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"Caminos de Hierro":El concurso visto por...

  Prólogo catálogo 21o "Caminos de Hierro"

 

"Para ganar un concurso"
Manolo Laguillo

Catedrático de Fotografía de la Universidad de Barcelona

  www.manololaguillo.com

 

21º concurso fotográfico Caminos de Hierro

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Mi experiencia como participante en concursos de fotografía es muy limitada, pues sólo me he presentado a dos en mi vida.

El primer concurso al que me presenté fue uno que se convocó en el CIR de Cerro Muriano en verano de 1977, durante mi estancia en el mismo como recluta. Si hacer las fotos me permitió disfrutar de un privilegio nada desdeñable, consistente en librarme de la instrucción algunas mañanas, revelarlas y copiarlas ya fue el colmo, pues para ello pude bajar a Córdoba, a hacerlo en casa de un amabilísimo fotógrafo sudamericano que se ganaba la vida cubriendo la jura de bandera de todos y cada uno de los reclutas, y que me dejó usar unas horas su laboratorio. El placer que sentí al ir de paisano por las calles de la ciudad, fuera de los límites del campamento, supuso el mejor premio, uno que gané, por así decirlo, aún antes de haber entregado las fotos. Finalmente sólo se presentó otro recluta más al concurso, y como lo hizo con unas fotografías de motociclismo, y las mías se ajustaban estrictamente al tema de lo castrense que las bases fijaban –las realicé en la pista americana–, el galardón fue a parar a mis manos. Las palabras del coronel en el momento de entregármelo son maravillosas: “Soldado, sus obras demuestran que la fotografía también puede ser un arte”.

El segundo concurso fue uno que convocó el Gobierno de Extremadura allá por el año 1993. A este también se presentaron muy pocas personas, tres o cuatro si no recuerdo mal, de manera que volví a ganar un premio, aunque esta vez sólo fue el segundo. Se conoce que con el primero y único de la “mili” había agotado mi cupo de buena suerte. Así pues, mi experiencia como concursante, aunque buena, es francamente escasa.

Pero si como concursante tengo muy poca experiencia, como miembro de jurados y tribunales la tengo dilatada. El ya tener unos años, y que el mundo de la fotografía sea relativamente pequeño, además de estar en la universidad, han provocado que haya formado parte de unas cuantas docenas de concursos, tribunales de tesis doctorales, oposiciones y premios. Y aunque cada una de esas competiciones posea su forma y organización propias, todas tienen en común ser justamente eso, una competición o carrera. Lo que viene a continuación es el intento de resumir en forma de lista, a propósito desordenada, algunas de las preguntas, y también conclusiones, que se me ocurren cuando me paro a pensar sobre todo esto.

su utilidad

De qué le sirve un concurso a quien lo convoca, a quienes se presentan y lo ganan, y a quienes se presentan y no lo ganan.

del concepto

Tema libre vs Tema preestablecido. De cómo lo segundo no difiere tanto de lo primero como podría parecer, pues debido a que lo que dicen las palabras y lo que dicen las imágenes sólo se solapa hasta un cierto punto, siempre queda un amplio margen para que el concursante use de su libertad.

de la forma y del estilo

¿Qué estándar escoger? Es fundamental no renunciar a ser uno mismo por aquello de querer satisfacer el gusto del jurado, algo que, por otra parte, es imposible que el concursante pueda llegar a conocer, pues en realidad no existe.

Cuando el concurso es bueno gana la sinceridad y la coherencia del concursante consigo mismo, si todo ello va unido a una factura adecuada al asunto.

La sinceridad no se puede aparentar.

de la presentación

Como los trabajos van a pasar por varias fases de selección es muy importante que la presentación de los mismos se haga de manera que en cada una de esas fases quede clara la intención de su autor en cuanto al orden y disposición de las fotografías. Dicho de otra manera: ese orden debe ser fácilmente reconstruible si es imprescindible para que se entienda bien el trabajo.

Que no falte nada, pero tampoco que nada sobre.

del azar y de la necesidad

Las variables de un concurso tienen que ver con los dos grupos de personas que intervienen en el mismo, a saber, las que se presentan y las que deliberan sobre lo que éstas han presentado.

Quien se presenta no sabe nada de las otras personas que también lo hacen, ni quienes son ni qué han presentado. Los oponentes se escapan del control de uno. Por eso quien concursa suele silenciarlo, para reducir su cantidad.

Y aunque el gusto del jurado sea una entelequia, aunque no exista como tal, como siempre acaba habiendo unos ganadores –es raro que los premios se queden desiertos– sí que resulta posible hablar, a efectos prácticos, de una decisión del jurado, que siempre es algo a lo que se llega paulatinamente. En esta decisión juega un papel importante la figura—líder, como ocurre siempre en todo grupo. Pero esto no debe preocuparle a quien se presenta, porque de nada le sirve saber quién es esa figura—líder, algo que depende, por otra parte, de factores totalmente imprevisibles.

algo que el concursante no debe olvidar

Es importantísimo acordarse de que uno no es el único en participar, que hay muchos más que también lo hacen.

acerca del procedimiento que suele seguir el jurado en sus deliberaciones

Y aunque lo normal sea que las deliberaciones sean muy ‘meándricas’, que se pase y se vuelva a pasar, una y otra vez, por el mismo punto, volviendo a él cuando ya parecía que se había cambiado de tercio, y que las consideraciones sobre tal o cual obra en cuestión ya se habían zanjado, para bien o para mal de su autor, aunque este método, reflexivo, lento y premioso, sea la regla, también puede ocurrir que el jurado adopte de pronto una decisión impulsiva, sin haber discutido.

La decisión del jurado, que no su gusto –habíamos quedado en que tal cosa no existe–, es algo pactado que cuaja a resultas de un proceso, de un dinamismo. Caricaturizando bastante la cosa, cabe decir que hay dos clases de miembros del jurado: los que tienen las ideas claras, y los que no las tienen. Pero el asunto no es tan sencillo como podría parecer, pues resulta posible que un miembro del jurado tenga en un momento dado las ideas claras, y un instante después ya no, o al revés.

O sea, que conviene distinguir entre lo que se piensa y lo que se dice, pues hay cosas que se piensan y no se dicen, y otras que se dicen, pero que no se piensan. Pero las interesantes no son ni las unas ni las otras, sino aquellas que se dicen porque se piensan.

Barcelona, marzo 2007

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