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"Caminos de Hierro":El concurso visto por...

  Prólogo catálogo 25o "Caminos de Hierro"

"El poder evocador de una imagen"
Marie-Loup Sougez

Historiadora de la fotográfia

 

25º Concurso Fotográfico Caminos de Hierro

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Gabriel Cualladó, “Vieja en la estación de Atocha”. Madrid, 1957. Colección Familia de Gabriel Cualladó

Siempre me ha conmovido hondamente una fotografía de Gabriel Cualladó (1925-2003), Vieja en la estación de Atocha (1957). Una anciana hierática, envuelta en su toquilla negra, está sentada en una banqueta, con su maletilla de mimbre a los pies. A ambos lados, se vislumbran sendas presencias masculinas cuyas pertenencias se alinean a lo largo del asiento. Todo contribuye a ilustrar lo que eran los viajes en España a mediados del siglo pasado. Esta fotografía me remite invariablemente a mis recuerdos de juventud, cuando cada verano dejaba París para pasar el verano en España.

El periplo empezaba en la  parisina Gare d’Austerlitz para terminar al cabo de unas veinticuatro horas en la estación de Príncipe Pío. Tras adquirir en París un billete para Madrid, se llegaba al atardecer a Irún, donde se cambiaba de tren pasando ineludiblemente por los trámites de control policial y aduanero que podían complicarse  cuando, como era mi caso, escondía entre la ropa unos libros prohibidos, encargo de mis amigos madrileños. Sorteado este primer escollo se formaba una segunda cola multitudinaria delante de la ventanilla que despachaba, por una cantidad irrisoria, el imprescindible suplemento de velocidad que permitía acceder al tren correo de Madrid  para el que no se podía reservar plaza previamente. Era un verdadero asalto al convoy, aupando maletas o niños del andén a las ventanillas.

Los viajes de la Renfe/Sólo tienen una pega/Que se sabe cuando salen/Pero nunca cuando llegan.

Así cantábamos los estudiantes franceses en los cursos de verano. Pero también aprendíamos a convivir y conocer las dificultades cotidianas de los españoles a lo largo de esos interminables viajes, con paradas innumerables en un páramo adusto, aprovechadas por gitanillos y maletillas para colarse en el tren, pese a los constantes controles policiales.  El largo recorrido a veces se beneficiaba del interludio constituido por la rifa de un jamón y la venta de las papeletas para su sorteo. Normalmente, no se volvía a  tener noticia alguna de la rifa y menos aún saber quién era el agraciado viajero. Recuerdo sobre todo la madrugada bajo la luz macilenta de la fonda en Venta de Baños ante un sucedáneo de café con sabor a achicoria.

El segundo año ya pude contar con la asistencia de un hombre mayor y enclenque, un mozo de equipajes que me esperaba hacia principios de julio, cargaba mi maleta en su carretilla, más de una vez facilitándome el difícil filtro aduanero y policial y, mientras yo esperaba para comprar el preceptivo suplemento, él se abalanzaba hacia el andén entre los primeros viajeros para asegurarme una plaza sentada, avisándome por la ventanilla.

Ahora todo ha cambiado, las estaciones españolas lucen su modernidad frente a las antiguas infraestructuras europeas un tanto obsoletas y se asemejan mucho más a las instalaciones aeroportuarias, teniendo ya poco del decorado ferroviario que marcó las escenas de películas emblemáticas. El novio ya no puede alcanzar corriendo el vagón en cuya ventanilla se asoma una muchacha desesperada, ni hay despedidas multitudinarias en los andenes. Todo requiere de otro lenguaje visual para evocar la eterna poesía de los viajes ferroviarios.

A lo largo de veinticinco años de convocatorias, los  premios “Caminos de Hierro” han incitado a los fotógrafos a encontrar nuevos lenguajes para ilustrar cuanto se relaciona con el ferrocarril. Año tras año, los concursantes demuestran mayor seguridad técnica al servicio de los nuevos tiempos. También una participación extranjera cada vez más nutrida aporta una savia renovada con imágenes que, en algunos casos, nos traen el recuerdo de los tiempos pasados. Las modernas infraestructuras y un material rodante de diseño requieren sin duda de un nuevo lenguaje gráfico donde ya no predomina tanto el factor humano.
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