos que, en la mayoría de los casos, tal actitud responde a una decisión meditada. En definitiva, compartir con los demás nuestra manera de ver el mundo exige tomar decisiones sobre el tipo de lenguaje que vamos a utilizar. Haciendo un ejercicio de sublimación, se podría decir que lo que identifica a un creador suele ser el proyecto y, consecuentemente, la elección de una gramática propia que se interioriza y se le dota de caracteres diferenciadores: se la personaliza.

Hablar de proyecto significa hablar de reflexión sobre la propia obra, independientemente del soporte, del formato o de los instrumentos que se utilicen. Lamentablemente, un tanto por ciento de quienes se presentan a estos premios no sólo carecen de un proyecto que cimiente sus propuestas, lo más grave es que desconocen la necesidad de activar ese proceso de reflexión y de introspección. Imaginen por un momento que los participantes en un concurso literario sobre La Mancha enviaran año tras año las aventuras de un hombre de convicciones idealistas que, en la frontera de la locura, intenta transformar la realidad asistido por un personaje bonachón de carácter simple pero profundamente realista. Pues bien, en cada edición de "Caminos de Hierro", volvemos a encontrar imágenes de corte melancólico donde las vías de tren -brillando al amanecer o al atardecer- fugan hacia el horizonte. La reiteración de los tópicos y el regreso a la fotografía efectista o a imágenes que funcionan como francotiradores ocasionales asistidos por el azar es, nunca mejor dicho, una vía muerta. Decía Mayakowski, a comienzos del siglo XX, que la revolución de los contenidos es impensable sin la revolución de las formas; dada la importancia de las instituciones públicas y privadas en el apoyo al arte en nuestros días, tal vez esta máxima deba ser también incorporada a la organización de actividades culturales.

La fotografía ganadora del primer premio en 2006, apuesta por la narración sincopada: apenas dos registros que parecen pertenecer a una historia de corte autobiográfico. No hay exhibicionismo estético, el autor se aparta decididamente de los estereotipos y propone al espectador la posibilidad de completar el resto del relato a partir de su propia experiencia del viaje. Las imágenes que se aventuran por este territorio suelen tener una vida mas larga, prolongan su fecha de caducidad y se renuevan tantas veces como las diferentes miradas intrigadas que la contemplan. Esperamos que la aparente ambigüedad formal de este premio estimule las candidaturas de las siguientes convocatorias y todos nos beneficiemos de propuestas diferentes y divergentes.

Alejandro Castellote en la entrega de los premios 20º "Caminos de Hierro"
Alejandro Castellote en la entrega de los premios 20º "Caminos de Hierro"
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